Cada libro me va
dando un poco más y este creo que me ha ayudado bastante. A veces me
preguntan: «¿Por qué tratas tanto de la muerte en tus libros?». Y digo: «¿Es
que se puede hablar de otra cosa?». Ese es el tema básico detrás de todo,
pero la gente no se da cuenta. Y detrás de todo está el miedo a la muerte, el
sin sentido del amor. Yo la verdad es que cada vez he ido surfeando mejor eso.
No tiene ninguna gracia morirse, pero bueno, tengo evidentemente bastante menos
miedo a la muerte ahora que estoy mucho más cerca que cuando era joven.
Rosa Montero
LOS ABISMOS DE
LA MENTE
De una manera
envolvente, enormemente fluida, con un tono coloquial, nos lleva a través de un
paisaje cambiante, de una diversa mirada que pretende ser exhaustiva, y lo
consigue
JAVIER PUIG | 13
DICIEMBRE 2022
Con El peligro
de estar cuerda, Rosa Montero vuelve a ese género híbrido, mezcla de lo
biográfico, lo confesional, lo ensayístico y lo divulgativo. De una manera
envolvente, enormemente fluida, con un tono coloquial, nos lleva a través de un
paisaje cambiante, de una diversa mirada que pretende ser exhaustiva y lo
consigue, dejándonos bastante saciados en cuanto a los contenidos que toca,
aunque también deseosos de acceder a los libros de los que se ha nutrido y nos
recomienda.
Cuando apareció
el libro, pensé que estábamos ante un nuevo acaparamiento de datos biográficos
de los que constituyen la base para los estudios sobre la relación entre la
locura y la creatividad —y más allá de esta, la genialidad—, pero al sumergirme
en sus páginas hallé —¿cómo pude haberlo dudado? — mucho más; en realidad, una
reflexión profunda sobre temas gravemente existenciales. Y es que, junto a esa
base que explora las diferentes problemáticas mentales que, en distinta medida,
ha padecido una gran mayoría de los escritores más relevantes, hay un recorrido
por los diferentes prismas de una cuestión esencial, la de la lucha contra un
siempre amenazante vacío succionador, contra ese abismo que—según decía
Nietzsche— nos devuelve la mirada.
Rosa Montero nos
lleva de la mano, nos anticipa argumentos, y al final de todo nos informa de
cómo ha culminado la tarea de hilvanar un gran compendio de datos, de
experiencias propias y de las correspondientes reflexiones propiciadas. No le
importa incluir las confesiones íntimas que puedan ilustrar el tema del que
está hablando, sus crisis de pánico cuando joven, sus migrañas hasta los
cincuenta y cinco años, sus manías, su fuerte tendencia imaginativa, sus
pertinaces ensoñaciones. Se considera a sí misma perteneciente a ese 15% de PAS
—personas altamente sensibles— que suele ser un rasgo común de las mentes
creativas. La descripción de esa peculiaridad, la reconoce como un retrato
robot del artista: mala memoria, tendencia a los desequilibrios mentales,
hipersensibilidad a las críticas.
La autora hace hincapié en que los escritores tienen un cincuenta por ciento más de posibilidades de suicidarse que la población general. Y refiere los casos de numerosos suicidas, extendiéndose particularmente en el de Sylvia Plath. Supongo que esta estadística no presupone que el riesgo se deba a la actividad —que la autora resalta como extremadamente placentera, incluso curativa— sino a que el escritor lo es, a menudo, por padecer previamente desarreglos mentales para cuyo aplacamiento esa vocación a veces no es suficiente. El título del libro lo toma de un verso de la poeta Emily Dickinson, mujer que vivió en la extravagancia de no salir de su cuarto durante muchos años.
