lunes, 10 de junio de 2019

"Nunca me abandones", de Kazuo Ishiguro (miércoles 12 de junio)





"Siempre resulta compleja y arriesgada la catalogación genérica de una obra, y esta última novela de Ishiguro lo es especialmente. El motor de la acción, y el sustrato argumental son típica y genuinamente -al menos de momento- “ciencia ficción”, ya que la trama gira en torno a la clonación; su estructura y desarrollo argumental se enmarcarían en la más rígida ortodoxia realista; su filosofía respondería al más puro naturalismo determinista.

La resolución a este nudo gordiano se desvela bien avanzada la obra, cuando, como ya he anticipado, uno de los personajes secundarios comunica a los protagonistas -y por tanto a los lectores- la realidad de sus vidas:

El problema a mi juicio es que se os ha dicho y no se os ha dicho…. Vuestras vidas están fijadas de antemano. Os haréis adultos, y luego, antes de que os hagáis viejos, antes de que lleguéis incluso a la edad mediana, empezaréis a donar vuestros órganos vitales. Para eso es para lo que cada uno de vosotros fue creado…. No debéis olvidarlo. 
(págs. 106-7) 

Y es que los tres protagonistas de esta obra, la narradora Kathy, el irascible Tommy y su novia Ruth, son clones “creados” con la única función de ser donantes de órganos.




Desvelar este extremo -obviamente imprescindible para la reseña- supondrá para el lector una cierta pérdida del suspense inherente a las primeras cien páginas, pues la sensación de creer que encontrarnos ante las memorias de una alumna perteneciente al internado de Hailsham en Gran Bretaña a finales del siglo XX, a lo que todo parece apuntar, resulta un tanto extraña y, tal como ocurre, espera el lector que un acontecimiento altere sustancialmente lo que ha estado leyendo. Bien sea por la intriga de la narración en esta primera parte, o en el caso de quien suscribe por las personales reminiscencias de lo que eran los internados, es la vida de los jóvenes en Hailsham, donde permanecían hasta los dieciséis años, lo más interesante de la novela.

Los tres personajes ya mencionados forman un triángulo amoroso que sigue fielmente la formulación arquetípica de esta recurrente figura narrativa: Kathy está secretamente enamorada de Tommy, el novio de su mejor amiga Ruth, y, como siempre, lo inevitable terminará por suceder. ésta es la estructura fundamental que sustenta la obra, pero los diferentes acontecimientos de sus años en la arcadia de Hailsham que rememora Kathy surgen como una concatenación de recuerdos, en el que uno conduce al otro de forma natural. Su trabajo es el de “cuidadora” de quienes ya han donado sus órganos -Ruth ya ha muerto y Tommy no durará mucho tiempo-, mientras ella misma espera recibir la notificación para trasladarse al hospital donde cumplirá su cometido. Es el momento de recordar.


Fotograma de la adaptación cinematográfica de la novela (2010)

Indudablemente, la clonación humana bien hubiera podido derivar el argumento hacia una novelada aproximación ética del tema, o en un teórico desarrollo filosófico, pero ni lo uno ni lo otro -lo que en cierta forma es de agradecer- parecen ser los intereses literarios de Ishiguro en Nunca me abandones (el título de la novela corresponde al título de la canción favorita de Kathy), novela en la que sigue similar camino al iniciado en Los inconsolables y continuado en Cuando fuimos huérfanos, pues Kathy, como Banks en esta última, no intenta sino comprender el sentido último de su vida:

Incluso he llegado a lograr que me guste la soledad…. Me gusta la sensación de montar en mi pequeño coche, sabiendo que durante las dos horas siguientes estaré en la carretera con ensueños de vigilia.
 (pág. 256)

Aunque la protagonista-narradora sea un clon, sus preocupaciones son las mismas del común de los mortales: el amor, el sexo, alcanzar en último extremo la felicidad representan las preocupaciones, miedos y ambiciones de Kathy. La resolución final resulta, cuando menos, “atípica” o “extraña”, adjetivos que entenderán perfectamente quienes lean la obra.

José Antonio Gurpegui 24 nov 2005





Kazuo Ishiguro nació en Nagasaki en 1954, pero se trasladó a Inglaterra en 1960. Ha estudiado en las universidades de Kent y de East Anglia y en la actua­lidad vive en Londres. 

Está considerado uno de los mejores escritores contemporáneos. En 1995 fue nombrado Oficial de la Orden del Imperio Británico, y, en 1998, Caballero de las Artes y las Letras por el gobierno francés. En 2017 recibe el premio Nobel de Literatura.

Su obra ha sido traducida a más de cuarenta idiomas. Es autor de siete novelas –Páli­da luz en las colinas (Premio Winifred Holtby), Un artista del mundo flotante (Premio Whitbread), Los restos del día (Premio Booker), Los inconsolables (Premio Cheltenham), Cuando fuimos huérfanos, Nunca me abandones (Premio Novela Europea Casi­no de Santiago) y El gigante enterrado–, y un libro de relatos –Nocturnos–.



Premios
Booker (1989)
Giuseppe Tomasi di Lampedusa (2009)
Nobel (2017)



martes, 14 de mayo de 2019

"Alma", de Javier Moreno (miércoles 15, 20h)






¿Qué es Alma? Es un no-libro, es una no-novela, es un artefacto que huye despavorido de lo convencional, es un monólogo, es un catálogo de lúcidos pensamientos, es una reflexión sincera y descarnada, es una parábola del interior desbordante de un escritor inquieto, urgente que, como un virus rabioso, acaba por infectar a quien lo lee. Alma es un ‘relato’ que desdeña el propio argumento como sostén literario. 

