martes, 13 de septiembre de 2022

"Nueve cuentos malvados" | Maergaret Atwood | miércoles 14 septiembre | 20 h

 


Cuando eres una persona mayor puedes elegir. Puedes ser una vieja bruja malvada o una anciana sabia. A mí me gusta alternar.

Margaret Atwood

Los Nueve cuentos malvados de Margaret Atwood hacen honor al adjetivo que los califica más que al número en clave Salinger. En efecto, son relatos donde la maldad, asociada a la belleza y también a la decadencia del cuerpo, protagoniza una serie de historias que reúne a varias generaciones de artistas y bohemios. Y Atwood narra desde la perspectiva de la gente mayor que lucha por la vida entre el recuerdo y un presente ominoso.

Nueve, al parecer, es la cantidad justa para un libro de cuentos. Desde el inigualable Nueve cuentos de J. D. Salinger, la fórmula vuelve en autores y autoras de distintas geografías del mundo. En su último libro en español, la escritora canadiense Margaret Atwood repite el modelo, como si fuese un homenaje paródico al guardián que murió oculto entre el centeno. Sin embargo, como sabemos, Atwood no es una escritora más. No necesita utilizar estructuras canonizadas para brillar con el reflejo del éxito ajeno. El contenido de Nueve cuentos malvados, publicado originalmente en el 2014 con el nombre Colchón de piedra, no se arrima al universo salingeriano. 

Por el contrario, lleva nueve dosis puras de lo mejor de Margaret Atwood, donde se mezclan géneros, preguntas contemporáneas y una prosa corrosiva que deja al lector con una sonrisa idiota, como si estuviera viendo en la calle a una vieja dándole bastonazos a un policía.

Antes de ser la eterna candidata al Premio Nobel y la autora detrás de la serie Handmaid’s Tale, Margaret Atwood fue poeta. A los veintipocos años escribía versos sobre la historia canadiense del siglo 19, alternados con poemas sobre el amor, la familia y el paso del tiempo. En el tríptico de cuentos que abre Nueve cuentos malvados, Atwood recupera ese ambiente de juventud, que trajinó junto a poetas y bohemios de diferentes linajes. En su gran mayoría son hombres que bebían de prestado, sobreactuaban existencialismo y explotaban sentimentalmente a mujeres que se ocupaban de pagar las cuentas y de cuidar su deseo, el de ellos, claro. Como dice Constanza, una de las protagonistas de la saga: “Las chicas de entonces hacían esas cosas: se desvivían por salvaguardar la genial concepción que tuviera de sí mismo el chico de turno”.

En el tríptico de la Cafetería Riverboat, como llama Atwood al sitio donde se amontonaban poetas en Toronto en los sesenta, los personajes, que saltan de un cuento al otro, miran el pasado desde un presente con arrugas, próstatas hinchadas y alucinaciones generadas por el ácido lisérgico de la vejez. Al igual que en su libro de ensayos Under the thumb, Atwood se ríe de la solemnidad de los poetas de su época, capaces de burlarse de su novia porque escribía fantasy –como ocurre en el maravilloso “Alphilandia”–, pero ineptos para hacer un té sin azúcar o para lidiar con su ego sin lastimar a la persona que dicen amar en sus textos.  

La mirada de Atwood sobre el pasado, mejor dicho, la mirada de sus personajes, no es nostálgica. No lo cristalizan en formas ideales ni lo dejan guardado en un cajón, como un álbum de fotos para repasar en los aniversarios. En los cuentos, hermosamente malvados, el pasado es reelaborado desde el presente; el recuerdo moviliza a los personajes, los pone en acción. Sucede en “La Dama Oscura”, donde el funeral de un antiguo amor deviene en la liberación de un rencor avinagrado entres mujeres que compartían amante. O, con mayor intensidad, en “Colchón de piedra”: el encuentro casual en un crucero de jubilados entre Verna y Bob –“el Partidazo, el Bob de los barrios altos”, que camino al baile de graduación violó a la joven Verna, y abandonó en un descampado–, se convierte en un acto de justicia poética que reconcilia al lector con su dimensión más mórbida. 

Lo único que los personajes de Atwood añoran del pasado son los cuerpos sanos, que no deben depender de pastillas para respirar ni de enfermeros que los acunen para ir a dormir. “Creías que con la edad serías capaz de trascender el cuerpo. Pero eso sólo se consigue a través del éxtasis, y el éxtasis se alcanza a través del cuerpo precisamente. Sin el esqueleto y la nervadura de las alas, no hay vuelo”, se dice Wilma, la protagonista de “A la hoguera con los carcamales”, quizás el mejor cuento de un libro de cuentos muy buenos. Wilma, que padece el síndrome de Charles Bonner que le hace ver enanitos imaginarios, debe escapar junto a Tobías, su romance de geriátrico, de una grupo de jóvenes con caretas de bebés que asedian a viejos y viejas hasta la muerte, como si fuese una adaptación libre del clásico Diario de la guerra del cerdo. 

Otra de las virtudes de Nueve cuentos malvados es la versatilidad de géneros que trabaja Atwood en un mismo volumen. Pasa del thriller duro y puro en el ingenioso “El novio liofilizado”, al gótico en “Lusus naturae” o al realismo intelectual –por llamarlo de algún modo– en “La mano muerta te ama”, donde un contrato firmado por necesidad y urgencia en los años universitarios, condena a un escritor de best sellers a actualizar mes a mes las presencias de sus antiguos compañeros de cuartos. 

Nueve cuentos malvados es un libro ecléctico, compuesto por ficciones escritas en diferentes contextos, a pedido de revistas y antologías, que son enhebradas por la prosa pícara, elegante y reflexiva de Atwood.

