lunes, 7 de octubre de 2019

"Rosa candida", de Auður Ava Ólafsdóttir (miércoles 9 de octubre)



El [título] original Afleggjarinn es sencillamente intraducible, pues es al mismo tiempo «el esqueje» o «el retoño» (de una planta), y también «el desvío», habitualmente por una carretera secundaria, pero también en general; la novela desarrolla a fondo ambos conceptos. Rosa candida aparece en el texto y es una inexistente especie de rosa, blanca y sin espinas, con ocho pétalos. En realidad es un antiguo motivo decorativo de tiempos vikingos, aún muy frecuente en Islandia… 

Enrique Bernárdez, traductor de Rosa candida.


"Rosa candida es una novela diferente, no solo por la sencillez con que está narrada la historia, sino también (y sobre todo) por lo sensible y delicada que resulta su lectura.  Estamos ante una sutil exhibición de momentos, de pequeños fragmentos que configuran el perfil de una vida, la de Arnljótur, el ingenuo protagonista que nos abrirá los ojos a la belleza que se esconde tras las pequeñas cosas, los aprendizajes inesperados y las ilusiones compartidas.  El título (que puede frenar un poco al principio) hace alusión al amor por las flores que la madre consigue transmitir a su hijo, en concreto por un tipo de rosa púrpura de ocho pétalos que cría en el invernadero de casa, y que va a ser la razón que mueva al personaje en su peculiar travesía de búsqueda personal.

Arnljótur es un joven, que tras la muerte de su madre, decide abandonar su casa y los largos fríos invernales del duro paisaje islandés, para trabajar lejos, en otro país, en la rosaleda de un monasterio mítico.  Deja atrás a un hermano gemelo autista y a un padre muy mayor bastante inepto.  Deja atrás su invernadero, sus recuerdos, la cercanía y tranquilidad de lo conocido.  Deja atrás la imagen de una madre protectora que hasta el mismo día de su accidente mortal tuvo fuerzas para darle unos últimos consejos.  Y también deja atrás a Flora, su pequeña hija de pocos meses, fruto de una efímera relación con Anna, una chica a la que amó una sola vez en el invernadero del jardín, allí donde su madre cultivaba la extraña variedad de rosa de ocho pétalos.  
El joven inicia un viaje, que sin esperarlo, será donde realmente encuentre ese camino de iniciación, de descubrimientos, de búsqueda de sí mismo.

La autora refleja en el protagonista caracteres y actitudes que demuestran honradez, inocencia y sinceridad, una absoluta ausencia de maldad.  Ello le facultará para ir afrontando experiencias como la enfermedad, el trabajo o la paternidad de una manera totalmente complaciente, indemne.  

Auður Ava Ólafsdóttir hace coincidir en un mismo papel al protagonista y al narrador, lo que permite al lector entrar en la limpia mente de un personaje, que en cada hecho descubre un aprendizaje y no un problema, que no entiende a las mujeres pero sabe que puede llegar a amarlas, que para ser feliz en esta vida no hace falta tener títulos sino hacer lo que realmente a uno le gusta.  Con un lenguaje sencillo desprovisto de palabras y composiciones complicadas, la escritora islandesa nos agarra el corazón en cada página, y nos evidencia que la belleza se guarda en frascos pequeños, como este libro."

Fuente: https://www.culturamas.es/blog/2012/01/11/rosa-candida-de-audur-ava-olafsdottir/





Auður Ava Ólafsdóttir (Reikiavik, 1958) cursó estudios de Historia del Arte en la Universidad de La Sorbona en París. Ha trabajado como profesora de historia del arte en la Universidad de Reykjavík, y como directora del Museo de Arte de la Universidad de Islandia.



Ha recibido el Premio de Literatura del Consejo Nórdico por su novela Ör (Hotel Silencio), publicada en 2016.



Novelas
Upphækkuð jörð (Tierra levantada), 1998
Rigning í nóvember (La mujer es una isla), 2004
Afleggjarinn (Rosa candida), 2007
Undantekningin (La excepción), 2012
Ör (Hotel Silencio), 2016
Ungfrú Ísland, 2018

Poesía
Sálmurinn um glimmer, 2010

Teatro
Swans mate for life (Teatro Nacional de Islandia, 2014)





martes, 10 de septiembre de 2019

"Ordesa", de Manuel Vilas (jueves 19 de septiembre)





"Investigando la biblioteca personal de un escritor heterodoxo, lateral y misterioso de la segunda mitad del siglo XX, fui a dar con un autógrafo de Manuel Vilas (Barbastro, 1962). Vilas había obsequiado a ese autor con un ejemplar de su poemario El cielo, y en la primera página constaban a mano su agradecimiento por una gestión que ya ni él recordará en qué consistió y estas palabras tan amables: “En El cielo de Vilas hay habitaciones reservadas para mi amigo C. S.”. La biblioteca personal de C. S., hoy que C. S. está muerto, ocupa una sala abierta al público en las dependencias municipales del pueblo de su infancia. Somos pocos quienes la visitamos. 