En varias ocasiones llegamos a leer que lo que menos le interesa a su narrador, (posiblemente Javier Moreno) es la trama de un libro. Y ciertamente, este libro esconde una trama física para deslizarse por una geografía mental y luminosa pero escabrosa en la que la voz narrativa deambula errática, pero a un ritmo endiabladamente intuitivo y voraz. 



El narrador, en un arranque de honestidad y brillantez, nos da cuenta de todo lo que pasa por su mente. Hace un recorrido por recuerdos, pensamientos, ideas, fantasmas personales y vitales y nos muestra los más recónditos escondrijos de su Alma. 

Pero, en una especie de juego, también nos presenta a una pareja de personajes –Eduardo, joven anodino, y María, hermosa mujer que ha perdido el don de la fotogenia- transitando al fondo del libro como seres secundarios, como extras que se hallan al margen de esta no-historia de estirpe metaficcional.

También, para rizar más el rizo de la no-narración, Dios será invitado y se erigirá como actor de reparto en la trama que Javier Moreno ha ideado con tanta maestría. 

Fuente: http://acantiladosdepapel.blogspot.com.es/2014/01/alma-de-javier-moreno-resena-n-591.html






ENTREVISTA A JAVIER MORENO

   Aparecida en este año 2011, Alma (Lengua de Trapo) es una novela distinta a lo habitual hoy en día, una obra que se sale de la corriente comercial y de sus imposiciones de ligereza y simplicidad para recuperar el gusto por la obra literaria como una propuesta estética, también filosófica; la novela como un pequeño intento de interpretación del mundo. 
En esta su cuarta novela, Javier Moreno afronta ese reto —el de “leer estéticamente” la realidad— que hasta no hace mucho era el objetivo principal de una buena novela. El resultado es un libro extraño, exquisito, extemporáneo.

   A lo largo de su escritura procuré que el fraseo compusiera una serie de imágenes que se fueran tejiendo hasta dar lugar a una constelación global -la de la novela- donde el lector encuentra al fin y al cabo una estructura. Curiosamente, pese a ser una novela sin trama, ocurre que muchos lectores la leen de un tirón, pendientes de una intriga invisible. En nuestros días abundan los thrillers de todo tipo que basan todo su valor en el golpe de efecto final. A veces hasta en la aparición de hijos o padres secretos, como en la más rancia y cansina novelística del XIX. Es una opción. La de sacrificar la escritura en aras a ese efecto final del que hablas. Yo creo más en la intensidad de cada frase, incluso de cada palabra. No me interesa demorar la gratificación del lector hasta la última página (Joyce decía al respecto que la intriga era la publicidad de la última página) sino que —más considerado, más generoso; al fin y al cabo la relación entre escritor y lector tiene una componente de erotismo— distribuyo el placer de la lectura equitativamente a lo largo de todas y cada una de las páginas. El lector no siente así la necesidad de escarbar trabajosamente durante docenas y docenas de páginas para encontrar su recompensa.

   A mí Alma me parece casi un acontecimiento literario. Tu novela entronca, en mi opinión, con lo más avanzado a que llegó la novelística del XX en lo conceptual. La novela vista como un proyecto artístico que pretende reflejar un mundo en constante caos y cambio, mediante elementos como, por ejemplo, el pensamiento incesante (para lo bueno y para lo malo, o sea, para lo inteligente y lo no tanto), las continuas digresiones, apenas sujetas por un leit-motiv…

   Creo que un autor no es quién para juzgar si su obra es o no un acontecimiento. Que una obra artística o un hecho se convierta en acontecimiento depende de muchas circunstancias, muchas de ellas ajenas al propio fenómeno. Son los receptores (en este caso los lectores) los que deben o no ver en una obra un acontecimiento. Este tiene que ver de algún modo con la ruptura, con un ‘antes y un después’. Alma es una pequeña mutación de obras y autores anteriores -no todos literarios, como tú bien apuntas-. A veces las pequeñas mutaciones desencadenan importantes cambios. Es, repito, el lector quien debe juzgar la importancia de ese cambio. Lo que sí es cierto es que se trata de un proyecto tanto literario como artístico e incluso vital (al menos durante el tiempo de su escritura), aunque uno puede asomarse a este libro como a una novela, que es al fin y al cabo de lo que se trata. “La realidad sin adulterar”, dices en repetidas ocasiones, y atraparla parece ser la obsesión de esta novela. Soy un escritor realista. Me apasiona la realidad. Pero mi modo de perseguirla no tiene nada que ver con el realismo decimonónico. Cada vez más se nos imponen los lenguajes para hablar de las parcelas que conforman la realidad (psicología, política, arte…). Estos lenguajes acaban convirtiéndose en una especie de convención que pretende propiciar el consenso -y, por tanto, la uniformidad- en torno a la particular disciplina de la que se ocupan. Lo que consiguen, sin embargo, es esconder lo que hay debajo, lo real. Lo real es algo inaprensible, que se deforma cuando se toca (como el vilano que aparece repetidamente en la novela). Acercarse a ello requiere cuidado, sensibilidad…

 Leo un fragmento de tu novela: “Me he investigado repetidamente a mí mismo. Y nunca he encontrado nada. Sólo he aprendido cosas de lo que está ahí fuera. Mis pensamientos forman parte del paisaje”. Uno de los aspectos que se acabó criticando a los escritores más avanzados del siglo XX fue su excesivo “ombliguismo”. Tú, sin embargo, pareces negarte en este fragmento como persona y afirmarte como un hecho circunstancial.