Durante el principio del siglo veinte, la maldad como elemento estético estuvo vinculada al Expresionismo, que ponía el foco en la percepción de la catástrofe moderna que estaba a la vuelta de la esquina. A lo largo de su obra, Atwood toma dimensiones del expresionismo y de la ficción especulativa para decirnos que la maldad llegó hace rato, que ya no es necesario anunciarla, que en el nuevo siglo está aquí, entre nosotros. “La belleza tiene su lado oscuro”, dice en la primera página del libro, “igual que las mariposas venenosas”.

En sus Nueve cuentos malvados los personajes encuentran el veneno en la persona que aman, en la mano amiga, en el perro que les mueve la cola, como sucede en el cuento “Sueño con Zenia, la de los colmillos rojo brillantes”. Y, sobre todo, sienten recorrer el veneno en sus propios cuerpos, gastados, vencidos, pero que aún tienen la fuerza necesaria para hacer una última maldad. O, al menos, para imaginarla.

Damián Huergo

https://www.pagina12.com.ar/205846-nueve-cuentos-malvados





La escritora canadiense Margaret Eleanor Atwood nació el 18 de noviembre de 1939, en Ottawa, Ontario. Es bien conocida por su prosa de ficción y por su perspectiva feminista.

Cuando era adolescente, Atwood dividía su tiempo entre Toronto, la residencia principal de su familia, y la región escasamente poblada del norte de Canadá, donde su padre, un entomólogo, realizaba investigaciones. Comenzó a escribir a los cinco años y reanudó sus esfuerzos, más en serio, una década después. Después de completar sus estudios universitarios en el Victoria College de la Universidad de Toronto, obtuvo una maestría en literatura inglesa del Radcliffe College, en Cambridge, Massachusetts, en 1962.


En sus primeras colecciones de poesía, Double Persephone (1961), The Circle Game (1964, revisado en 1966) y The Animals in That Country (1968), Atwood reflexiona sobre el comportamiento humano, celebra el mundo natural y condena el materialismo. La inversión de roles y los nuevos comienzos son temas recurrentes en sus novelas, todos ellos centrados en mujeres que buscan su relación con el mundo y las personas que les rodean.


The Handmaid's Tale, publicada en 1985 (El cuento de la criada,  adaptada al cine en 1990) se construye en torno al registro escrito de una mujer que vive en esclavitud sexual en una teocracia cristiana represiva del futuro, que ha tomado el poder a raíz de una crisis ecológica; una serie de televisión basada en la novela se estrenó en 2017 y fue escrita por Atwood.
La novela Los testamentos -continuación de El cuento de la criada- fue publicada en 2019.

Ganadora del premio Booker, El asesino ciego (2000) es una narración intrincadamente construida centrada en las memorias de una anciana canadiense que aparentemente escribe para disipar la confusión sobre el suicidio de su hermana, y su propio papel en la publicación póstuma de una novela supuestamente escrita por su hermana.

Otras novelas de Atwood incluyen la surrealista La mujer comestible (1969); Resurgir (1972, película 1981), una exploración de la relación entre la naturaleza y la cultura que se centra en el regreso de una mujer a su hogar de la infancia, en el desierto del norte de Quebec; Doña Oráculo (1976); Ojo de gato (1988); La novia ladrona (1993, película de televisión 2007); y Alias Grace (1996), un relato ficticio de una niña canadiense de la vida real, que fue condenada por dos asesinatos en un juicio sensacionalista de 1843; una miniserie de TV basada en este último trabajo se emitió en 2017, escrita por Atwood y Sarah Polley.

La novela de Atwood de 2005, Penélope y las doce criadas, se inspiró en la Odisea de Homero.

En Oryx y Crake (2003), Atwood describió un apocalipsis inducido por plagas en un futuro cercano, a través de las observaciones y recuerdos de un protagonista que posiblemente sea el único sobreviviente del evento. 

Los personajes menores de ese libro vuelven a contar la historia distópica desde sus perspectivas en El año del diluvio (2009).

Maddaddam (2013), que continúa recurriendo a los hilos bíblicos, escatológicos y anticorporativos que atraviesan las novelas anteriores, lleva la trilogía satírica a un desenlace.

La novela Por último, el corazón (2015), originalmente publicada como un e-book serial (2012-13), imagina una América distópica en la que una pareja se ve obligada a unirse a una comunidad que funciona como una prisión. La semilla de la bruja (2016), una narración de La Tempestad de William Shakespeare, fue escrita para la serie Hogarth de Shakespeare.

Atwood también escribió cuentos cortos, recopilados en volúmenes tales como Dancing Girls (1977), Bluebeard's Egg (1983), Wilderness Tips (1991), Moral Disorder (2006) y Stone Mattress (2014). Su no ficción incluye Negociando con los muertos: Un escritor en la escritura (2002), que surgió de una serie de conferencias que dio en la Universidad de Cambridge; Payback (2008; película 2012), un ensayo apasionado que trata la deuda, tanto personal como gubernamental, como un problema cultural más que político o económico; y In Other Worlds: SF and the Human Imagination (2011), en el que ilustra su relación con la ciencia ficción. 

Atwood escribió el libreto para la ópera Pauline, sobre la poeta india canadiense Pauline Johnson; se estrenó en el York Theatre en Vancouver en 2014.

Además de escribir, Atwood enseñó literatura inglesa en varias universidades canadienses y estadounidenses. Ganó el Premio PEN Pinter en 2016 por su espíritu de activismo político que enhebra su vida y obra.



jueves, 9 de junio de 2022

"Kafka en la orilla" | Haruki Murakami | miércoles 15 de junio | 20 h

 


Que un tipo hable con gatos o lluevan peces del cielo no sorprende ya al lector de narra­ti­va contemporánea, de vuelta de casi todo y camino de casi nada, si acaso de la tierra prometida de la hipermodernidad de Lipovetsky, en la que comienza a habitar una ficción irremediablemente urdida con clichés, apagado ya el fragor de la guerra contra el cliché, y saciada de sus urgencias de originalidad y de éxito con un ilimitado eclecticismo en el que se imbrican distintas tradiciones. 