Si arranco estas líneas contando la anécdota del autógrafo de Vilas es por capricho, desde luego, pero se trata de un capricho oportuno.         


En primer lugar, porque Manuel Vilas es un autor tan heterodoxo, lateral y misterioso, que tiene sentido entender su tradición como igualmente extraña, lateral, inventada. En segundo lugar, porque la nueva novela de Vilas, Ordesa, está construida como una sucesión levantisca de momentos que ya nadie recuerda y sin embargo merecen una Reserva Premium en el particular cielo del narrador. Y en tercer lugar, porque ese autógrafo, al revelar una conexión tangible entre M. V. y C.S ., me llevó de la mano hasta una revelación bastante hermosa, y creo que exacta.

Mientras estuvo vivo, C. S. protagonizó algunos episodios de escritura automática ultratúmbica: su mano cobraba voluntad propia y se ponía a escribir con caligrafía ajena unos mensajes firmados por Jorge Luis Borges, por Papini, por Quevedo. Una tarde, le rogué a C. S. que me mostrara alguno de esos papeles; los había destruido casi todos, pero se avino a compartir el último, una comunicación que le había dirigido su novia de toda la vida. El documento era cuanto menos curioso: presentaba una letra asombrosamente distinta a la suya, y el bolígrafo no se separaba del folio ni un momento, dejando un rastro lineal en cada cambio de renglón. Todas las frases, que ya no recuerdo con exactitud, estaban marcadas por el signo de la paradoja. Por ejemplo, algo así: “Desde donde estoy no puedo veros, aunque os veo siempre”; o bien, “no cuidándote, cuido bien de ti”.

He pensado en todo esto a cuenta de Ordesa porque esos eran mensajes fantasmagóricos, muertos dirigiéndose a un vivo. Y por excéntrica que resulte esta práctica mediúmnica, es evidente que estamos hablando de literatura: he aquí un modo de convertir en estilo y tono la relación de un individuo con la memoria. Ordesa, de Manuel Vilas, también es una comunicación de fantasmas.


Entendámonos: Ordesa es un libro de memorias. Si me preguntan qué nos cuenta Vilas, lo explicaré así: que añora a sus padres, que se pregunta por su familia, que se ha divorciado y tiene dos hijos, que es escritor y un día morirá. Nada más. Bueno, sí, algo importante: que vive en España, un país terrible y digno de ser amado que cabe en un Seiscientos. En estas páginas, el autor se dedica a recordar todo aquello que estuvo vivo y ya no lo está: sus padres, los objetos que caracterizaron la vida de esos padres, la España de los sesenta y la de los setenta, su propio matrimonio, las borracheras e infidelidades que lo condenaron a acabar en divorcio… 


Pero a menudo, Ordesa parece la comunicación desatada, paralela, salvaje, arracimada y tierna del fantasma futuro de Vilas. Porque si el tiempo no es más que una ilusión persistente (esa cita-cliché de Einstein), y si los fantasmas son negaciones de la linealidad del tiempo, ¿por qué no podría hablarnos en estas páginas, lectores de 2018, el fantasma de Manuel Vilas que algún día se le aparecerá a sus hijos?

Las paradojas de Vilas, tan hermosas; sus hipérboles, que convierten toda materia pequeña y contingente en el campo de batalla de la eternidad y lo divino (sin que esa materia deje de ser una mota de polvo); su sonrisa y su tristeza. Todo eso se justifica porque el escritor escribe desde donde no nos ve pero nos ve siempre, desde donde no nos cuida y así cuida bien de nosotros.

Adviertan que el autor de estas líneas se está dejando llevar por el torrente sideral que es el universo de Vilas, y está escribiendo en un tono y un estilo que no solo no es académico, sino que a duras penas pasará por periodístico; créanme si les digo que ese dejarse llevar es deliberado y parte de mi juicio crítico. Es mi forma de decirles que Ordesa es irresistible y que su prosa está habitada por un espíritu, atrapado en esta cita: 

Porque la vida social y la familiar y la vida laboral y la vida sentimental dan igual, son un invento que se descubre con la muerte. Por eso escribo así.

También estoy diciendo que las hojas cubiertas de palabras de muertos que rellenaba C. S. y las mil correspondencias y señales secretas que Vilas colecciona vorazmente en Ordesa caben en esta otra cita: 

Nunca hubo ningún mensaje. Todo ocurría en mi cabeza. Solo en mi cabeza. 

Así son las mejores historias de fantasmas.

Pocas veces he visto tan bien escrita en nuestra literatura reciente la enorme belleza y aridez que caracterizan las relaciones entre un hijo y sus padres. O al revés, las de un padre con sus hijos. Es todavía más infrecuente encontrar una prosa que logre hablar de política (de Política, no de cortesanía o contingencias) de un modo tan imaginativo, indirecto, artístico: las páginas que se recrean en la comida de recepción del Premio Cervantes por parte de Juan Goytisolo, con la presencia de Felipe VI y Letizia son, en este sentido, imprescindibles, y afianzan la insobornabilidad de España como tema en Vilas. Al fondo, una divisa explícita:

Conciencia de clase es lo que no debe faltarnos nunca.

