lunes, 11 de abril de 2016

STEFAN ZWEIG













Vuelve el club Dante a reunirse en torno a un autor que ya tratamos a finales de 2014 (“La impaciencia del corazón”). Escritor y pacifista austriaco, Zweig nació el 28 de noviembre de 1881 en Viena, en el seno de una acomodada familia judía. A raíz del estallido de la I Guerra Mundial, Zweig se convirtió en un ardiente pacifista y se trasladó a Zürich, donde podía expresar libremente sus opiniones. También residió  durante un año en París. Después vive en Londres y viaja por España, Italia y Holanda. De vuelta conoce en Leipzig a Kippenberg, el director de la editorial Insel. Visita la India, Norteamérica y Panamá. En 1919 vuelve a Austria.

En su primera obra importante, el poema dramático Jeremías (1916), denunciaba apasionadamente lo que él consideraba  la locura suprema: la guerra.  

Entre las obras ensayísticas escritas en los años posteriores destacan: Tres maestros (1920) -estudios sobre Honoré de Balzac, Charles Dickens y Fedor Dostoievski-, y La curación por el espíritu (1931), donde da cuenta de las ideas de Franz Anton Mesmer, Sigmund Freud y Mary Baker Eddy.


Documental sobre la vida de Stefan Zweig (subtítulos en castellano)

El ascenso del nazismo y el antisemitismo en Alemania llevó a Zweig, que era judío, a huir a Gran Bretaña en 1934. Emigró a los Estados Unidos en 1940 y después a Brasil en 1941, donde se suicidaría un año después junto a su compañera, llevado por un sentimiento de soledad, pesimismo y fatiga espiritual.

Como escritor, Zweig se distinguió por su introspección psicológica. Los últimos escritos importantes de Zweig incluyen las biografías Erasmus de Rotterdam (1934) y María Estuardo (1935),  y su autobiografía El mundo de ayer (1941).



ALGUNAS DE SUS OBRAS MÁS RECONOCIDAS:

Teatro

Thersite, 1907
Les Guirlandes précoces, 1907
Jeremias, 1916
La casa al borde del mar, 1911

Poesía

Cuerdas de plata, 1901
Las primeras coronas, 1906

Ficción

Ardiente secreto
Caleidoscopio
La estrella bajo el bosque, 1903
Los prodigios de la vida, 1903
En la nieve, 1904
El amor de Erika Ewald, 1904
La Marcha, 1904
La Cruz
Leporella
Amok o el loco de Malasia, 1922
Los ojos del hermano eterno, 1922
La confusión de los sentimientos, 1926
Carta de una desconocida, 1927
Buchmendel, 1929
Veinticuatro horas de la vida de una mujer, 1929
La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón 1939
Novela de ajedrez, 1941

Biografías

Émile Verhaeren, 1910
Fouché, el genio tenebroso, 1929
La curación por el Espíritu, 1931
María Antonieta, 1932
María Estuardo, 1934
Erasmo de Rotterdam, 1934
Conquistador de los mares: la historia de Magallanes, 1938
Romain Rolland: el hombre y su obra, 1921
Paul Verlaine
Balzac: La novela de una vida, 1920
Castellio contra Calvino, Conciencia contra Violencia
Confusión: The Private Papers of Privy Councillor R. Von D
Momentos estelares de la humanidad (1927)
La lucha contra el demonio, Hölderlin, Kleist, Nietzsche
Montaigne, libro póstumo
Tres poetas de su vida: Casanova, Stendhal, Tolstoi

Autobiografía

El mundo de ayer, publicado tras su muerte

No ficción

Brasil: Un país de futuro
Momentos estelares de la humanidad

EL FOTÓGRAFO (miércoles 13, 20 h)






EL FOTÓGRAFO
 (LEFÈVRE, GUIBERT & LEMERCIER)

En muchas ocasiones no es fácil revisar obras que en su momento nos parecieron enormes, inmensas. El tiempo transcurrido supone (o debería suponer) una maduración en el lector y una evolución en el medio. Lo que antes vimos como una obra maestra puede no dialogar con nuestro yo actual igual que con nuestro yo pasado, y la estructura de la obra puede haberse desmoronado bajo el peso de nuevas creaciones que ponen de manifiesto todas las fallas de aquella. Y afortunadamente hay casos, como sucede con El fotógrafo, en que una gran obra crece con el tiempo y se asienta como un hito que destaca entre toda la producción que lo rodeó en su momento.