Juegan también a la ficción literaria todas las manifestaciones de la cultura contemporánea, sin distinción de nivel intelectual ni de procedencia geográfica: lo popular y lo culto junto a lo icónico y lo literario, lo real conviviendo con lo onírico, y códigos, estructuras genéricas, mitos y formulas heterogéneos emplazados en las páginas de esta novela de complacida promiscuidad. 

De este tipo de ficción es Haruki Murakami uno de sus más enaltecidos mandarines desde la publicación de Tokio Blues (o Norwegian Wood, 1987), una historia de sexo, amor y muerte con consciencias perturbadas al fondo que se convirtió en un éxito internacional sin precedentes, pese a que algunos ya trataron de proscribirlo acusándolo de frívolo impostor. Y no es preciso ser su detractor para asumir que Murakami es un maestro de la impostura, que alcanza a dominar hasta el límite de darle la apariencia de la naturalidad.
 
Kafka en la orilla (2002), escrita originalmente en japonés, significa la consolidación de Murakami y de su estilo, hipnótico, simbólico e histriónico a un tiempo, urdido a base de ecos y de reescrituras y manipulaciones transtextuales de modelos de ficción y de textos consolidados en el imaginario del lector modelo (¿no es acaso una versión del episodio de la magdalena mojada en el té de Proust el fragmento 

«(...) vuelvo a la mesa, me siento en una silla. En la taza aún queda un poco de infusión. No toco la taza, la dejo como está. Esta taza pronto será una metáfora de los recuerdos que se irán perdiendo», (p. 554). 

Kafka Tamura es un personaje creado a imagen y semejanza de aquel Antoine Doinel de Los cuatrocientos golpes de su admirado Truffaut, cumple quince años y se va de casa emprendiendo un viaje iniciático atrapado en el símbolo del bosque que nace de El sueño de Polifilo y la tradición hermética:

«Quiero comprobar hasta dónde soy capaz de penetrar en la profundidad del bosque. Sé que entraña peligro. Algo me impele a avanzar» (p. 458). 

Es también semejante en el tono del relato autobiográfico al de Holden Caulfield –Murakami tradujo al japonés El guardián entre el centeno de Salinger–, y su poderosa primera persona arrastra al lector a un viaje por su consciencia, metamorfoseada en un joven llamado Cuervo (lo que en checo significa Kafka), que adquiere forma de relato onírico en algunas ocasiones, y de fantasía, introspección, parodia de los libros de autoayuda o pastiche del estilo new age y su exploración espiritual en otras:

«Aquella noche me acuesto en la oscuridad y, conteniendo la respiración y con los ojos bien abiertos, espero a que surja alguna figura de entre las tinieblas. Ruego para que aparezca alguien. No sé si mis súplicas surtirán efecto. Pero concentro todos mis sentimientos con la esperanza de que eso ocurra» (p. 459).

El relato de la huida de Tamura, primera línea argumental de la novela, sigue el cauce del mito de Edipo tan al pie de la letra como sigue las picarescas mistificaciones del héroe de Salinger: huye de un padre famoso para abandonarse en brazos de la mujer madura, esto es, para convertirse en amante de una enigmática y vieja bibliotecaria llamada Saeki, tras la que se nos invita a ver a su propia madre, de suerte que la alargada sombra de la tragedia clásica compuesta por Sófocles se cierne sobre el protagonista, que habrá de sufrir el aciago sino como un nuevo Edipo rey. 

La ­llegada a la biblioteca Kômura de Ta­kamatsu, de reminiscencias borgesianas (la biblioteca de Babel entendida como metáfora de la sabiduría, esto es, del final del aprendizaje), la identidad extraviada del enigmático bibliotecario, el travesti Oshima, las apariciones fantasmales, el sexo obsesivo con Saeki, el poder perturbador de sus imágenes y la atmósfera psicótica y onírica a un tiempo de muchas de las páginas de esta primera línea argumental remiten sin asomo de duda al cine de David Lynch, y Blue Velvet y Mulholland Drive vienen entonces a la memoria.

En cambio, los episodios que conciernen a Store Nakata, el protagonista de la segunda trama de la novela –que se alterna con la primera, con la que mantiene una relación de ósmosis, por decirlo de algún modo, de concomitancias sin interferencias–, remiten por igual, a la hora de explicar la experiencia que el anciano Nakata tuvo de niño, con otros chicos, en lo alto de una montaña, hipnotizados de forma sobrenatural, a la ciencia-ficción, al ocultismo contaminado de hipótesis alienígenas y a un empleo sui géneris de los métodos del nuevo periodismo y de la novela de no ficción. Murakami inventa unos informes del ejército norteamericano –y en este punto el satírico y paranoico universo ficcional de Kurt Vonnegut se asoma por un momento a la narración– para especular acerca de los motivos que pudieron producir la insólita experiencia de Nakata, a raíz de la cual quedó amnésico y capacitado por un tiempo, sin embargo, para hablar con los gatos y lograr que del cielo lluevan peces, dos incursiones en el más canónico realismo mágico. 



Esta segunda línea trae también consigo una sátira de nuestra sociedad de consumo y una denodada complacencia en el gore de la mano de un personaje publicitario, Johnnie Walken (¡Walker!), Señor del Whisky, al que se le ha insuflado vida para que camine por la novela quitándosela a los gatos, abriéndolos en canal y comiéndose sus corazones en un ritual de sangre, secuencias y ritmo que le debe mucho al cómic y al manga, presente en otros episodios de la novela, como el del apaleamiento entre moteros camorristas en un área de servicio, al final del capítulo 20. 