Esta novela es muy subjetiva y, al mismo tiempo, todo lo contrario. El sujeto (el narrador, yo mismo) no es aquí sino una herramienta para asomarse a las cosas. Supongo que a mucha gente le sorprende esa mezcla de intimidad y de objetividad, de poesía y de espíritu científico. El secreto está en verse a sí mismo como algo ajeno. Me parece una buena cura para el narcisismo que prolifera en nuestros días. Podemos ser dueños del espejo, pero no de los reflejos que aparecen en él. Alma funciona a manera de un espejo que sirve para reflejar tanto lo de dentro como lo de afuera. En una novela como Alma, con ese afán totalizador al menos de una minúscula porción del mundo, imagino que lo más difícil es establecer dónde se halla el punto final del libro, o el cambio de capítulo. Esta es una novela donde predomina fundamentalmente la continuidad. Continuidad entre realidad y ficción, continuidad entre los distintos registros que componen una subjetividad (confesiones, recuerdos, invenciones, diálogos ficticios…). El final vuelve a ser el principio. Me gusta concebir libros que, más que extensión, posean grosor. No hablo, naturalmente, del número de páginas, sino de la textura del tiempo. Tenía claro que la temporalidad de la novela sería continua, que cualquier instante podría estar conectado con cualquier otro. Sobraban entonces las elipsis. Los puntos y aparte. Alma ha recogido, y así lo creo, mucho del genial legado de la novelística del XX, pero libre de esos experimentalismos, al final poco más que tipográficos, que acabaron espantando a muchos lectores. Solo concibo la literatura desde un punto de vista experimental. Nadie entendería que la física se ocupase todavía de la ley de la gravedad de Newton o la biología de las leyes de Mendel. En ese sentido me siento completamente afín a la ciencia. Y la literatura, en cierto modo, lo es. Una ciencia de las emociones y de las percepciones. Los buenos libros son los que reflejan el modo de sentir, si no de todo el mundo, sí de buena parte de sus lectores; los que nos descubren algo acerca de nosotros mismos. La buena literatura —como una buena teoría científica— sirve de modelo y al mismo tiempo modela la realidad. Se equivoca quien piensa que en la actualidad se siente igual que hace cincuenta o cien años. No es cierto. Las emociones quizás sean las mismas, pero no los modos ni los caminos a través de los cuales accedemos a ellas. Otra cosa es que el experimentalismo se confunda con la improvisación y la ocurrencia. Yo distinguiría una cosa de la otra.

   En todo caso, la tuya es una propuesta muy valiente hoy en día, cuando los lectores piden, cada vez más, historias sencillas de leer (o mejor, simples de leer), encuadradas en una fórmula de éxito y que no impliquen muchas complicaciones.

 La gente lee lo que tiene a su disposición, lo que se publicita, lo que se vende. Por otra parte no sé si calificar de valiente el escribir lo que uno quiere escribir. A mí me parece simplemente honesto. Creo que hay un tipo de lector que valora esa honestidad. En Alma, y quizás como una concesión a la narrativa “tradicional”, hay como una tenue historia de amor dibujándose al fondo… Sí. Se trata de una historia de amor en los tiempos de facebook. María y Eduardo no se conocen personalmente. Serían incapaces de reconocerse si se vieran en persona, a pesar de haber compartido docenas de mensajes y perfiles de facebook. Es como una de esas historias en las que los amantes solo pueden coincidir durante algunas horas del día o como In the mood for love, de Wong Kar-Wai, donde la pasión amorosa se justifica de algún modo por su imposibilidad de consumación. 







Javier Moreno (n. La Cueva Monteagudo, Murcia, España; 1972) es un escritor, poeta y crítico literario español.
Es autor de novelas como: Buscando Batería (Bartleby, 1999), La Hermogeníada (Aladeriva, 2006), Click (Candaya, 2008; Nuevo Talento FNAC) y Alma (Lengua de Trapo, 2011), así como del libro de relatos Atractores extraños (InÉditor, 2010).
Ha sido galardonado con el Premio Nacional Fundación Cultural Miguel Hernández (Cortes publicitarios, Devenir, 2006) y con el Premio Internacional de Poesía Joven La Garúa (Acabado en diamante, La Garúa, 2009).
Ejerce la crítica literaria en Deriva, Revista de letras y en Quimera.

OBRAS
Novela
Buscando Batería. Bartleby, 1999
La Hermogeníada. Aladeriva, 2006
Click. Candaya, 2008
Cortes publicitarios. Devenir, 2006
Acabado en diamante. La Garúa, 2009
Renacimiento. Icaria, 2009
Alma. Lengua de Trapo, 2011
2020. Lengua de Trapo, 2013
Acontecimiento. Salto de Página, 2013

Relato
Atractores extraños. InEditor, 2010
Un paseo por la desgracia ajena. Salto de Página, 2017

Poesía
Acabado en diamante. La Garúa, 2009

Teatro
La balsa de Medusa (Espacio escénico DT, Madrid, 2007)

miércoles, 10 de abril de 2019

"La uruguaya", de Pedro Mairal (miércoles 24, 20h)




De Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) leí hace ya más de quince años su primera novela, Una noche con Sabrina Love (1998), toda una odisea adolescente. Un libro del que guardo un grato recuerdo. Aquella lectura me animó a leer las dos siguientes novelas suyas que aparecieron en España: Salvatierra (2008) y El año del desierto (2005). Me doy cuenta ahora de que estas dos últimas aparecieron aquí con el orden cronológico cambiado. En 2016 leí alguna buena crítica de La uruguaya en la prensa argentina y, cuando la publicó en España Libros del Asteroide, le escribí un correo a la editorial para solicitársela. Ellos me la enviaron a casa muy amablemente. Muchas gracias.