Ahora que Sins Entido reúne un solo tomo, impresionante, los tres álbumes independientes en los que se publicó entre 2003 y 2006 la obra de Didier Lefèvre, Emmanuel Guibert y Frédéric Lemercier (y que en España publicóGlénat), y me atrevo a decir que este integral era necesario porque que aporta un empaque físico que realza la unicidad de la obra, no solo en el sentido de que cuenta una única historia, sino en el sentido de que esa historia es única. El nuevo formato, que mantiene el tamaño original, acaba de completar la obra.

El fotógrafo es una historia autobiográfica, el relato del fotógrafo profesional Didier Lefèvre y su viaje de ida y vuelta entre Pakistán a Afaganistán acompañando a una delegación de Médicos Sin Fronteras. Como decía, todo este periplo es una aventura única, y su serialización en tres tomos solo se entiende en base a las imposiciones del mercado, máxime cuando el primer tomo termina abruptamente cuando aún nos encontramos a mitad del camino de ida. Independientemente, los tomos originales no cierran ningún frente. Como libro completo, todo cobra sentido.















Hace poco hablábamos por aquí del último libro de Guy Delisle, uno de sus libros de viajes, y por supuesto salía también a colación el nombre de Joe Sacco. Siendo también un ejercicio periodístico y un libro de viajes, El fotógrafo no tiene absolutamente nada que ver con ninguno de ellos, ni en su forma ni en su fondo. Lefèvre, en la primera página, cuenta cómo se despide de sus allegados en París y toma un avión hacia Pakistán. Sabemos que es fotógrafo y que realiza el viaje por motivos profesionales, pero en ningún momento trata de explicar o justificar su viaje. Lo único que le interesa es contarlo. Tampoco hace falta que nos explique cómo era su vida antes del viaje, ni cómo fue después. De la lectura del libro se desprende que, como no podía ser menos, acaba siendo un viaje iniciático que trastocará su vida. Un viaje iniciático atípico en el modelo de ficción habitual, ya que el protagonista no es el héroe sino el escriba que recoge con el objetivo de su cámara el heroísmo y la ruindad cotidianos, sin gloria ni infamia, que le rodean. Aunque a la fuerza ha de consignar sus propias vivencias, lo hace de un modo distante, como si se viera a si mismo desde fuera. O desde detrás de una lente. Y de hecho, las muy abundantes fotografías que jalonan la obra son tanto la prueba de la veracidad de lo narrado como un mecanismo de desdramatización que nos recuerdan que esto no es una aventura de cómic, con sus giros, su intriga y sus emociones, sino una aventura a pesar de todo.




Gran parte del mérito de esta narración anti efectista también corresponde a Guibert, que ha sido quien ha adaptado a los requerimientos del cómic la historia del fotógrafo, igual que en La guerra de Alan adaptaba la historia de un soldado. Si el fotógrafo ya está haciendo su comentario sobre el mundo cuando dispara su cámara, El fotógrafo hace su comentario sobre Afganistán y sus gentes poniéndolos ante nuestros ojos en viñetas y fotografías, sin juzgarlos pero sin maquillarlos.

Como digo, Lefèvre y Guibert (y Lemercier, encargado del color y la maquetación) despliegan ante nosotros la verdad, una verdad en tiempo presente. Durante el viaje, Lefèvre padeció una hinchazón en las encías, pero se guarda de decir (lo sabemos por los textos del fundamental epílogo, donde se comenta la suerte de algunos de los protagonistas de la aventura) que acabó perdiendo 14 dientes. O que volvió a viajar otras 7 veces a Afganistán. O que de las 4.000 fotos realizadas durante este viaje solo se publicaron 6. Lefèvre murió en 2007, con tan solo 50 años, debido a una crisis cardíaca.