Nakata, incapaz de asumir tanto horror, asesina a Johnnie de varias puñaladas, y el lector, recordando a Sófocles y la profecía, entiende que la-etiqueta-del-whisky-convertida-en-hombre es el padre de Kafka Tamura, y que, como casi siempre en Murakami, la metáfora ha anegado de nuevo el texto. 



Cobra vida también «el viejo de los carteles del Kentucky Fried Chicken», el Coronel Sanders (exacerbado todo, ahora vemos cómo ha crecido el enano de la publicidad que el pop legitimó en el arte de los sesenta), y convive con personajes históricos y con héroes inventados, porque en la ficción de Murakami sólo cabe suspender indefinidamente la incredulidad y dejarse llevar por las tribulaciones emocionales y los designios de la imaginación de unos personajes condenados a la huida hacia delante –la guitarrista Reiki de Tokio Blues se refugia en un sanatorio y Kafka Tamura en una biblioteca, ambos navegantes a la deriva de sus propias vidas–, o enjaulados por el pasado que dirige su destino y por el miedo a la madurez.

Escribiendo párrafos de metafísica pseudotrascendente (al autor de Kioto le fascina la creación de un lenguaje que suscite sensaciones, dejándose llevar en ocasiones por la grandilocuencia) junto a frases que describen un pitillo de Marlboro encendiéndose, que anota versos de Macbeth y habla de Jung y el Genji clásico y a la vez nos hace oír el motor de un Volkswagen Golf, escuchar las sonatas de Schubert después de oír a Prince y ver la hora en un Rolex, Murakami abraza el eclecticismo porque se salta a la torera los cánones. 

Profana y desordena a su antojo la tradición y, no sintiéndose atado a una historia, sino liberado por su imaginación, construye de forma libérrima, al modo de una escritura automática no llevada al límite: «Lo único que hago es perseguir las imágenes que acuden a mi mente y, siguiendo ese flujo, voy escribiendo» (El País, 26 de febrero de 2007). Atiende así a cuantos ejercicios de estilo, caprichos narrativos, audaces imaginerías místicas o escatológicas y referencias culturales le asaltan durante el proceso de redacción, como sucede con las fluctuaciones de persona gramatical al final del diálogo entre Tamura y Saeki del capítulo 33, que concluye con una escena de hard porn narrada en segunda persona desde el punto de vista de Tamura, en un complejo juego de focalizaciones, narradores y consciencias.

A Murakami le fascina el hecho mismo de escribir, la sensación física, táctil, de crear mundos mentales con los que sacudir al lector. Lo dice la señorita Saeki, con su pluma Montblanc en la mano y haciéndole de portavoz a su creador:

«El hecho de escribir ha sido importante. Aunque lo que haya escrito, como resultado, no tenga ningún sentido» (p. 395).



Kafka en la orilla representa de mil modos las encrucijadas de nuestro tiempo, un tiempo en el que tradiciones, culturas y lenguajes se han globalizado y contaminado hasta desnaturalizarse y reinventarse. La ficción de Murakami –ecléctica, digresiva, culturalista– pertenece, como se ha dicho con sobrada razón, a la era de Google, de los discursos imbricados, de las secuencias incoherentes y ya no lineales, de los inputs múltiples, no jerarquizados, difícilmente ordenables y ya ina­bar­ca­bles, la era del cut & paste y de una cibercultura hiperconsumista y globalizada que genera, por contraste, tanto el retorno a una espiritualidad más liviana y pragmática de lo que aparenta, como la asunción de una soledad sorprendentemente interconectada y comunicada. 

JAVIER APARICIO MAYDEU
https://www.revistadelibros.com/articulos/kafka-en-la-orilla-de-haruki-murakami






Haruki Murakami es uno de los escritores japoneses más conocidos de la actualidad, tanto en su país como fuera de él. Su generación de escritores fue influenciada por la literatura contemporánea norteamericana. Él mismo ha traducido a Tobias Wolff, Francis Scott Fitzgerald, John Irving o Raymond Carver, a los que considera indudables maestros.

Murakami nació en Kioto pero se crio en Kobe. Sus padres eran profesores de literatura japonesa y de ahí vino su interés por ella. Influenciado por la cultura occidental tanto en la literatura como en la música, son esas inclinaciones las que lo diferencian de otros autores japoneses.

Estudió Literatura y Griego en la Universidad de Waseda (Sodai), donde conoció a su esposa Yoko. Su primer negocio fue un bar de jazz llamado "Peter Cat", una muestra de su gran amor por la música, uno de los grandes y necesarios referentes a lo largo de toda su obra.

Tokio Blues fue la primera de sus obras que despuntó y su fama le convirtió en una verdadera estrella en Japón. Después de pasar una larga temporada en Estados Unidos en la que escribió Al sur de la frontera, al oeste del sol (1992) y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), Murakami decidió volver a Japón tras el famoso terremoto de Kobe y el atentado terrorista con gas sarín al metro de Tokio, sucesos sobre los que escribiría posteriormente.

Desde su vuelta a Japón, publicó Sputnik mi amor (1999) y Kafka en la orilla (2002), que le valieron el definitivo espaldarazo internacional y el seguimiento fiel de una verdadera legión de lectores. Estos libros fueron seguidos por After Dark (2004), 1Q84 (2009) y Los años de peregrinación del chico sin color (2013). Murakami ha sido postulado al Premio Nobel de Literatura gracias a obras como 1Q84, trilogía que rompió todos los récords de venta en Japón. 