Luego, está ese modo tan cotidiano y compartible en que los objetos son portadores de tristeza y finitud en este libro de Vilas: acongojan las corbatas, las facturas, los muebles, las camas sin hacer. Todo transmite el mensaje desolador e inevitable, pero paradójicamente (insistamos) consolador, del paso del tiempo.

La portada del libro recoge con mucho acierto el color amarillo que recorre estos ciento cincuenta y siete capítulos breves: es importante. Para empezar, porque hay una tradición literaria española muy determinada en torno a lo amarillo como final, tiempo, melancolía. Y sobre todo, porque es la primera de muchas pruebas que nos confirman que, bajo su torrencialidad arrebatadora, Ordesa presenta la vocación de decir algunas cosas muy concretas, lúcidas e irrebatibles. O quizás este libro sea solo una invitación a bailar hasta el final del amor. Popular y al mismo tiempo arriesgadísimo como Lope (quien tal vez se le apareciera a C. S., quién sabe), Manuel Vilas ha escrito algo inolvidable."

NADAL SUAU
https://elcultural.com/Ordesa





Manuel Vilas (Barbastro, 1962) se ha consolidado con una de las personalidades de mayor proyección de la literatura española del siglo XXI.

Tras cursar Filología Hispánica, ejerció durante más de veinte años como profesor de secundaria en diversos institutos. Alcanzó en primer lugar renombre como poeta, publicando sucesivamente El cielo (2000), Resurrección (2005; XV Premio Jaime Gil de Biedma), Calor (2008; VI Premio Fray Luis de León), Gran Vilas (2012; XXXIII Premio Ciudad de Melilla) y El hundimiento (2015; XVII Premio Internacional de Poesía Generación del 27). Su poesía completa fue compilada por primera vez bajo el título de Amor en 2010 y luego, en una edición ampliada, como Poesía completa en 2016. Sus poemas destacan por su carácter autobiográfico y existencial, así como por su representación crítica de la España actual, con todos sus problemas políticos y económicos.



Su trayectoria narrativa se inició con España (2008), que fue elegida por la revista Quimera como una de las diez novelas más importantes en español de la primera década del siglo XXI, Aire nuestro (2009; Premio Cálamo), Los inmortales (2012) y El luminoso regalo (2013), una particular aproximación al erotismo. También en el campo de la narrativa, ha publicado los libros de cuentos Zeta (2014) y Setecientos millones de rinocerontes (2015), además de dos volúmenes inclasificables, Lou Reed era español, en la que mezcla la memoria juvenil y una recreación imaginativa de los viajes del antiguo líder de la Velvet Underground por España y Listen to me, una recopilación de sus estados de Facebook. 


Ha sido galardonado con el X premio Llanes de Viajes y el Premio de las Letras Aragonesas de 2015. Ha colaborado con diversos medios, como el Heraldo de Aragón y El Mundo, y en la actualidad lo es de los periódicos del grupo Vocento, así como de los suplementos literarios Magazine (La Vanguardia), Babelia (El País) y ABC Cultural (ABC). En la actualidad, ya dedicado exclusivamente a la literatura, reside entre Madrid y Iowa City.

Pero a pesar de su distinguida carrera como poeta y narrador, sin duda su libro de mayor éxito tanto entre público como para crítica, ha sido Ordesa (2018), en el que el autor indaga en su relación con los padres ya fallecidos y que también sirve como retrato de una sociedad y de un país, España, con el que tiene "una relación de amor y de odio". El escritor ha explicado así la génesis de este libro: 

“Comencé a escribir Ordesa unos cuantos días después de la muerte de mi madre. Mi madre murió en mayo de 2014. Me divorcié en las mismas fechas en que mi madre murió. Me visitaron en aquellos meses un montón de sentimientos que no sabía que existían, tenían un aire espectral. A pesar de ver espectros por todas partes, había belleza en los adioses que estaba presenciando: el adiós a mi madre, el adiós a mi matrimonio, y el adiós a mí mismo”.



lunes, 10 de junio de 2019

"Nunca me abandones", de Kazuo Ishiguro (miércoles 12 de junio)





"Siempre resulta compleja y arriesgada la catalogación genérica de una obra, y esta última novela de Ishiguro lo es especialmente. El motor de la acción, y el sustrato argumental son típica y genuinamente -al menos de momento- “ciencia ficción”, ya que la trama gira en torno a la clonación; su estructura y desarrollo argumental se enmarcarían en la más rígida ortodoxia realista; su filosofía respondería al más puro naturalismo determinista.