El protagonista de La uruguaya es Lucas Pereyra, escritor argentino de cuarenta y cuatro años. La novela recoge la narración de un día de su vida, un día que fue bastante largo y que el personaje evoca un año después de que tuvieran lugar los acontecimientos narrados. Ese día, Lucas va a dejar su hogar de Buenos Aires para atravesar el Río de la Plata y viajar a Colonia del Sacramento, en Uruguay. Una vez allí, tendrá que tomar un autobús hacia Montevideo. Su objetivo es sacar 15.000 dólares de una cuenta que abrió en un banco del país vecino, donde le han ingresado dos adelantos por sus libros desde España y Colombia. Si recibe ese dinero en Argentina, una nueva ley sobre el tratamiento de las divisas provocaría que el dinero se quedase en menos de la mitad. Su idea es tomar los 15.000 dólares en metálico y volver esa misma noche a Buenos Aires con el dinero escondido en un cinturón.




También ha quedado con Magali Guerra Zabala, una joven uruguaya de veintiocho años que conoció unos meses atrás en un festival literario en la localidad uruguaya de Valizas. Lucas se ha enamorado de Guerra, como la llama, y durante los meses previos a esta cita ha estado intercambiando con ella correos electrónicos. Las expectativas eróticas que ha puesto en este encuentro en Montevideo son grandes. También quiere quedar con Enzo, un hombre de setenta años que fue, hace mucho tiempo, profesor suyo en una taller literario de Argentina.

En el momento del viaje, Lucas está casado con Catalina, con la que tiene un hijo pequeño llamado Maiko. La relación entre Lucas y Cata no pasa por su mejor momento. Lucas sospecha que Cata, que trabaja en el sector de la medicina, le es infiel. Además, Lucas siente que en los últimos tiempos no le ha ido demasiado bien como escritor y ha estado viviendo a expensas de ella; también le debe dinero a algún familiar más. Si consigue engañar a las autoridades en la aduana y regresar a casa con los 15.000 dólares de los adelantos, podrá saldar sus deudas y tener la tranquilidad necesaria para escribir durante los próximos diez meses.

La novela está escrita como si se tratase de una larga carta, en la que Lucas le narra a su mujer Catalina (como ya he comentado, un año después de los hechos) lo que le ocurrió en aquel día crucial del pasado. En más de una ocasión se le recuerda al lector que está ante una evocación traída desde un futuro cercano; en otras ocasiones, la narración se deja llevar por la pura sensación de presente narrativo. En más de un momento, Lucas reflexiona (ante Cata) sobre lo que suponía para él su relación con ella, y sobre todo lo que ha supuesto para su vida la llegada de su hijo, a una edad “cuarenta y cuatro años” tal vez un tanto tardía para la paternidad. 

«Tendría que haber un curso para criar hijos. Tanto curso de preparto y después nace y cuando llegás a tu casa por primera vez no sabés ni dónde ponerlo. ¿Dónde lo apoyás, en qué parte de la casa va ese viejito mínimo, ese haiku de persona? Nadie te enseña. Nadie te advierte lo duro que es no dormir, renunciar a vos a cada rato, postergarte. (…) A veces también le tengo miedo a Maiko. Miedo a él. Incuba cada virus que se agarra en el jardín, lo aísla y lo fortalece dentro de su flamante sistema inmunológico y me lo pega con toda su furia. Sus gripes me derrumban» (pág. 44).

Desde su crisis de mediana edad, Lucas se plantea su rol de marido y de padre, además de su condición de escritor. «Cuando no escribo ni trabajo sube el volumen de las palabras dentro de mi cabeza y me van inundando», leemos en la página 15, como declaración de un sentir vocacional. Sin embargo, más tarde Lucas parece pensar que se equivocó al elegir ser escritor. En la página 56 podemos leer lo siguiente: «La plata estaba en mi infancia, me rodeaba, me recubría con buena ropa, cuadras de un barrio seguro en Capital, alambrados de fin de semana, cercos de clubes, ligustros bien podados, barreras que se levantaban a mi paso. Y yo después me había dado el lujo de hacerme el descarriado, el artista sin empuje empresarial, el bohemio. Era un lujo más. El hijo sensible de la alta burguesía pero el precio de mi bohemia se empezaba a pagar ahora. Era a largo plazo. Un resbalar gradual».

En cierto modo, parece que Pedro Mairal, a través de la voz narrativa de Lucas Pereyra, se ha propuesto llevar a cabo un ajuste de cuentas consigo mismo. Desconozco si Mairal ha estado casado y se ha divorciado, o si ha tenido hijos, pero en algún punto de la novela me ha parecido que estaba jugando a la autoficción. Por ejemplo, cuando relata el encuentro con Guerra en el festival literario, al finalizar ese día, debe sentarse en un autobús con una crítica literaria que le espeta una pregunta inoportuna para su mente obnubilada por el sexo: «¿Lucas, vos tuviste oportunidad de leer lo que yo escribí sobre el eje civilización y barbarie en tu novelística?». Me dio la impresión de que esa pregunta se la podía haber hecho perfectamente esa misma crítica al escritor de El año del desierto, novela en la que Mairal hablaba precisamente de ese «eje civilización y barbarie».

La uruguaya abunda en argentinismos -algunos como «telo», «quincho» o «cheto» no los conocía- y en anglicismos (homeless chic, living, voz en off…); en algún momento, estos últimos parecen tener una función cómica en el texto. La novela está escrita con mucho sentido del ritmo y un tono desenfadado, que acaba derivando, en más de una página, hacia la comedia o la autoparodia. También suele abundar el párrafo de aliento poético.

La anterior novela de Pedro Mairal que leí fue El año del desierto, que me pareció más ambiciosa en su composición que La uruguaya. El año del desierto me impresionó mucho y la destaqué como una de mis mejores lecturas de 2013.