Sus obras tienen un marcado toque surreal y de fatalismo; en ellas refleja la soledad y el ansia de encontrar y poseer el amor, crea mundos donde mezcla lo real y lo onírico, la felicidad con la oscuridad, consiguiendo atraer la curiosidad e inquietud de los lectores. Su carrera literaria no consta solo de novelas, también de recopilación de relatos, ensayos y cuentos ilustrados.

Reconocido en todo el mundo, ha sido galardonado con premios como el Noma (1982), el Tanizaki  (1985), el Yomiuri (1996), el Franz Kafka (2006) o el Jerusalem Prize (2007). En España, ha recibido la Orden de las Artes y las Letras del Gobierno Español y el Premi Internacional Catalunya 2011.

 


martes, 17 de mayo de 2022

"La levedad" | Catherine Meurisse | miércoles 18 de mayo | 20 h

 



LA LEVEDAD, CATHERINE MEURISSE: VOLVER A VIVIR

La levedad se convirtió en la catarsis a través de la cual Catherine Meurisse logró sobreponerse al atentado de enero de 2015 al Charlie Hebdo, del que era redactora. Destaca por su trazo sencillo, su uso de los colores básicos, su forma de hacer de la escala cromática un elemento valioso capaz de aportar sentido al texto y significado al contexto, y por su trama plana y directa al corazón. El lenguaje es sencillo, básico, sin florituras ni adornos: se eluden los grandes discursos para ganar en credibilidad y accesibilidad. Sorprendente y desarmante es el sentido del humor que a veces se saca de la manga Meurisse para afrontar, desde la sonrisa, momentos tristes y duros.



El 7 de enero de 2015 un grupo de terroristas islámicos atacaron, con armas automáticas, la sede parisina del periódico de humor satírico Charlie Hebdo. Doce miembros de su equipo de redacción murieron asesinados y otros once resultaron heridos de diversa gravedad. Catherine Meurisse (Niort, Francia, 1980) pertenecía al equipo redactor, pero, por un cúmulo de casualidades, llegó tarde a trabajar. Cuando se acercaba a la sede del periódico, vio que el secuestro había dado comienzo; poco después, desde el exterior, oyó los primeros disparos. Rápidamente, fue identificada y llevada a un lugar cercano para recibir los primeros auxilios psicológicos. El proceso de interiorizar todo lo sucedido había dado comienzo.

Con este proceso comenzaban también los primeros minutos de una nueva vida sin sus compañeros, sin su rutina y estabilidad, sin ganas para trabajar… ni tan siquiera para vivir. De repente, cuando todo lo conocido, los pilares sobre los que se asienta la cotidianidad se derrumban de un plumazo, quedan solamente los escombros tendidos sobre una llanura extensísima de soledad. Nadie al lado, ni por arriba, ni tampoco por abajo. El edificio interior del ser comienza su reconstrucción sin ayuda ni apoyo, desde la disociación de una realidad ajena, más dispuesta a distanciarse del trauma que a devolverle a uno a la realidad.

Este es el punto de partida sobre el que Catherine Meurisse construye su novela gráfica La levedad (Impedimenta, 2017; colección El chico amarillo número 21), una descarnada, sincera y divertida obra escrita con la dolorosa intensidad de la primera persona, capaz de transmitirnos los entresijos mentales y sociales del primer año en la nueva vida de la protagonista. Con ella, atravesaremos los primeros duros instantes de quien intenta buscar algún sentido a lo que carece por completo de él, para después atravesar la incomprensión, la enajenación, la depresión, tontear con el suicidio y, finalmente, comenzar la rehabilitación.


El proceso se repasa con una comprometida exhaustividad, introduciéndonos algunas veces incluso en la clínica del psicólogo, o trasportándonos con ella a los espacios mentales de la desazón y la recuperación, o haciéndonos acompañar de un omnipresente Baudelaire (la voz de sus estados de ánimo) o de un fantasmagórico Stendhal (que la acompaña en su visita por la apabullante belleza de Roma), o consigue hacer que nos enternezcamos y lamentemos su suerte en el amor —tan lejana del hombre por el que bebe los vientos y a la vez tan lejana de todos los que le ofrecen noches de alcohol y sexo—. Tal es la habilidad de su guión y su dibujo.

Pero, si por algo ha conseguido cautivarnos La levedad es por su trazo sencillo, por su uso de los colores básicos, por su forma de hacer de la escala cromática un elemento valioso capaz de aportar sentido al texto y significado al contexto, y por su trama plana y directa al corazón. En coherencia, el lenguaje es sencillo, básico, sin florituras ni adornos: se eluden los grandes discursos para ganar en credibilidad y accesibilidad; una decisión más que correcta. Y sorprendente, desarmante, es el sentido del humor que a veces se saca de la manga Meurisse para afrontar, desde la sonrisa, algunos de los momentos más tristes y duros que se pueda imaginar.

A través de sus páginas existen también reflexiones dedicadas a la contraposición frontal de la libertad contra todo lo que la amenaza y la atenaza. Entre tanto dolor particular, hay también momentos para la reflexión colectiva sobre lo que representa el terrorismo como fenómeno individual y también como síntoma representativo de un mal más general. En este sentido, un momento especial para mí es cuando, durante un paseo con su madre por el campo, recordando los primeros momentos de aquel fatídico 7 de enero, la protagonista dice: “El terrorismo es el enemigo declarado del lenguaje”. En la página siguiente, mientras observa las innumerables muestras de solidaridad al blandirse por todas partes el lema Je suis Charlie, el mismo personaje retoma la perspectiva individual para preguntarse “¿Quién soy yo?”. En apenas dos páginas, la compleja e inaccesible identidad del ser es sintetizada y explicada para los escépticos y los ignorantes. Más claro, agua.