La resolución a este nudo gordiano se desvela bien avanzada la obra, cuando, como ya he anticipado, uno de los personajes secundarios comunica a los protagonistas -y por tanto a los lectores- la realidad de sus vidas:

El problema a mi juicio es que se os ha dicho y no se os ha dicho…. Vuestras vidas están fijadas de antemano. Os haréis adultos, y luego, antes de que os hagáis viejos, antes de que lleguéis incluso a la edad mediana, empezaréis a donar vuestros órganos vitales. Para eso es para lo que cada uno de vosotros fue creado…. No debéis olvidarlo. 
(págs. 106-7) 

Y es que los tres protagonistas de esta obra, la narradora Kathy, el irascible Tommy y su novia Ruth, son clones “creados” con la única función de ser donantes de órganos.




Desvelar este extremo -obviamente imprescindible para la reseña- supondrá para el lector una cierta pérdida del suspense inherente a las primeras cien páginas, pues la sensación de creer que encontrarnos ante las memorias de una alumna perteneciente al internado de Hailsham en Gran Bretaña a finales del siglo XX, a lo que todo parece apuntar, resulta un tanto extraña y, tal como ocurre, espera el lector que un acontecimiento altere sustancialmente lo que ha estado leyendo. Bien sea por la intriga de la narración en esta primera parte, o en el caso de quien suscribe por las personales reminiscencias de lo que eran los internados, es la vida de los jóvenes en Hailsham, donde permanecían hasta los dieciséis años, lo más interesante de la novela.

Los tres personajes ya mencionados forman un triángulo amoroso que sigue fielmente la formulación arquetípica de esta recurrente figura narrativa: Kathy está secretamente enamorada de Tommy, el novio de su mejor amiga Ruth, y, como siempre, lo inevitable terminará por suceder. ésta es la estructura fundamental que sustenta la obra, pero los diferentes acontecimientos de sus años en la arcadia de Hailsham que rememora Kathy surgen como una concatenación de recuerdos, en el que uno conduce al otro de forma natural. Su trabajo es el de “cuidadora” de quienes ya han donado sus órganos -Ruth ya ha muerto y Tommy no durará mucho tiempo-, mientras ella misma espera recibir la notificación para trasladarse al hospital donde cumplirá su cometido. Es el momento de recordar.


Fotograma de la adaptación cinematográfica de la novela (2010)

Indudablemente, la clonación humana bien hubiera podido derivar el argumento hacia una novelada aproximación ética del tema, o en un teórico desarrollo filosófico, pero ni lo uno ni lo otro -lo que en cierta forma es de agradecer- parecen ser los intereses literarios de Ishiguro en Nunca me abandones (el título de la novela corresponde al título de la canción favorita de Kathy), novela en la que sigue similar camino al iniciado en Los inconsolables y continuado en Cuando fuimos huérfanos, pues Kathy, como Banks en esta última, no intenta sino comprender el sentido último de su vida:

Incluso he llegado a lograr que me guste la soledad…. Me gusta la sensación de montar en mi pequeño coche, sabiendo que durante las dos horas siguientes estaré en la carretera con ensueños de vigilia.
 (pág. 256)

Aunque la protagonista-narradora sea un clon, sus preocupaciones son las mismas del común de los mortales: el amor, el sexo, alcanzar en último extremo la felicidad representan las preocupaciones, miedos y ambiciones de Kathy. La resolución final resulta, cuando menos, “atípica” o “extraña”, adjetivos que entenderán perfectamente quienes lean la obra.

José Antonio Gurpegui 24 nov 2005





Kazuo Ishiguro nació en Nagasaki en 1954, pero se trasladó a Inglaterra en 1960. Ha estudiado en las universidades de Kent y de East Anglia y en la actua­lidad vive en Londres. 

Está considerado uno de los mejores escritores contemporáneos. En 1995 fue nombrado Oficial de la Orden del Imperio Británico, y, en 1998, Caballero de las Artes y las Letras por el gobierno francés. En 2017 recibe el premio Nobel de Literatura.

Su obra ha sido traducida a más de cuarenta idiomas. Es autor de siete novelas –Páli­da luz en las colinas (Premio Winifred Holtby), Un artista del mundo flotante (Premio Whitbread), Los restos del día (Premio Booker), Los inconsolables (Premio Cheltenham), Cuando fuimos huérfanos, Nunca me abandones (Premio Novela Europea Casi­no de Santiago) y El gigante enterrado–, y un libro de relatos –Nocturnos–.



Premios
Booker (1989)
Giuseppe Tomasi di Lampedusa (2009)
Nobel (2017)



martes, 14 de mayo de 2019

"Alma", de Javier Moreno (miércoles 15, 20h)






¿Qué es Alma? Es un no-libro, es una no-novela, es un artefacto que huye despavorido de lo convencional, es un monólogo, es un catálogo de lúcidos pensamientos, es una reflexión sincera y descarnada, es una parábola del interior desbordante de un escritor inquieto, urgente que, como un virus rabioso, acaba por infectar a quien lo lee. Alma es un ‘relato’ que desdeña el propio argumento como sostén literario. 