Hacia el final de su viaje iniciático, como no podía ser menos, Lefèvre llega a estar al borde de la muerte. La secuencia en la que se describe el hecho resume en 10 páginas el tono de toda la obra. Solo, de noche, en medio de la montaña y una intensa nevada, sin agua, el protagonista sufre un ataque de pánico y después se acurruca en unas mantas y se prepara para morir. Saca su cámara y dispara. “Que sepan dónde he muerto”. Saca su libreta y escribe unas últimas palabras dedicadas a su madre y a su novia, unas líneas tan asépticas que dan escalofríos. Durante toda la secuencia, las viñetas muestran sobre un fondo gris la silueta en negro del protagonista y su caballo. No hay primeros planos del rostro compungido de Lefèvre, no hay espectaculares dibujos que nos muestren su pequeñez frente al entorno natural. Solo siluetas acompañadas de textos descriptivos. Los autores tratan de minimizar la codificación de la realidad, y en este momento de auténtica intensidad, el que sería el momento cumbre en cualquier cómic de aventura, finalmente se despojan del dibujo y dedican cuatro páginas completas únicamente a fotografías, las fotografías que el fotógrafo toma desde lo que piensa que será su lecho de muerte. 









En la primera página de estas páginas hay dos fotografías de la silueta del caballo. En la segunda, una fotografía a página completa del mismo caballo. Y la tercera y la cuarta página, enfrentadas, están cubiertas por una única foto de un grisáceo paisaje montañoso, concluyendo el crescendo fotográfico con una imagen anodina. Porque así es la auténtica aventura, la que nos toca y nos cambia. Intensa en nuestro interior, pero casi siempre intrascendente para todo aquello y todos aquellos que nos rodean, invisible al ojo de la cámara.


Por supuesto, las presencia de muchas fotografías insertas en la obra, con forma y tamaño de viñetas normales, son una de las características que definen El fotógrafo. Acabar de entender cómo funciona dentro del cómic un código visual tan antagónico al dibujo como es la fotografía, es algo que se me escapa. No tengo la preparación necesaria para tratar este aspecto de forma analítica, pero lo que sí me parece claro es que El fotógrafo no está concebido como un experimento formal y no pretende abrir el cómic a la utilización de la fotografía. Y prueba de ello es el hecho de que, efectivamente, casi nueve años después de la publicación del primer tomo de El fotógrafo, aún no ha aparecido otro cómic relevante reutilizando este recurso. Porque la fotografía en El fotógrafo es parte indisoluble e ineludible de esta obra, una obra en la que el protagonista constantemente filtra la realidad a través de su cámara. Las fotografías están ahí porque eso y no otra cosa es lo que Lefèvre veía cuando miraba a su alrededor. Rayco Pulido usaba la fotografía en Sin título como un juego de espejos entre realidad y ficción. Cuando Art Spiegelman introduce algunas fotografías en Maus, está refrendando una realidad que él no conoció, y lo hace al final de la obra para no romper la ilusión construida a través de la iconicidad del dibujo. Lefèvre y Guibert pretenden casi lo contrario, da la sensación de que la historia comprendida en el libro, real, vivida en primera persona, es la que cuentan las fotografías, y que el dibujo, sintético y de base fotográfica, es el artificio necesario para darles continuidad narrativa.

No he hablado de aquello de el protagonista encuentra en su viaje. Del pueblo afgano, de su forma de vida, de la guerra afgano-soviética, de la labor humanitaria de Médicos Sin Fronteras, del compromiso y la entrega, del dolor, la mutilación y la muerte violenta aleatoria. Todo eso y más cabe en El fotógrafo, en sus dibujos y sus fotografías, y es lo que en última instancia da forma al viaje de Lefèvre y lo convierte en una experiencia vital de enorme valor humano que trasciende su propia persona.
Por todo esto, por mucho que yo cambie como lector y por mucho que nuevas obras se adentren en senderos inexplorados, no encontraré, no habrá otra historia como El fotógrafo. Por eso El fotógrafo es una obra maestra irrepetible.

El tío Berni
http://www.entrecomics.com/?p=71532



sábado, 12 de marzo de 2016

HACIA LA SOBRIEDAD FELIZ (miércoles 16, 20 h.)

Autor de varios libros, Pierre Rabhi desarrolla en Hacia la sobriedad feliz -traducido por la murciana Marisa Morata- sus ideas sobre la necesidad de un regreso a la sencillez en todos los ámbitos que permita volver a situar al hombre y a la naturaleza en el centro de los intereses humanos.

El libro propone en primer lugar una reflexión sobre lo que han supuesto la modernidad y el progreso. Más allá del discurso convencional de que el progreso ha liberado a la especie humana, Pierre Rabhi postula que la tecnología y el modo de vida que se ha fabricado en torno a esta han logrado, por el contrario, apartar al hombre de su verdadera naturaleza y hacerle infeliz.