Aunque tengo la impresión de que La uruguaya está escrita en un tono menor respecto a El año del desierto, me ha parecido una gran novela corta. Retrata con mucho encanto “con un gran sentido del patetismo que deriva en comedia” la crisis de mediana edad de un escritor. Su prosa es muy bella y tiene un gran sentido del ritmo. La verdad es que casi la leí de un tirón y me sentí muy feliz con ella. Pedro Mairal sigue siendo uno de mis escritores hispanoamericanos actuales (de los nacidos a partir de 1970) favoritos.

David Pérez Vega
http://revistaparaleer.com/blogs/la-uruguaya-de-pedro-mairal-una-lectura-de-david-perez-vega/




Pedro Mairal nació en Buenos Aires en 1970. Su novela “Una noche con Sabrina Love” recibió el Premio Clarín de Novela en 1998 y fue llevada al cine en 2000. Publicó además las novelas “El año del desierto” y “Salvatierra”; un volumen de cuentos, “Hoy temprano”; y dos libros de poesía, “Tigre como los pájaros” y “Consumidor final”. 



Ha sido traducido y editado en Francia, Italia, España, Portugal, Polonia y Alemania.

En 2007 fue incluido, por el jurado de Bogotá, entre los mejores escritores jóvenes latinoamericanos. En 2011 condujo el programa de televisión sobre libros Impreso en Argentina. En 2013 publicó “El gran surubí”, una novela en sonetos, y “El equilibrio”, una recopilación de sus columnas. Sus artículos y crónicas están publicados en “Maniobras de evasión” (Editorial Universidad Diego Portales). 





OBRAS 
Tigre como los pájaros (poesía) (1996)
Una noche con Sabrina Love (1998) 
Hoy temprano (2001)
Consumidor final (poesía) (2003)
Pornosonetos (con el pseudónimo Ramón Paz) (2003) 
El año del desierto (2005) 
Pornosonetos II (con el pseudónimo Ramón Paz) (2005) 
Pornosonetos III (con el pseudónimo Ramón Paz) (2008) 
Salvatierra (2008) 
El gran surubí (poesía, con ilustraciones de Jorge González) (2013)
El equilibrio (ensayos) (2013) 
El subrayador (2014) 
La uruguaya (2016) 
Maniobras de evasión (ensayos) (2017)

PREMIOS 
Mención en el Premio Fortabat de poesía 
Premio Clarín de Novela (1998) por Una noche con Sabrina Love 
Premio Tigre Juan (2017), por La uruguaya



martes, 12 de marzo de 2019

"Al envejecer, los hombres lloran", de Jean-Luc Seigle (miércoles 13, 20h)






LA VIDA EN VEINTICUATRO HORAS (CON EPÍLOGO)

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN


A poco que se rasque en la superficie más o menos pulcra de la realidad, descubrimos que los países de nuestro entorno conservan un armario repleto de los cadáveres que acumularon durante el pasado siglo. Buena parte de la mejor literatura de nuestra época sigue empeñada, consciente y felizmente, en ese proceso exhumatorio. Por emplear una fórmula consagrada en la novela homónima de Isaac Rosa, todo país posee su «vano ayer». Ahí están los ejemplos de Portugal, Grecia y España con sus dictaduras militares; ahí están los casos de Italia y Alemania con sus desmanes totalitarios; y ahí está el drama de Francia con ese doble asunto que no ha dejado de resonar en sus mejores ficciones: el colaboracionismo durante el régimen de Vichy, corolario de la derrota del año 40, y el abismo de Argelia, epítome de un colonialismo atroz.






La memoria de la Francia aplastada por la Wehrmacht en los albores de la guerra y la vergüenza de la Argelia ocupada que tanto hizo lamentarse a Camus ya desde los tiempos de la Liberación se tienden la mano en Al envejecer, los hombres lloran(editorial Seix Barral), novela de Jean-Luc Seigle que obra la satisfacción de un anhelo al que quizá sólo la literatura puede aspirar: narrar en veinticuatro horas la vida de una familia, pero también la de un país y, por extensión, la de una época. 




Dibujar dentro del antiguo marco aristotélico de la unidad de tiempo, acción y lugar la debacle de un mundo que fenece y la esperanza de otro que nace a la condición adulta mediante el reconocimiento de los demonios familiares, que son, en el fondo, los demonios de una sociedad y de un statu quo.


La coartada que Seigle emplea para narrar ese día en que todo cambiará para siempre supone un hallazgo: la llegada del primer aparato de televisión a un pequeño pueblo de Francia, en el verano de 1961, con la promesa de que, encerrado en él, la familia reunida en torno al brujo catódico podrá ver el rostro del hijo primogénito, enviado a las colonias en nombre de la civilización y el progreso. Esa fecha de regocijo y reencuentro acabará convirtiéndose en una jornada de atrición y aflicción, dies irae de una comunidad de afectos y mentiras, como es toda familia, que implosionará mediante el ejercicio implacable de la memoria.

Una memoria consagrada en la persona del padre, Albert Chassaing, antiguo soldado en Schoenenbourg y representante de un campesinado en trance de extinción, que se proyecta hacia el pasado en la figura de la abuela, Madeleine, quien ha perdido el mundo pero no los recuerdos, y que se extiende hacia el futuro en la piel del hijo menor, Gilles, un niño que, como su gemelo en Los cuatrocientos golpes, ha levantado un altar en su corazón a Balzac, y que en ese altar de la literatura del hombre que dejó escrito que el arte de la novela es la historia privada de las naciones, está a punto de descubrir la verdad que tantos desvelos y afanes cuesta conquistar: que la familia es el surco donde la aguja salta.