En varias ocasiones llegamos a leer que lo que menos le interesa a su narrador, (posiblemente Javier Moreno) es la trama de un libro. Y ciertamente, este libro esconde una trama física para deslizarse por una geografía mental y luminosa pero escabrosa en la que la voz narrativa deambula errática, pero a un ritmo endiabladamente intuitivo y voraz. 



El narrador, en un arranque de honestidad y brillantez, nos da cuenta de todo lo que pasa por su mente. Hace un recorrido por recuerdos, pensamientos, ideas, fantasmas personales y vitales y nos muestra los más recónditos escondrijos de su Alma. 

Pero, en una especie de juego, también nos presenta a una pareja de personajes –Eduardo, joven anodino, y María, hermosa mujer que ha perdido el don de la fotogenia- transitando al fondo del libro como seres secundarios, como extras que se hallan al margen de esta no-historia de estirpe metaficcional.

También, para rizar más el rizo de la no-narración, Dios será invitado y se erigirá como actor de reparto en la trama que Javier Moreno ha ideado con tanta maestría. 

Fuente: http://acantiladosdepapel.blogspot.com.es/2014/01/alma-de-javier-moreno-resena-n-591.html






ENTREVISTA A JAVIER MORENO

   Aparecida en este año 2011, Alma (Lengua de Trapo) es una novela distinta a lo habitual hoy en día, una obra que se sale de la corriente comercial y de sus imposiciones de ligereza y simplicidad para recuperar el gusto por la obra literaria como una propuesta estética, también filosófica; la novela como un pequeño intento de interpretación del mundo. 
En esta su cuarta novela, Javier Moreno afronta ese reto —el de “leer estéticamente” la realidad— que hasta no hace mucho era el objetivo principal de una buena novela. El resultado es un libro extraño, exquisito, extemporáneo.

   A lo largo de su escritura procuré que el fraseo compusiera una serie de imágenes que se fueran tejiendo hasta dar lugar a una constelación global -la de la novela- donde el lector encuentra al fin y al cabo una estructura. Curiosamente, pese a ser una novela sin trama, ocurre que muchos lectores la leen de un tirón, pendientes de una intriga invisible. En nuestros días abundan los thrillers de todo tipo que basan todo su valor en el golpe de efecto final. A veces hasta en la aparición de hijos o padres secretos, como en la más rancia y cansina novelística del XIX. Es una opción. La de sacrificar la escritura en aras a ese efecto final del que hablas. Yo creo más en la intensidad de cada frase, incluso de cada palabra. No me interesa demorar la gratificación del lector hasta la última página (Joyce decía al respecto que la intriga era la publicidad de la última página) sino que —más considerado, más generoso; al fin y al cabo la relación entre escritor y lector tiene una componente de erotismo— distribuyo el placer de la lectura equitativamente a lo largo de todas y cada una de las páginas. El lector no siente así la necesidad de escarbar trabajosamente durante docenas y docenas de páginas para encontrar su recompensa.

   A mí Alma me parece casi un acontecimiento literario. Tu novela entronca, en mi opinión, con lo más avanzado a que llegó la novelística del XX en lo conceptual. La novela vista como un proyecto artístico que pretende reflejar un mundo en constante caos y cambio, mediante elementos como, por ejemplo, el pensamiento incesante (para lo bueno y para lo malo, o sea, para lo inteligente y lo no tanto), las continuas digresiones, apenas sujetas por un leit-motiv…

   Creo que un autor no es quién para juzgar si su obra es o no un acontecimiento. Que una obra artística o un hecho se convierta en acontecimiento depende de muchas circunstancias, muchas de ellas ajenas al propio fenómeno. Son los receptores (en este caso los lectores) los que deben o no ver en una obra un acontecimiento. Este tiene que ver de algún modo con la ruptura, con un ‘antes y un después’. Alma es una pequeña mutación de obras y autores anteriores -no todos literarios, como tú bien apuntas-. A veces las pequeñas mutaciones desencadenan importantes cambios. Es, repito, el lector quien debe juzgar la importancia de ese cambio. Lo que sí es cierto es que se trata de un proyecto tanto literario como artístico e incluso vital (al menos durante el tiempo de su escritura), aunque uno puede asomarse a este libro como a una novela, que es al fin y al cabo de lo que se trata. “La realidad sin adulterar”, dices en repetidas ocasiones, y atraparla parece ser la obsesión de esta novela. Soy un escritor realista. Me apasiona la realidad. Pero mi modo de perseguirla no tiene nada que ver con el realismo decimonónico. Cada vez más se nos imponen los lenguajes para hablar de las parcelas que conforman la realidad (psicología, política, arte…). Estos lenguajes acaban convirtiéndose en una especie de convención que pretende propiciar el consenso -y, por tanto, la uniformidad- en torno a la particular disciplina de la que se ocupan. Lo que consiguen, sin embargo, es esconder lo que hay debajo, lo real. Lo real es algo inaprensible, que se deforma cuando se toca (como el vilano que aparece repetidamente en la novela). Acercarse a ello requiere cuidado, sensibilidad…

 Leo un fragmento de tu novela: “Me he investigado repetidamente a mí mismo. Y nunca he encontrado nada. Sólo he aprendido cosas de lo que está ahí fuera. Mis pensamientos forman parte del paisaje”. Uno de los aspectos que se acabó criticando a los escritores más avanzados del siglo XX fue su excesivo “ombliguismo”. Tú, sin embargo, pareces negarte en este fragmento como persona y afirmarte como un hecho circunstancial.