Desde luego, la modernidad tuvo la ocasión de ser un hito positivo en la historia de la humanidad; pero lamentablemente desde la Revolución Industrial se puso al servicio del lucro, de las finanzas y de la avidez.

De este modo, el hombre entró en lo que el autor denomina “la era del trabajo como razón de ser”. El ser humano fue arrancado de los ritmos y ciclos que marca la naturaleza y que, como ser natural, son los suyos; mientras era obligado a afanarse en el ritmo vertiginoso que el productivismo capitalista impone para beneficio de una minoría. Le fueron robadas así su identidad, su persona, reduciéndolo a una moderna condición de esclavitud en la que el ser humano solo debe realizarse mediante el trabajo y el consumo.

Aunque Hacia la sobriedad feliz no obvia —y de hecho señala—, los daños que el capitalismo causa a la naturaleza, destruyendo aquello que, no lo olvidemos, es patrimonio de todas, la obra se centra especialmente en la falta de espiritualidad que caracteriza a lo sociedad moderna. El ser humano, nos recuerda Rabhi, necesita de la espiritualidad, pero el sistema ha pretendido sustituirla por la religión del dios arbitrario de las finanzas, al que todo debe ser sacrificado.



Las ideas que recoge este libro, profundamente reflexivo, hablan de la recuperación de la escala humana que la modernidad ha arrasado; recuperar el arte de vivir frente a la economía, a la que Rabhi considera una ciencia cuya complejidad permite justificar el considerable espacio que se le otorga a lo superfluo.

Hay espacio también en el libro para valorar la presente crisis económica y los efectos de esta sobre la sociedad. Para Rabhi, y no es el primero en verlo, el sistema no se puede reparar por lo que resulta indispensable un cambio de paradigma. El nuevo modelo se asentaría sobre la sobriedad feliz:

Frente al «cada vez más» indefinido que arruina el planeta en beneficio de una minoría, la sobriedad es una elección consciente inspirada por la razón. Es un arte y una ética de vida, fuente de satisfacción y de bienestar profundo. Representa un posicionamiento político y un acto de resistencia en favor de la tierra, del reparto y de la igualdad.


      Pierre Rabhi y el Lama Denys
        (entrevista con subtítulos en castellano)


Sobre la posibilidad —e incluso la necesidad humana— de alcanzar esa satisfacción y ese bienestar profundo versa Hacia la sobriedad feliz. Pierre Rabhi basa sus reflexiones tanto en su propia experiencia vital como en las comprobaciones que su carrera profesional le han permitido hacer. 

Y el resultado es un texto lúcido que nos invita a elegir el camino de la sobriedad voluntaria y nos recuerda que «no hay que minimizar en ningún caso la importancia y el poder de las pequeñas resoluciones que, lejos de ser anodinas, contribuyen a constituir el mundo al que cada vez más personas aspiramos.» Así es como Pierre Rabhi lo ve.

Fuente: www.solodelibros.es 

PIERRE RABHI











Las mejores cualidades de la naturaleza, como la flor de los frutales, solo pueden preservarse con el trato  más delicado. Sin embargo, no nos tratamos a nosotros mismos ni a los demás con esa ternura (...) La incesante ansiedad y esfuerzo de algunos es una forma casi incurable de enfermedad. Exageramos la importancia del trabajo que hacemos y, sin embargo, ¡cuántas cosas dejamos por hacer!

Walden. Henry David Thoreau


Pierre Rabhi (Kenadsa, Argelia, 1938). Campesino, escritor y pensador francés de origen argelino, Rabhi es uno de los pioneros de la agricultura ecológica en Francia. Él defiende una sociedad más respetuosa con el hombre y la tierra, y aboga por que el desarrollo de las prácticas agrícolas sean accesibles para todos, especialmente para los más pobres.

Desde 1981 transmite su experiencia en África, Francia y Europa, buscando restaurar la autosuficiencia alimentaria de las personas. Reconocido experto internacional en seguridad de los alimentos, ha participado en numerosos proyectos y en la redacción de la Convención de las Naciones Unidas sobre la lucha contra la desertificación.