Línea Maginot


La potencia de Al envejecer, los hombres lloran radica en su capital emotivo. Es una de las novelas más conmovedoras que se puedan leer. Pero ese raudal de sentimientos no bastaría para convertir esta obra en una pieza mayor si no estuviera puesto al servicio de una exigencia más profunda, que escapa al mero escrutinio de las emociones y apunta directamente a esa función exhumatoria de la literatura que señalábamos al comienzo. En el epílogo del libro, titulado La Imaginot, en el que Seigle juega con las palabras para convertir la cruda realidad de la Línea Maginot en la fantasía de un niño que añade una inocente vocal para penetrar en el terreno de las leyendas, se concentra la experiencia de un tiempo que, para conservar su sentido, debe atender tanto a la pasión de los vencidos como a la razón de los derrotados.



La temperatura emocional de la novela explota así en una improvisada clase de Historia alimentada por el fuego íntimo de la(s) historia(s), revelando a quien escucha los secretos de un acto en apariencia inexplicable, pero que obedece a los dictados de la conciencia, que es siempre el tribunal más severo, el único al que no se puede escapar. Y de ese modo, mediante el expediente del recuerdo, el niño Gilles, convertido ahora en el profesor Gilles, devuelve a su padre muerto no sólo los afectos de la sangre, sino la expiación de la dignidad. Esa dignidad tan humana, sin dioses ni cielos prometidos, sin iglesias ni evangelio, en que cada hombre, cada vida y cada acto encuentran su lugar. Esa dignidad cuyo sacerdote es el novelista y cuya hostia amarga es la novela.

Fuente: http://blogs.elconfidencial.com/cultura/iluminaciones/2013-12-07/la-vida-en-veinticuatro-horas-con-epilogo_62523/




LOS OLVIDADOS DE LA LINEA MAGINOT



Documental que narra la historia de los españoles desplazados durante la guerra civil a Francia y que, en su exilio, fueron utilizados en la construcción de la Línea Maginot, una obra colosal que el ministro de Defensa francés, André Maginot, mandó construir tras la primera guerra mundial para defenderse de la invasión nazi.







Jean-Luc Seigle es un escritor, guionista y dramaturgo francés. Ha trabajado tanto en el mundo del cine como en el de la televisión.  En lo literario, Seigle logró el Grand Prix RTL-Lire por Al envejecer, los hombres lloran (2012), su tercera novela después de La nuit dépeuplée (2000) y Le sacre de l’enfant mort (2007). En 2015 publicó Je vous écris dans le noir.

Sitio web oficial (en francés): http://www.safranconseil.fr/jean-luc-seigle


martes, 12 de febrero de 2019

"Canción dulce", de Leïla Slimani (miércoles 13, 20h)







"Las dos citas —de Kipling y de Dostoievski— que introducen Canción dulce nos dan la clave para leer e interpretar la novela. En la primera se alude a la falta de humanidad y de empatía de los pudientes con sus empleados domésticos, y la segunda señala hacia la desestabilización mental y la caída en el abismo que se derivan de no tener un lugar a donde ir. Louise, el personaje de la niñera en esta segunda novela de Leila Slimani, es un ser en continuo y casi imperceptible desmoronamiento, alguien desposeído de todo bajo el disfraz de asistenta equilibrada y meticulosa. Que ella es la asesina de los dos niños a su cargo se conoce desde las primeras páginas, y el resto de la novela constituye una suerte de thriller al revés, a la busca de indicios y resortes mentales que expliquen o permitan, retrospectivamente, prever el crimen.

La periodista y escritora Leila Slimani (Rabat, 1981), que obtuvo el Premio Goncourt por esta Chanson douce (2016), ya había escrito una primera novela, titulada Dans le jardín de l’ogre (2014) y focalizada en Adèle, una joven esposa y madre que, hastiada de su pequeña y mediocre vida familiar, de los gestos repetidos y del sexo previsible, se vuelve adicta a los encuentros furtivos, brutales e insatisfactorios —“ce sentiment magique de toucher du doight le vil et l’obscène, la perversion bourgeoise et la misère humaine”—, y consigue llevar una doble vida hasta que es descubierta.








En Canción dulce, traducida al español por Malika Embarek López para Cabaret Voltaire —en catalán ha sido publicada por Edicions Bromera, en traducción de Lluís-Anton Baulenas—, Slimani busca ahondar en la lucha de clases y en la deriva criminal de una psique maltrecha. El punto de partida para la escritura es un caso real acaecido en Nueva York en 2012, el de una niñera que asesinó a los dos niños que cuidaba. La novela principia con la frase “El bebé ha muerto”, y sigue una descripción de las acciones de la policía en la escena del crimen, la quinta planta de un edificio de la Rue d’Hauteville, en el distrito X de París. Así que no hay nada que resolver: han agredido a dos niños y sabemos que ha sido la niñera, que, aunque trató de suicidarse, “No supo morir. Solo dar muerte”. Tras este íncipit desazonador y terrorífico, el trabajo o el reto de la escritora consistirá en interesarnos por el antes, por los antecedentes. Y empieza el flash-back.

Myriam ha pasado los primeros años de la infancia de Mila, su hija mayor, sumida en una maternidad animal, en una burbuja que con el tiempo se ha vuelto irrespirable. Cuando nace Adam, su segundo hijo, todo se complica: “Me están comiendo viva”. Amarga e insatisfecha, envidia el ajetreo laboral de su marido, Paul, y recela de las amigas que dicen envidiarla y de los desconocidos que la desprecian tan pronto como saben que está confinada al ámbito doméstico. Cuando le surge la oportunidad de entrar a trabajar en un despacho de abogados, se impone la necesidad de contratar a una niñera.

“Sin papeles, no. Espero que estés de acuerdo. Si se tratara de una asistenta o de un pintor de brocha gorda, no me importaría. Esa gente tendrá que vivir de algo, pero cuidar de los niños es distinto, es muy arriesgado. No quiero a una persona que tema llamar a la policía o ir a un hospital en caso de una urgencia. Aparte de eso, que no sea demasiado mayor, que no lleve pañuelo y que no fume. Lo principal es que sea una mujer dinámica y que tenga tiempo para nosotros. Que trabaje para que podamos trabajar.”