Como mensaje final: el poder sanador de la belleza, el arte como mecanismo de análisis del alma humana, la cultura como vía para la reconexión con la naturaleza del homo sapiens sapiens. Sorprende ver y comprobar, a través de estas viñetas, cómo el arte ha servido para diseccionar de forma tan pura el dolor y la pasión, mientras el amor y lo carnal son frecuentemente censurados o desplazados a las secciones menos transitadas de los museos. ¿Dónde está escrito que, en la emoción y la pasión, el dolor pese más que el amor y la muerte más que la vida? ¿Desde cuándo es así y hasta cuándo lo vamos a soportar?

La levedad es un regalo de vida que reconcilia al ser humano con una perspectiva más amplia y real de sí mismo. Una novela gráfica excepcional capaz de atraer la sonrisa desde la lágrima, y provocar la lágrima desde la sonrisa. Obras así hay muy pocas. Disfrútela.

Francisco Martínez Hidalgo

https://www.fabulantes.com/2019/02/la-levedad-catherine-meurisse/




Nació en 1980 en Niort (Deux-Sèvres). En 2005, tras licenciarse en Lenguas Modernas e Historia del Arte, pasó a formar parte del equipo de ilustradores de la prestigiosa revista satírica Charlie Hebdo.






El 15 de enero de 2020 se convirtió en la primera historietista aceptada en la Academia de Bellas Artes de Francia, dentro de la Real Academia de Pintura y Escultura. 

En la actualidad compagina este trabajo con colaboraciones en diversos medios impresos de tirada nacional, tales como Libération, Les Échos, Télérama, L'Observateur… Sus libros infantiles se han publicado en editoriales como Bayard, Gallimard o Nathan, pero es en el ámbito de la novela gráfica donde ha cosechado los mayores elogios por parte de la crítica. Es autora de La Comedia Literaria (Sarbacane, 2008; Impedimenta, 2016), una particular e hilarante visión de la historia de la literatura francesa que le valió el Premio BD de Le Parisien y Aujourd’hui. 

Le seguirán Savoir-vivre ou mourir (Les Échappés, 2014), una suerte de manual de buena conducta; La levedad (Dargaud, 2016; Impedimenta, 2017), un cómic en el que nos describe cómo la autora retomó su carrera de dibujante tras el atentado de Charlie Hebdo; Los grandes espacios (Dargaud, 2018; Impedimenta, 2021), donde nos muestra cómo fue su infancia en el campo; Le pont des arts (El Puente de las Artes) (Sarbacane, 2019; Impedimenta, 2022), que se centra en las relaciones tormentosas entre los grandes nombres de la literatura y la pintura del panorama europeo; y Moderne Olympia (Futuropolis, 2020), una comedia musical que se representa en el Museo de Orsay.

A finales de 2021, tras la estancia de Meurisse en Villa Kujoyama -una residencia de artistas situada en Kyoto- se publica La jeune femme et la mer.

 


Catherine Meurisse comenta el diseño de La jeunne femme et la mer

(subtítulos en francés)

martes, 5 de abril de 2022

"Seda" | Alessandro Baricco | miércoles 6 de abril | 20 h

 



De la literatura dicen que es la unión íntima y necesaria de forma y contenido. Esta necesidad es más evidente en la poesía, donde la recurrencia de sonidos y ritmos explica parcialmente los sentidos, hasta tal punto que muchos teóricos consideran que la separación de ambos elementos es un artificioso recurso que, con la intención de interpretar y estudiar los textos, los reduce y simplifica en realidad. No es tan evidente en la novela; no obstante, a veces sucede en ese territorio intermedio, zona de nadie indeterminada que es la prosa poética. Y más extraño aún si adopta la forma de novela. El esfuerzo que requiere elaborar un texto de tales características ─un largo “poema en prosa” de varias decenas o cientos de páginas─ hace que sean escasísimos los ejemplos. Lo que no quiere decir que no existan, o que no haya auténticos maestros, como ocurre con Alessandro Baricco. 

Al leer Seda el lector se da cuenta de que cambiar una sola palabra ─y en este caso la traducción es dificilísima─ hubiera dado como resultado un libro distinto, que forma y contenido, si es que existen, son una misma cosa, una misma cara de la moneda antes que dos. En un momento de la novela uno de los personajes describe la seda japonesa como «tener la nada entre los dedos», y eso es precisamente lo que se siente al leer Seda, la mejor descripción que se puede hacer del libro.

El estilo de Baricco, de frase corta y contundente, dice más por lo que sugiere que por lo que muestra explícitamente. Cada capítulo se resuelve en unas pocas pinceladas, ni muchas ni pocas, solo las necesarias. No hay un espacio predeterminado: el más corto se desarrolla en un párrafo y el más largo en un par de páginas. Cada capítulo es un golpe seco pero suave, un hachazo de plumas que dice lo justo, y con eso es suficiente. A veces una sola frase sirve para cerrar. Y aún así, Baricco, en la línea de la prosa poética, utiliza con frecuencia las recurrencias. Hay capítulos que se montan casi completamente sobre meras repeticiones. ¿Meras en realidad? Ni mucho menos. Una de las más hermosas es la descripción que se hace del viaje que sigue Hervé, el protagonista, desde su pequeña ciudad de Lavilledieu hasta Japón. La única variante que se introduce es el nombre con que se refiere al lago Bajkal. En cada uno de los cuatro viajes se le llama «mar», «demonio», «último» y «santo». Esta variación, que llama especialmente la atención sobre este elemento por encima de los demás, no puede entenderse como un capricho azaroso de Baricco, sino que simboliza cada uno de los viajes y la manera en la que hay que interpretarlos.