Pierre Rabhi clama por la  "insurrección de las conciencias" para unir a la humanidad y dejar de hacer de nuestro planeta un infierno de sufrimiento y destrucción. Ante el fracaso de la condición general de la humanidad y los continuos daños a la naturaleza, Rabhi nos invita a escapar del mito del crecimiento ilimitado y a tomar conciencia de la importancia vital de nuestra madre tierra para marcar el comienzo de una nueva ética que nos conduzca a una "sobriedad feliz".


Rabhi ha colaborado en el origen de numerosas estructuras nacidas de su propia iniciativa -Terre et Humanisme -libre de toda referencia ideológica, confesional, de toda autoridad espiritual o laica; y que concentra sus acciones humanistas en la práctica de alternativas que concilian la seguridad y la salubridad alimentarias y salvaguarda la autonomía y la supervivencia de las poblaciones-, el Movimiento Oasis, el centro agroecológico  Amanins,  y más recientemente Mouvement Colibris. Ha impartido conferencias en numerosos lugares, y ha publicado más de veinte libros, entre otros: "Hacia la sobriedad feliz", "Pierre Rabhi, sembrador de esperanza - Entrevista con Olivier Le Naire", "Agroecología, una ética de la vida ", y "El poder de la moderación".







domingo, 14 de febrero de 2016

VAGABUNDO EN ÁFRICA (miércoles 17, 20h)

















De los libros que componen tu trilogía africana, ¿cuál es tu preferido y qué ruta disfrutaste más?

Sin duda el primero, “El sueño de África”, aunque tenga mayor calidad literaria, en mi opinión, el segundo, “Vagabundo en África”. En el “Sueño…” puse los pies en todo mi mundo imaginario infantil.














Escrito en primera persona, además de narrar la experiencia del viaje del propio Reverte, en "Vagabundo en África" se profundiza en la historia de los territorios por donde viaja el autor.

Javier Reverte es capaz de contar la historia de Sudáfrica o de cualquier otro país de una forma amena y completa. Por ejemplo, al entrar a un bar de una pequeña ciudad del interior de Sudáfrica se refleja la situación en la que unos ingleses blancos beben ruidosamente separados del resto de personas de raza negra, a partir de ese ejemplo se profundiza en el conflicto racial del país y en sus orígenes. Remontándose a los bóers, aquellos colonos holandeses llegados en el siglo XVII que lucharon contra los nativos (zulúes, ndebeles, etc.) y que posteriormente también lo hicieron contra las ansias expansionistas del Imperio Británico. Aunque perdieron la guerra, impusieron sus propuestas segregacionistas que condujeron al apartheid.















Javier visita, además de Sudáfrica, Zimbabue, Tanzania, Ruanda y la República Democrática del Congo. El objetivo final es conseguir navegar el río Congo, algo a lo que está totalmente decidido, seguramente debido a los libros que ha leído con anterioridad. Tal es la fuerza de los sueños que está a punto de costarle la vida la citada navegación, y aun así se plantea continuar río arriba. Esto se ilustra a las mil maravillas con el refrán suajili que el mismo cita: “Donde hay un deseo, hay siempre un camino“.

He citado esta frase, aunque ya la cité hace un par de semanas cuando la descubrí en el libro, porque quiero recopilar en esta entrada las frases que más me han marcado de este libro, y no son pocas. Por supuesto que el libro habla muy a las claras de cómo el colonialismo europeo se impuso en el continente y cómo después (y aún hoy) siguió el pueblo oprimido por diferentes causas, estando hoy claramente amenazado por el incremento de las enfermedades, la superpoblación de las ciudades, etc.


“Lo mejor de los viajes es ver paisajes que te hipnotizan y encontrar hombres que te sorprenden. Siempre hay paisajes insospechados que añorarás mientras vivas y siempre hay tipos de una pieza con los que te tropiezas en el camino, a los que no volverás a ver jamás y echarás de menos toda tu existencia”. Javier Reverte.

“Lo mejor de viajar es que uno se hace solidario de los otros. Porque cuando viajas, la gente te ayuda, y aprendes que debes ayudar a los extranjeros que vienen a tu país. Los que no viajan tienen la cabeza cerrada y el corazón seco. Pueden ser más ricos, pero son más egoístas y menos inteligentes. Ricos, sí; pero tontos”. Yombe.