Entonces entra en escena el personaje central, el gran detonador. Louise, la niñera, es una mujer de cuarenta años con cara de muñeca envejecida. La pulcritud de su aspecto se extrapola a la meticulosidad con que se aplica a la limpieza doméstica, hasta el punto de que transforma una casa que la familia siente como asfixiante en un lugar apacible y luminoso. Este excederse en sus funciones tiene como objetivo apropiarse del territorio y colonizarlo:

“Observa cada cosa con el aplomo de un general ante una tierra que se dispone a conquistar.”

Al principio, Louise es vista como una especie de hada, por cuanto suscita y satisface las fantasías de la familia ideal. Se esmera en convertirse en invisible e indispensable al mismo tiempo —“se mueve entre bambalinas, discreta y poderosa. Maneja los hilos sin los que la magia no existe”—, hasta el punto de que los Massé se la llevan de vacaciones a una isla griega, convencidos de que no tendrá un plan mejor para el verano. Siempre disponible y solícita, se ve incrustada en una vida que no es la suya, pero de la que depende completamente. Deviene una presencia íntima, aunque nunca familiar, y de ahí la relación de amor-odio que mantiene con Myriam y Paul, quienes, confiados en exceso, reaccionan como “niños mimados” o “gatos domésticos” a las atenciones de la niñera y no miden la violencia del vínculo y sus posibles consecuencias hasta que es demasiado tarde.

Hay varios cambios de foco a lo largo de la novela. Sabemos del marido de Louise, Jacques, un hombre colérico y envidioso que la maltrataba de palabra y que no le dejó más que “pleitos frustrados, juicios y facturas pendientes”, y de su hija, Stéphanie, siempre a la sombra de los niños que su madre cuidaba. También se nos presenta a Wafa, una niñera marroquí que traba una cierta amistad con ella, y a Hervé, un hombre de extracción muy humilde que corteja a Louise y que corresponde, al parecer, al tipo de persona que ella se merece, alguien “que nadie quiere, pero que Louise acepta, como acepta la ropa usada, las revistas ya leídas a las que les faltan páginas e incluso los gofres ya mordidos que dejan los niños”.

“Están las jóvenes con pañuelo, que deben ser aún más puntuales, más amables, más pulcras que las demás. Están las que se cambian de peluca cada semana. Las filipinas, que suplican a los niños en inglés que no salten en los charcos […]. Todas tienen también secretos inconfesables. Ocultan recuerdos horribles de sumisión, humillaciones, mentiras. Recuerdos de voces que apenas se oyen del otro lado del teléfono, conversaciones que se cortan […]. Algunas, Louise lo sabe, han robado, menudencias, casi nada, a modo de impuesto recaudado sobre la felicidad de los demás.”

Frente a las demás niñeras, Louise tiene ademanes de nurse inglesa o de estirada gobernanta. Pero, en flagrante contradicción con los modales altivos y trasnochados que exhibe —y en doloroso contraste con la vida acomodada de los Massé, a la que se ha acoplado—, la asistenta asiste a la progresiva degradación del barrio donde vive, y no puede evitar pensar que pronto ella estará igual que ese vagabundo que ve defecar en mitad de la calle. Y es que, por culpa de su difunto marido, las deudas se le acumulan y están a punto de desahuciarla de su roñoso pisito en la periferia. Su única esperanza —y el objetivo que perseguirá de modo obsesivo— estriba en quedarse a vivir en casa de los Massé, pero, para que eso suceda, Myriam y Paul deberían tener un tercer hijo y necesitarla de manera perentoria —“El bebé protegerá el lugar que ocupa Louise en su reino”—; así que cocina recetas para favorecer la fertilidad y sale con los niños para que el matrimonio goce de una mayor intimidad y se entregue a la tarea procreadora. Sin éxito.

“Solo tiene un deseo: formar parte del mundo de ellos […], hacerse un hueco, una guarida, un rinconcito caliente.”

Cada vez se inmiscuye más en los asuntos familiares. Le reprocha a Myriam que despilfarre, y rebusca en los cubos de la basura restos no consumidos de comida y juguetes que ya no merece la pena reparar. Los Massé creen que deben emanciparse del poder que ejerce Louise, y le prohíben dar a los niños productos caducados. Un día la niñera deja, en la mesa de la cocina, una carcasa de pollo que Myriam tiró por la mañana; poco después sabrán que Louise se la ha ofrecido a los niños para que roan los huesos hasta dejarlos mondos e impolutos.

“Una carcasa brillante, sobre la que no queda el menor trocito de piel, el menor rastro de carne. Se diría que la ha roído un buitre o un insecto obstinado, minucioso. Un bicho maligno en todo caso […]. Lo ha lavado a conciencia, lo ha secado y lo ha colocado allí, como venganza, como un tótem maléfico.”

Este es uno de los indicios que habrían podido alertar sobre el fatal desenlace. Pero hay más. Louise se entrega a los juegos infantiles sin compasión y crea angustia en los niños: “Los observa como quien estudia la agonía de un pez recién capturado, con las agallas ensangrentadas, el cuerpo presa de convulsiones”. Otro de sus desvaríos será maquillar a Mila “como un monstruo de feria, tan grotesca como un perro que alguna vieja histérica hubiera vestido para lucirlo en su paseo”. Aunque es incapaz de reaccionar a tiempo, Paul intuye antes que Myriam la amenaza que se cierne sobre ellos: “Se imagina su casa como un acuario invadido por algas podridas, una fosa en la que el aire ya no circula y donde unos animales de piel rala deambulan aullando”.