Esta novela es muy subjetiva y, al mismo tiempo, todo lo contrario. El sujeto (el narrador, yo mismo) no es aquí sino una herramienta para asomarse a las cosas. Supongo que a mucha gente le sorprende esa mezcla de intimidad y de objetividad, de poesía y de espíritu científico. El secreto está en verse a sí mismo como algo ajeno. Me parece una buena cura para el narcisismo que prolifera en nuestros días. Podemos ser dueños del espejo, pero no de los reflejos que aparecen en él. Alma funciona a manera de un espejo que sirve para reflejar tanto lo de dentro como lo de afuera. En una novela como Alma, con ese afán totalizador al menos de una minúscula porción del mundo, imagino que lo más difícil es establecer dónde se halla el punto final del libro, o el cambio de capítulo. Esta es una novela donde predomina fundamentalmente la continuidad. Continuidad entre realidad y ficción, continuidad entre los distintos registros que componen una subjetividad (confesiones, recuerdos, invenciones, diálogos ficticios…). El final vuelve a ser el principio. Me gusta concebir libros que, más que extensión, posean grosor. No hablo, naturalmente, del número de páginas, sino de la textura del tiempo. Tenía claro que la temporalidad de la novela sería continua, que cualquier instante podría estar conectado con cualquier otro. Sobraban entonces las elipsis. Los puntos y aparte. Alma ha recogido, y así lo creo, mucho del genial legado de la novelística del XX, pero libre de esos experimentalismos, al final poco más que tipográficos, que acabaron espantando a muchos lectores. Solo concibo la literatura desde un punto de vista experimental. Nadie entendería que la física se ocupase todavía de la ley de la gravedad de Newton o la biología de las leyes de Mendel. En ese sentido me siento completamente afín a la ciencia. Y la literatura, en cierto modo, lo es. Una ciencia de las emociones y de las percepciones. Los buenos libros son los que reflejan el modo de sentir, si no de todo el mundo, sí de buena parte de sus lectores; los que nos descubren algo acerca de nosotros mismos. La buena literatura —como una buena teoría científica— sirve de modelo y al mismo tiempo modela la realidad. Se equivoca quien piensa que en la actualidad se siente igual que hace cincuenta o cien años. No es cierto. Las emociones quizás sean las mismas, pero no los modos ni los caminos a través de los cuales accedemos a ellas. Otra cosa es que el experimentalismo se confunda con la improvisación y la ocurrencia. Yo distinguiría una cosa de la otra.

   En todo caso, la tuya es una propuesta muy valiente hoy en día, cuando los lectores piden, cada vez más, historias sencillas de leer (o mejor, simples de leer), encuadradas en una fórmula de éxito y que no impliquen muchas complicaciones.

 La gente lee lo que tiene a su disposición, lo que se publicita, lo que se vende. Por otra parte no sé si calificar de valiente el escribir lo que uno quiere escribir. A mí me parece simplemente honesto. Creo que hay un tipo de lector que valora esa honestidad. En Alma, y quizás como una concesión a la narrativa “tradicional”, hay como una tenue historia de amor dibujándose al fondo… Sí. Se trata de una historia de amor en los tiempos de facebook. María y Eduardo no se conocen personalmente. Serían incapaces de reconocerse si se vieran en persona, a pesar de haber compartido docenas de mensajes y perfiles de facebook. Es como una de esas historias en las que los amantes solo pueden coincidir durante algunas horas del día o como In the mood for love, de Wong Kar-Wai, donde la pasión amorosa se justifica de algún modo por su imposibilidad de consumación. 







Javier Moreno (n. La Cueva Monteagudo, Murcia, España; 1972) es un escritor, poeta y crítico literario español.
Es autor de novelas como: Buscando Batería (Bartleby, 1999), La Hermogeníada (Aladeriva, 2006), Click (Candaya, 2008; Nuevo Talento FNAC) y Alma (Lengua de Trapo, 2011), así como del libro de relatos Atractores extraños (InÉditor, 2010).
Ha sido galardonado con el Premio Nacional Fundación Cultural Miguel Hernández (Cortes publicitarios, Devenir, 2006) y con el Premio Internacional de Poesía Joven La Garúa (Acabado en diamante, La Garúa, 2009).
Ejerce la crítica literaria en Deriva, Revista de letras y en Quimera.