“Viajar prolonga tu vida, la llena de rostros y paisajes, de cantos de otras voces y de horizontes que ignorabas”. Javier Reverte.

“Viajar es descubrir que todo el mundo se equivoca. Cuando uno viaja, tus convicciones caen con tanta facilidad como las gafas; sólo que es más difícil volver a ponerlas en su sitio”. Aldous Huxley.

Y una frase sacada también del libro y que pone de manifiesto la clase de gobernantes que ha habido en muchos países de África, en la mayoría de los casos amparados por (y al servicio de) las grandes potencias económicas (Francia, EE.UU., Reino Unido, etc.):

“Sé que las cosas van mal para todos vosotros. Por eso, creo que convendría añadir un artículo nuevo en la Constitución, el artículo quince: arregláoslas como podáis“. Mobutu, Presidente del Zaire, dirigiéndose a su pueblo en un discurso en Kisangani.






(Fragmentos extraídos de https://losmeandros.wordpress.com)




JAVIER REVERTE




Javier Reverte es madrileño y estudió Filosofía y Periodismo. Ejerció como periodista durante casi 30 años, trabajando como corresponsal de prensa en Londres, París y Lisboa, y como enviado especial en numerosos países de todo el mundo. También ha ejercido como articulista, cronista político, entrevistador, editorialista, redactor jefe de mesa, reportero del programa “En Portada” de RTVE y subdirector del desaparecido diario “Pueblo”.






























En su faceta de escritor, es autor de varios libros de viajes que han tenido una gran acogida entre los lectores españoles. Algunos de sus títulos son “Trilogía de África” (“El sueño de África”, “Vagabundo en África” y “Los caminos perdidos de África”), “Corazón de Ulíses”, “Billete de Ida” (antología de sus reportajes viajeros), “El río de la desolación” (un viaje por el Amazonas) , “La aventura de viajar” (memorias de diversos viajes a lo largo de su vida), “El río de la luz” (un viaje por Alaska y Canadá) y el recientemente aparecido “Un verano chino”.


Entre sus novelas destacan “Todos los sueños del mundo”, “La noche detenida”, “El médico de Ifni”, “Venga a nosotros tu reino” y “Barrio Cero”. 

Es autor de una biografía –“Dios, el Diablo y la Aventura”- sobre el sacerdote madrileño Pedro Páez, el primer europeo que alcanzó a ver las fuentes del Nilo Azul, en Etiopía.



          Escritores viajeros en el siglo XXI


Además de prosa, ha cultivado la poesía. Su libro “Trazas de polizón”, publicado en el 2005, reúne tres poemarios. 

En 2011 publicó el libro “Poemas Africanos”.


LAS FALDAS DE MI TIENDA

He de añorar, hasta la hora de mi muerte,
una manta en el suelo,
en soledad, bajo la falda de mi tienda,
soñando una mujer que, tendida a mi lado,
pinte una risa alegre entre sus labios
y admire, como las madres justas y burlonas,
la torpeza infantil de mis hazañas.
Y que luego me abrace y me divierta
como saben hacerlo las hembras descaradas.

Más allá de mi tienda, quiero sentir el pulso
de la montaña vieja que guarda mis espaldas
y notar en mi vientre el viento silbador
que levanta las faldas de mi tienda.

Y escuchar el quejido del búho
y la tos del chacal
los pasos tenebrosos de la noche
donde no somos nada o quizás somos todo.

Pues la noche es angustias,
recuerdo de tus muertos, dolor de tus fracasos.
Pero es ansia también de orgullos necesarios,
la altivez de tu casta y el trono del valor.

Anhelo ese instante íntimo del miedo,
en soledad,
cuando busco coraje donde sólo hay abismo,
donde me crezco hombre
mientras aúlla el viento bajo el cielo de piedra
y levanta las faldas de mi tienda.
Noches al fin y al cabo,
noches que nos dominan, las noches victoriosas,
noches que se detienen desde el final del tiempo,
noches que nunca engañan,
noches en duermevela en las que a nadie debes
y nadie, al mismo tiempo, a ti te deba nada.

Y gime el ”haboob”, lúbrico:
trae lamentos lascivos,
susurros sin palabras
que levantan las faldas pudorosas de mi tienda
y me dejan desnudo bajo la noche brava.

(Wadi Halfa, Sudán, 2000)