Y es que símbolos no faltan a lo largo de la obra. Uno de los más importantes es el representado por los pájaros y las jaulas. Los pájaros escapan de las jaulas de Hara Kei, pero éste es consciente de que volverán, porque es difícil resistirse a la tentación de volver; y efectivamente, días después Hervé pasa frente a las jaulas y comprueba que están cerradas y llenas de pájaros, que vuelan «protegidos del cielo». Algo parecido es lo que le ocurre a Hervé con Japón, que es su jaula particular, a la que necesita volver cada año para sentirse protegido. Más adelante Hervé tratará de construir jaulas en su jardín, para crear un simulacro del ambiente que vive en Japón.

Pero para entender la simbología de Seda antes es necesario esbozar algunas líneas fundamentales de su trama argumental. La novela cuenta la historia de Hervé Joncour como comerciante de gusanos de seda. Las sucesivas epidemias que hacen mella en los gusanos de seda de Europa conducen a Hervé a un periplo a través del Mediterráneo, hasta Siria y Egipto, en busca de los huevos de gusano. Pero éste no es sino el paso previo a un viaje más importante que le llevará hasta Japón, en donde se produce la seda más pura y más bella del mundo; un viaje doble, como suele ocurrir en estos casos, no sólo físico sino también interior, de autoconocimiento; un viaje que a pesar de todo probablemente será de ida pero no de vuelta. Y es que allí, en un Japón aislado que había restringido el contacto comercial con el extranjero, en una colonia de contrabandistas en la que su propia vida corría peligro, Hervé conoce a una misteriosa joven de rasgos occidentales que cambiará su existencia.

La joven desliza en la mano de Hervé un papel con ideogramas japoneses cuyo significado permanece oculto. En un prostíbulo de Nimes Hervé encuentra a una joven japonesa que le traduce la nota, un mensaje que sorprende y perturba por su brevedad y rotundidad: «vuelve, o moriré». Una historia que recuerda en cierto modo a un pequeño y bellísimo relato incrustado en Memorias de África, con la única diferencia de que el papel es un loro y el idioma desconocido es latín. Es precisamente a frases como esta a las que me refería antes con la expresión «hachazo de plumas». Después de conocer el contenido del papel Hervé sentirá cómo su vida cambia de forma radical.

Hasta cuatro veces viaja Hervé a Japón, a pesar de que en el país la situación era cada vez más insostenible y peligrosa debido a una guerra civil entre el gobierno y los rebeldes. Hervé, un personaje que desde un principio se perfila con un escaso o nulo carácter ─que comerciaba con huevos de gusanos de seda por decisión de Baldabiou, aún poniendo su vida en peligro─ , toma por primera vez en su vida una decisión que llevará hasta sus últimas consecuencias: viajará a Japón y comprará los huevos pase lo que pase. Pero lo que espera a Hervé en Japón será un campamento destruido, algo que se describe como «el fin del mundo». En el último viaje las cosas no salen bien: Hervé pierde las larvas y sin ellas peligra la economía de Lavilledieu. En la evolución que va siguiendo el personaje cada vez tiene más importancia la introspección, se va replegando en sí mismo, aislándose del mundo en su maravilloso jardín, réplica exacta del jardín de Hara Kei.

Hara Kei, el jefe de los contrabandistas, es un personaje construido ─como todos en la novela─ sin usar apenas información, y aún así llega a impresionar por la solemnidad de sus rasgos al mismo tiempo que por su crueldad. En el campamento parecía existir y moverse por y para Hara Kei. Su morada se describe como «anegada en un lago de silencio». Desde fuera, a través de las paredes de papel, sólo se veían sombras que no producían el más mínimo rumor: no parecía contener vida. En este sentido hay que entender la evolución de Hervé, que decide comprar en Lavilledieu la casa de Jean Berbeck, que lleva muchos años abandonada y cuyo propietario decidió dejar de hablar un día y acabó muriendo solo. Lo que Hervé pretende es crear una réplica exacta del poblado de Hara Kei en Lavilledieu, y la casa de Berbeck, un lugar lleno de silencios y de sombras, es el sitio perfecto para edificar la morada de Hara Kei. Todo el pueblo se entregó al trabajo de construcción del gigantesco jardín, pero en Lavilledieu se decía que Hervé había venido cambiado de Japón, que tenía por dentro «como una especie de infelicidad».

La visión que se ofrece en Seda del amor es ambigua y confusa. La relación entre Hervé y la joven japonesa de rasgos occidentales se sustenta en no más de cuatro encuentros casi fugaces y en un par de cartas. En ningún momento se habla de amor en el sentido tradicional de la palabra, pero al mismo tiempo tampoco se cuestiona que Hervé pueda no estar enamorado de Hélene, su esposa ─al volver se dice que la ama con impaciencia─. Y aunque no se hable de amor, el lector sabe que aquello que ha hecho a Hervé atravesar el mundo tres veces, poner su vida en peligro o vagar por selvas oscuras siguiendo los pasos de un niño no puede ser otra cosa. De ahí esa infelicidad, algo que Baldabiou describe con una frase certera y exacta: 

«Morir de nostalgia por algo que no vivirás jamás».