OBRAS
Novela
Buscando Batería. Bartleby, 1999
La Hermogeníada. Aladeriva, 2006
Click. Candaya, 2008
Cortes publicitarios. Devenir, 2006
Acabado en diamante. La Garúa, 2009
Renacimiento. Icaria, 2009
Alma. Lengua de Trapo, 2011
2020. Lengua de Trapo, 2013
Acontecimiento. Salto de Página, 2013

Relato
Atractores extraños. InEditor, 2010
Un paseo por la desgracia ajena. Salto de Página, 2017

Poesía
Acabado en diamante. La Garúa, 2009

Teatro
La balsa de Medusa (Espacio escénico DT, Madrid, 2007)

miércoles, 10 de abril de 2019

"La uruguaya", de Pedro Mairal (miércoles 24, 20h)




De Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) leí hace ya más de quince años su primera novela, Una noche con Sabrina Love (1998), toda una odisea adolescente. Un libro del que guardo un grato recuerdo. Aquella lectura me animó a leer las dos siguientes novelas suyas que aparecieron en España: Salvatierra (2008) y El año del desierto (2005). Me doy cuenta ahora de que estas dos últimas aparecieron aquí con el orden cronológico cambiado. En 2016 leí alguna buena crítica de La uruguaya en la prensa argentina y, cuando la publicó en España Libros del Asteroide, le escribí un correo a la editorial para solicitársela. Ellos me la enviaron a casa muy amablemente. Muchas gracias.

El protagonista de La uruguaya es Lucas Pereyra, escritor argentino de cuarenta y cuatro años. La novela recoge la narración de un día de su vida, un día que fue bastante largo y que el personaje evoca un año después de que tuvieran lugar los acontecimientos narrados. Ese día, Lucas va a dejar su hogar de Buenos Aires para atravesar el Río de la Plata y viajar a Colonia del Sacramento, en Uruguay. Una vez allí, tendrá que tomar un autobús hacia Montevideo. Su objetivo es sacar 15.000 dólares de una cuenta que abrió en un banco del país vecino, donde le han ingresado dos adelantos por sus libros desde España y Colombia. Si recibe ese dinero en Argentina, una nueva ley sobre el tratamiento de las divisas provocaría que el dinero se quedase en menos de la mitad. Su idea es tomar los 15.000 dólares en metálico y volver esa misma noche a Buenos Aires con el dinero escondido en un cinturón.




También ha quedado con Magali Guerra Zabala, una joven uruguaya de veintiocho años que conoció unos meses atrás en un festival literario en la localidad uruguaya de Valizas. Lucas se ha enamorado de Guerra, como la llama, y durante los meses previos a esta cita ha estado intercambiando con ella correos electrónicos. Las expectativas eróticas que ha puesto en este encuentro en Montevideo son grandes. También quiere quedar con Enzo, un hombre de setenta años que fue, hace mucho tiempo, profesor suyo en una taller literario de Argentina.

En el momento del viaje, Lucas está casado con Catalina, con la que tiene un hijo pequeño llamado Maiko. La relación entre Lucas y Cata no pasa por su mejor momento. Lucas sospecha que Cata, que trabaja en el sector de la medicina, le es infiel. Además, Lucas siente que en los últimos tiempos no le ha ido demasiado bien como escritor y ha estado viviendo a expensas de ella; también le debe dinero a algún familiar más. Si consigue engañar a las autoridades en la aduana y regresar a casa con los 15.000 dólares de los adelantos, podrá saldar sus deudas y tener la tranquilidad necesaria para escribir durante los próximos diez meses.

La novela está escrita como si se tratase de una larga carta, en la que Lucas le narra a su mujer Catalina (como ya he comentado, un año después de los hechos) lo que le ocurrió en aquel día crucial del pasado. En más de una ocasión se le recuerda al lector que está ante una evocación traída desde un futuro cercano; en otras ocasiones, la narración se deja llevar por la pura sensación de presente narrativo. En más de un momento, Lucas reflexiona (ante Cata) sobre lo que suponía para él su relación con ella, y sobre todo lo que ha supuesto para su vida la llegada de su hijo, a una edad “cuarenta y cuatro años” tal vez un tanto tardía para la paternidad. 

«Tendría que haber un curso para criar hijos. Tanto curso de preparto y después nace y cuando llegás a tu casa por primera vez no sabés ni dónde ponerlo. ¿Dónde lo apoyás, en qué parte de la casa va ese viejito mínimo, ese haiku de persona? Nadie te enseña. Nadie te advierte lo duro que es no dormir, renunciar a vos a cada rato, postergarte. (…) A veces también le tengo miedo a Maiko. Miedo a él. Incuba cada virus que se agarra en el jardín, lo aísla y lo fortalece dentro de su flamante sistema inmunológico y me lo pega con toda su furia. Sus gripes me derrumban» (pág. 44).