Con un estilo directo y franco, desprovisto de descripciones innecesarias y con la precisión de un escalpelo, esta narración retrospectiva explora las contradictorias y complejas relaciones que se establecen entre clases sociales y aborda también cuestiones como la difícil conciliación de la vida laboral y familiar o las condiciones de trabajo de las asistentas domésticas. Sabemos que, a partir de un determinado momento, la rígida y obsesiva Louise se desmorona, y “un quejido interior la corroe y le desgarra las entrañas”. En otra ocasión se nos dice que no es más que “un amasijo de cristales rotos, y su alma está cargada de piedras”. Uno de los grandes temas de la novela es la indefensión de los desposeídos, abandonados a su suerte —“Cada día se topaba con compañeros en el infortunio, que hablaban solos, dementes, mendigos”—, y de ahí al deterioro mental y la enajenación solo hay un paso. Louise es una mujer rechazada social y económicamente, y no es de extrañar que su frustración se abata sobre los más débiles e indefensos.

“Siente brotar el odio que lleva dentro. Un odio que va en contra de sus impulsos serviles, de su optimismo infantil. Un odio que mezcla todo. Está absorbida por un sueño triste y confuso. Atormentada por la impresión de haber visto y oído demasiado de la intimidad de los demás, de una intimidad a la que ella nunca tuvo derecho. Nunca tuvo un dormitorio propio.”

A medida que avanza la novela se hace evidente la enajenación de Louise, ese animal domesticado pero herido en lo más hondo —“Avanza, cueste lo que cueste, como un animal, como un perro a quien unos niños malos hubieran quebrado las patas”—, y paralelamente se ofrecen cada vez más muestras de la dependencia y el amor salvaje de Myriam por sus hijos, “el más bello paisaje del mundo”. Ella desconoce la situación mental y material de Louise y se equivoca al analizar las señales; el conocimiento le llegará a través de una violencia definitiva, aunque en los últimos tiempos había ya indicios alarmantes. No olvidemos, además, que Myriam es abogada y, en el momento en que sucede la acción, está defendiendo a un joven que mató a un cocinero sin papeles. Véase cómo se vuelven las tornas, pues tras lo sucedido Louise tendrá derecho a un abogado defensor, que probablemente base su estrategia en demostrar que la niñera también es una víctima y en calificar a Myriam de madre ausente, déspota con el servicio y cegada por la ambición.

En esta suerte de pesquisa al revés, la ironía trágica se apoya en la ventaja del receptor respecto de los personajes, y opera una manipulación perversa de las emociones. Mientras vuelve del trabajo a casa, ansiosa por reunirse con ellos, Myriam revisa en el móvil las fotos de sus hijos y hace planes de futuro inmediato. Por supuesto, para el lector, que sabe cómo termina todo, este gesto se teñirá de ecos funestos. Es un recurso cruelmente efectista dentro de una narración honesta, concisa y aséptica; una saeta que la autora dispara al lector. Otro de los momentos destacables en este sentido lo hallamos, bastante al inicio de la novela, en el renacer que sienten Myriam y Paul con la llegada de Louise; en su cama de sábanas limpias, el matrimonio se congratula de su libertad recuperada, y de la suerte que han tenido de encontrar a la niñera:

“Como si hubieran encontrado un mirlo blanco o les hubieran echado una bendición.”


Ana Prieto Nadal







Lucia (6) y Leo (2), los niños asesinados en un apartamento de Upper West Side (NY) por su nanny, Joselyn Ortega, el 25 de octubre de 2012, suceso que inspiró "Canción dulce".

Más información: Asesinato de Lucia y Leo Krim (Wikipedia)










Leila Slimani (Rabat, Marruecos, 3 de octubre de 1981) es una periodista y escritora franco-marroquí de madre franco-argelina y de padre marroquí. Su segunda novela, "Chanson douce", fue galardonada con el Premio Goncourt en 2016.

Alumna del Liceo francés de Rabat, Slimani creció en una familia de habla francesa. Su padre, Othman Slimani, es banquero, su madre es médico ORL, medio alsaciana, medio marroquí, En 1999, se va a París, donde se diploma en el Instituto de Estudios Políticos de París. Intenta convertirse en actriz de teatro (Cours Florent) y decide completar sus estudios en el ESCP Europe Business School, con una formación para los medios. Christophe Barbier, padrino de su promoción, le ofrece una estancia en L'Express. 

En la editorial Gallimard hace un curso de creación literaria con Jean-Martin Laclavetine como tutor.

Finalmente, entra en la revista Jeune Afrique en 2008, donde trata los temas relacionados con el norte de África. En 2012, deja la redacción de Jeune Afrique para dedicarse a la escritura, aunque sigue trabajando por su cuenta para la revista.



En 2014, publica su primera novela en Ediciones Galimard, "Dans le jardin de l’ogre", adquirida por una productora (Huffpost), para una adaptación cinematográfica. El tema, la adicción sexual femenina, y la literatura, son destacados por la crítica y la obra es seleccionada como una de las cinco finalistas del Premio de Flore, de París. La novela vendió 15.000 ejemplares en Marruecos.​ En 2015, esta novela recibe el 6º Premio Literario de la Mamounia, otorgado a un autor marroquí en lengua francesa, y es la primera mujer en recibirlo. 

Su segunda novela, "Chanson douce", obtiene el Premio Goncourt en 2016.

En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Francia en 2017 apoyó junto a un grupo de personalidades de la sociedad civil a Emmanuel Macron para bloquear a Marine Le Pen. ​ El mismo año recibió el premio "Out" de oro por su condena a la penalización de la homosexualidad en Marruecos y al control del cuerpo de las mujeres.

Su última obra, publicada en 2017, es "Sexo y mentiras: La vida sexual en Marruecos".