Existen tres mensajes de amor enviados por la misteriosa joven a Hervé: el primer papel con el mensaje contundente, el niño que guía a Hervé por la selva tras el campamento de contrabandistas y la extensa carta que llega meses después de volver a Lavilledieu tras su último viaje. Y cada mensaje sorprende más que el anterior. El segundo es aparentemente un mensajero, pero Hara Kei lo descubre como mensaje humano y lo ajusticia por ese motivo. El último mensaje, escrito también con ideogramas japoneses y traducido por la joven de Nimes, que sirve de intermediaria, supone una consumación sexual prolija en detalles al tiempo que es una despedida definitiva. Tres años después Hélene fallece a causa de una enfermedad incurable y Hervé acaba descubriendo que había sido ella misma la autora del último mensaje, cerrándose de este modo el ciclo. A partir de este momento la vida de Hervé casi carece de importancia, y se describe con mayor levedad si cabe que todo lo anterior: 

«Una vez al año daba una vuelta por las hilanderías para tocar la seda recién nacida. Cuando la soledad le apretaba el corazón, iba al cementerio a hablar con Hélene. El resto de su tiempo lo consumía en una liturgia de hábitos que conseguían defenderlo de la infelicidad. De vez en cuando, en los días de viento, descendía hasta el lago y pasaba horas mirándolo, ya que, diseñado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida».

https://lapiedradesisifo.com/2008/10/16/seda-de-alesandro-baricco/




Seda (ilustraciones de Rébecca Dautremer)



 







Alessandro Baricco (Turín, 25 de enero de 1958) es un novelista, dramaturgo y periodista italiano. Detesta conceder entrevistas, al extremo de que cuando tuvo que promocionar uno de sus libros, City, se «enclaustró» en Internet (Cabe destacar que Salinger tuvo una actitud similar, aunque aún más extrema).

También ha trabajado en televisión. En 1993 presentó el programa L’amore è un dardo, dedicado a la lírica. En 1994 fue el ideador y presentador de un programa dedicado a la literatura denominado Pickwick, en el cual se trataban tanto la lectura como la escritura, junto con la periodista Giovanna Zucconi. Fue tras estas experiencias televisivas cuando fundó en Turín, junto con otros asociados, una escuela de técnicas de escritura a la que le dio el nombre de Holden (como el protagonista de la novela El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger).

En 2003 colaboró con el dúo francés de música electrónica Air en el disco City reading (Tre storie western), en el que él leyó fragmentos de su novela City.


OBRA

Novela

Las novelas de Baricco oscilan siempre entre lo real y lo onírico. El estilo se caracteriza por una concepción personal variados giros y registros.

En la temática, Baricco se sirve de entornos irreales y personajes forzosamente imposibles, cuyo denominador común en última instancia es la incesante búsqueda y consecución de deseos y sueños para, paradójicamente, explorar y revelar a través de ellos con toda su crudeza los rincones del alma humana.

La imagen surrealista de su obra es siempre presentada por un narrador imposible como sus personajes, quien nunca hace un juicio de éstos, solo presenta a cada cual con la ilusión de ser comprendidos por el lector, quien normalmente se identifica con alguna de las características del personaje.

Para sus críticos es demasiado celoso de la forma e insoportablemente naïf; para sus seguidores, un genio del estilo y la temática. El autor, en cualquier caso, ha desarrollado un estilo muy personal que lo sitúa entre los escritores italianos de relevancia dentro de su generación.

 

1991: Tierras de cristal (Título original: "Castelli di Rabbia", Premio "Selezione Campiello" y "Prix Médicis Étranger", 1991).

1993: Océano mar (Título original: "Oceano mare", Premio "Viareggio", 1993).

1996: Seda.

1999: City.

2003: Sin sangre.

2004: Homero, Ilíada.

2007: Esta historia.(Título original: "Questa storia", Premio FriulAdria "La storia in un romanzo", 2011)

2009: Emaús. (Título original: "Emmaus", Premio "Giovanni Boccaccio", 2010)

(todas ellas traducidas al español y publicadas por Ed. Anagrama).

 

2011: Mr. Gwyn

(publicada por Ed. Feltrinelli y por Ed. Anagrama)

 

2012: Tres Veces al Amanecer

2016: La Esposa Joven

(Publicada en español por Ed. Anagrama, traducción de Xavier González Rovira)

 

Teatro

1994: Novecento, monólogo.

1995: Davila Roa, texto teatral puesto en escena por Luca Ronconi en el 1996 (no publicado).

2003: Partita spagnola, Audino Editore (sin traducción al español).


Antologías

1995: Barnum. Crónache dal grande show, editorial Feltrinelli (editado en español).

1998: Barnum 2. Altre crónache del grande show, editorial Feltrinelli 1998 (no editado en español).

2006: I barbari, editorial Repúbblica (publicado en español por Anagrama en el año 2008).


Ensayo

1988: Il genio in fuga. Sul teatro musicale di Rossini. Il Melángolo (1988) - Einaudi (1997), no editado en español.

2002: Next (sobre la globalización y el mundo que viene), Editorial Anagrama.

2003: El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin, Ediciones Siruela.

2008: Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, Editorial Anagrama.

2018: The Game

2020: Una cierta idea de mundo.

 

Varios

1995: Nota introductoria y apéndice de El corazón de las tinieblas (de Joseph Conrad) Universale Economica Feltrinelli.

1999: Totem, con Gabriele Vacis y Ugo Volli, Fandango Libri.

2000: Totem 1 con un videocassette, con Gabriele Vacis, Rizzoli.

2000: Totem 2 con un videocassette, con Gabriele Vacis, Rizzoli.

2002: Le scatole di Totem, Holden Libri 2002.

2003: introducción a Pregúntale al polvo de John Fante, Einaudi.

2003: City reading - Tre storie western, CD con el grupo musical Air, discográfica Virgin.

2003: Totem. L’última tournée, Baricco, Vacis, Tarasco, Einaudi.

2003: City reading project. El espectáculo en el Romaeuropa Festival, Rizzoli.

2022: El nuevo Barnum (artículos periodísticos)

 

Filmografía

1998: La leyenda del pianista en el océano, basada en la obra de teatro Novecento. Un monólogo (de 1994).

2007: Seda, basada en su obra del mismo nombre.

2008: Lezione 21, dirigida por el propio Baricco.