Como les ha pasado
a otros autores, a Rosa Montero le da miedo perder esa pequeña locura de la que
es consciente y que nada tiene que ver con la más devastadora, de la que nunca
estamos completamente a salvo: “Estar loco es, sobre todo, estar solo. Pero
estoy hablando de una soledad descomunal, de algo que no se parece en absoluto
a lo que entendemos cuando decimos la palabra soledad”. Y es que las novelas
contribuyen a controlar la desazón existencial: “Son una pequeña isla de
significado en el mar del desorden”. Pero aún es mejor escribirlas que leerlas,
porque: “Escribir es jugar con un juguete enorme”. Ella teme curarse, volverse
demasiado racional, controladora de lo que está creando. Recuerdo una frase de
Ernesto Sábato: “Querían hacerme psicoanálisis y, comprendiendo que podía ser
eficaz, precisamente por eso no me lo quise hacer”.
Me parece magnífica esa imagen de la discoteca desolada a la mañana siguiente, esa aparición de lo sórdido, lo desangelado e incluso terrible, tras los vivificantes deslumbramientos: “¿Has visto por casualidad alguna vez de día una discoteca en la que en la noche anterior te lo has estado pasando genial? En la oscuridad, con las luces estroboscópicas y los neones y los metales brillando bajo los focos, con la música retumbando… […] Pero, ay, pongamos que te has olvidado las gafas y que regresas a la maña siguiente a recogerlas, una bombilla mortecina ilumina el espacio raído, mortecino y mísero… La existencia es una discoteca barata vista a la luz del día”.
Cada vez que
tropieza con la evidencia de una oscura y contundente amenaza, inmediatamente
reacciona con un argumento implacable: “Si no hay una creencia religiosa a la
que agarrarse, la existencia, bien mirada, es un absurdo. Y entonces te
preguntas. ¿Por qué continuar con todo esto?
Yo tengo una respuesta a todo esto: porque la vida se regocija en seguir
viviendo”. En realidad, quien se quita la vida ha sido quien más ha esperado de
ella: “El suicida es un yonqui de la intensidad al que de repente se le apaga
la luz, una persona a la que le es difícil relacionarse con la realidad porque
a menudo la percibe como un decorado”. Y
es a que muchos de los escritores los define como “amantes de lo absoluto”. Lo
que es estar muy cerca del precipicio, porque, como dice Camus: “Justamente,
por esa aguda necesidad de sentirse siempre incendiados, conocen muy bien la
oscuridad”. Algunos han buscado ese fervor mediante las drogas: “Entiendo lo
que los llevaba al alcohol, lo hemos dicho al principio: aumenta la emocionalidad,
potencia la desinhibición, amordaza al yo controlador. …Pero la bebida es una
musa maligna y traicionera…” Es más seguro esperar el satori, el sentimiento
oceánico, que dice la autora haber conocido alguna vez.
Desde su experiencia propia, Rosa cree, como Claire Legendre, que “hay dos formas de darle un sentido a su vida o de hacerle creer que lo tiene, amar a alguien y escribir libros”. Entonces, le puedes hasta robar unas chispas a la eternidad: “Se consigue con los estallidos de la pasión amorosa; y también cuando escribes, es decir, cuando escribes bien, cuando escribes mejor de lo que sabes escribir. Cuando bailas con las palabras”. Dedica unas cuantas páginas a las euforias de la escritura y no tanto a su reverso, al padecimiento que puede significar tocar algunos temas como heridas abiertas, o a la ansiedad por alcanzar el texto soñado, el dolor de revisar unas páginas escritas con entusiasmo y considerarlas del todo fallidas.
Aunque la autora
no elude nunca las consideraciones más oscuras, su intención es siempre
combativa, lo que se traduce en un esforzado optimismo. De esta manera se
dirige al posible suicida que la pudiera estar leyendo: “Escucha: si alguna vez
sientes que avanza el amok, si la lava se acerca con su aliento de fuego,
piensa que este que ahora eres no eres tú”. Claro que tal vez el suicida, por
esas palabras podría revolverse, podría
reprochar a esa buena voluntad la prolongación de un insoportable dolor. Pero
hay que intentarlo. También con los deudos: “Quiero decir que no creo que
debamos añadir un tormento de culpabilidades fantasmales a la pura y sagrada
pena de la desaparición del ser querido”.