Desde su crisis de mediana edad, Lucas se plantea su rol de marido y de padre, además de su condición de escritor. «Cuando no escribo ni trabajo sube el volumen de las palabras dentro de mi cabeza y me van inundando», leemos en la página 15, como declaración de un sentir vocacional. Sin embargo, más tarde Lucas parece pensar que se equivocó al elegir ser escritor. En la página 56 podemos leer lo siguiente: «La plata estaba en mi infancia, me rodeaba, me recubría con buena ropa, cuadras de un barrio seguro en Capital, alambrados de fin de semana, cercos de clubes, ligustros bien podados, barreras que se levantaban a mi paso. Y yo después me había dado el lujo de hacerme el descarriado, el artista sin empuje empresarial, el bohemio. Era un lujo más. El hijo sensible de la alta burguesía pero el precio de mi bohemia se empezaba a pagar ahora. Era a largo plazo. Un resbalar gradual».

En cierto modo, parece que Pedro Mairal, a través de la voz narrativa de Lucas Pereyra, se ha propuesto llevar a cabo un ajuste de cuentas consigo mismo. Desconozco si Mairal ha estado casado y se ha divorciado, o si ha tenido hijos, pero en algún punto de la novela me ha parecido que estaba jugando a la autoficción. Por ejemplo, cuando relata el encuentro con Guerra en el festival literario, al finalizar ese día, debe sentarse en un autobús con una crítica literaria que le espeta una pregunta inoportuna para su mente obnubilada por el sexo: «¿Lucas, vos tuviste oportunidad de leer lo que yo escribí sobre el eje civilización y barbarie en tu novelística?». Me dio la impresión de que esa pregunta se la podía haber hecho perfectamente esa misma crítica al escritor de El año del desierto, novela en la que Mairal hablaba precisamente de ese «eje civilización y barbarie».

La uruguaya abunda en argentinismos -algunos como «telo», «quincho» o «cheto» no los conocía- y en anglicismos (homeless chic, living, voz en off…); en algún momento, estos últimos parecen tener una función cómica en el texto. La novela está escrita con mucho sentido del ritmo y un tono desenfadado, que acaba derivando, en más de una página, hacia la comedia o la autoparodia. También suele abundar el párrafo de aliento poético.

La anterior novela de Pedro Mairal que leí fue El año del desierto, que me pareció más ambiciosa en su composición que La uruguaya. El año del desierto me impresionó mucho y la destaqué como una de mis mejores lecturas de 2013.

Aunque tengo la impresión de que La uruguaya está escrita en un tono menor respecto a El año del desierto, me ha parecido una gran novela corta. Retrata con mucho encanto “con un gran sentido del patetismo que deriva en comedia” la crisis de mediana edad de un escritor. Su prosa es muy bella y tiene un gran sentido del ritmo. La verdad es que casi la leí de un tirón y me sentí muy feliz con ella. Pedro Mairal sigue siendo uno de mis escritores hispanoamericanos actuales (de los nacidos a partir de 1970) favoritos.

David Pérez Vega
http://revistaparaleer.com/blogs/la-uruguaya-de-pedro-mairal-una-lectura-de-david-perez-vega/




Pedro Mairal nació en Buenos Aires en 1970. Su novela “Una noche con Sabrina Love” recibió el Premio Clarín de Novela en 1998 y fue llevada al cine en 2000. Publicó además las novelas “El año del desierto” y “Salvatierra”; un volumen de cuentos, “Hoy temprano”; y dos libros de poesía, “Tigre como los pájaros” y “Consumidor final”. 



Ha sido traducido y editado en Francia, Italia, España, Portugal, Polonia y Alemania.

En 2007 fue incluido, por el jurado de Bogotá, entre los mejores escritores jóvenes latinoamericanos. En 2011 condujo el programa de televisión sobre libros Impreso en Argentina. En 2013 publicó “El gran surubí”, una novela en sonetos, y “El equilibrio”, una recopilación de sus columnas. Sus artículos y crónicas están publicados en “Maniobras de evasión” (Editorial Universidad Diego Portales). 





OBRAS 
Tigre como los pájaros (poesía) (1996)
Una noche con Sabrina Love (1998) 
Hoy temprano (2001)
Consumidor final (poesía) (2003)
Pornosonetos (con el pseudónimo Ramón Paz) (2003) 
El año del desierto (2005) 
Pornosonetos II (con el pseudónimo Ramón Paz) (2005) 
Pornosonetos III (con el pseudónimo Ramón Paz) (2008) 
Salvatierra (2008) 
El gran surubí (poesía, con ilustraciones de Jorge González) (2013)
El equilibrio (ensayos) (2013) 
El subrayador (2014) 
La uruguaya (2016) 
Maniobras de evasión (ensayos) (2017)

PREMIOS 
Mención en el Premio Fortabat de poesía 
Premio Clarín de Novela (1998) por Una noche con Sabrina Love 
Premio Tigre Juan (2017), por La uruguaya