“Siempre he
pensado que escribo, entre otras razones, para intentar perderle el miedo a la
muerte”. Pero, antes de ese final, viene la vejez: “Ahora bien, si no te
suicidas, y si tienes la suerte de fallecer joven, entonces te queda por
delante el horizonte de hondo decaer, de un envejecimiento más o menos
prolongado, más o menos cruel, ridículo y penoso”. Y Rosa, ya acorralada por tanta adversidad
como ofrece la existencia, exclama: “La vida tiene bemoles”.
Coincido con esta reflexión: “Con veinte años no podía entender cómo los viejos podían moverse tan tranquilamente, sabiendo que les quedaba tan poco de vida”. En lo que confiaba yo era en que la mente del anciano generase una protección, una inconsciencia basada en la imposibilidad de concebir enteramente el concepto de finitud en nosotros mismos. Parece que, de algún modo es así, y que, salvo una minoría de casos —recuerdo el de Susan Sontag que relataba su hijo—, el moribundo agradece al fin la falta de energía que en los últimos años había sentido como merma y que ahora acude en su salvación, invitándolo a deponer sus armas, renunciando al conflicto.
Rosa pone de ejemplo deseable a su padre, que
“falleció a los ochenta y cuatro años sin mostrar ningún miedo, con una lucidez
y una entereza sobrehumanas, la mejor muerte que he visto: No llores, hija mía,
que estoy muy feliz, todo está saliendo como yo quería”. También tiene palabras
para su madre, para esa otra vida cumplida: “Esa madre longeva, graciosa, independiente,
generosa y estoica que jamás se quejó y que pasó por el mundo como un brillante
cometa”.
Montero se declara atea: “Soy una completa y convencida incrédula”, pero intuye “que hay algo más allá de este pequeño y molesto yo que nos aprisiona”. Para intentar validar esa intuición se acerca a la neurobiología en busca de respuestas a las más osadas preguntas que uno puede hacerse sobre la vida, pero, de momento, solo hay un deseo basado en escuetas evidencias: “Escucha bien lo que te digo y ten esperanza: puede que en realidad el tránsito final sea así de sencillo, así de fácil; bastaría con lograr acompasar la muerte al ritmo colectivo. Quiero morir bailando, igual que escribo”.
Su conclusión es: “La vida es un sueño
diminuto, un espejismo de luz en una eternidad de oscuridades. Y eso es nada, y
es todo”. Y con ella cierra un libro redondo, intenso, sustancioso, próximo,
lleno de numerosos comentarios con los que nos podemos identificar o que pueden
abrir nuestra mente a interesantes e infinitos diálogos, a complementarias
aportaciones a la reflexión sobre el misterioso hecho de vivir.
Fuente:
ENTREVISTA
Rosa Montero:
"Mi último libro autoriza no ser cuerdos"
Cadena SER | 21 JULIO 2022
ENTREVISTA
ISABEL GARCÍA
CINTAS | 21 SEPTIEMBRE 2022
Fruto de cuatro
años de elaboración, este volumen complementa, y da cuerpo, a la temática de
dos de sus publicaciones anteriores: La loca de la casa y La ridícula idea de no volver a verte. Rosa lo describe así: “…la mayoría de mis libros son novelas,
originales o convencionales, pero novelas al fin; y tengo tres libros a los que
llamo artefactos literarios. Estos son muy difíciles de definir porque son en
parte ensayo, en parte autobiografía no convencional, sino biografía de otros
autores y en parte son ficción”.
(…)
Tu libro se
llama El peligro de estar cuerda. ¿Por qué estar cuerda es un peligro?
Bueno, como
sabes, es de un verso de Emily Dickinson. La pobre tuvo una vida muy difícil,
casi seguro sufrió abusos incestuosos de su padre y probablemente de su hermano
también. Eso sin duda contribuyó a alterar su equilibrio mental. Terminó no
saliendo de su habitación durante los últimos quince o veinte años de su vida.
En su niñez descubrió la poesía leyendo a una poeta victoriana, Elizabeth
Barrett Browning y el hecho de que Browning fuera una mujer la salvó, porque se
dio cuenta de que ella también podía escribir poesía.






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