jueves, 18 de junio de 2026
sábado, 13 de junio de 2026
"El peligro de estar cuerda", de Rosa Montero | miércoles 17 | 19:30 h
Cada libro me va
dando un poco más y este creo que me ha ayudado bastante. A veces me
preguntan: «¿Por qué tratas tanto de la muerte en tus libros?». Y digo: «¿Es
que se puede hablar de otra cosa?». Ese es el tema básico detrás de todo,
pero la gente no se da cuenta. Y detrás de todo está el miedo a la muerte, el
sin sentido del amor. Yo la verdad es que cada vez he ido surfeando mejor eso.
No tiene ninguna gracia morirse, pero bueno, tengo evidentemente bastante menos
miedo a la muerte ahora que estoy mucho más cerca que cuando era joven.
Rosa Montero
LOS ABISMOS DE
LA MENTE
De una manera
envolvente, enormemente fluida, con un tono coloquial, nos lleva a través de un
paisaje cambiante, de una diversa mirada que pretende ser exhaustiva, y lo
consigue
JAVIER PUIG | 13
DICIEMBRE 2022
Con El peligro
de estar cuerda, Rosa Montero vuelve a ese género híbrido, mezcla de lo
biográfico, lo confesional, lo ensayístico y lo divulgativo. De una manera
envolvente, enormemente fluida, con un tono coloquial, nos lleva a través de un
paisaje cambiante, de una diversa mirada que pretende ser exhaustiva y lo
consigue, dejándonos bastante saciados en cuanto a los contenidos que toca,
aunque también deseosos de acceder a los libros de los que se ha nutrido y nos
recomienda.
Cuando apareció
el libro, pensé que estábamos ante un nuevo acaparamiento de datos biográficos
de los que constituyen la base para los estudios sobre la relación entre la
locura y la creatividad —y más allá de esta, la genialidad—, pero al sumergirme
en sus páginas hallé —¿cómo pude haberlo dudado? — mucho más; en realidad, una
reflexión profunda sobre temas gravemente existenciales. Y es que, junto a esa
base que explora las diferentes problemáticas mentales que, en distinta medida,
ha padecido una gran mayoría de los escritores más relevantes, hay un recorrido
por los diferentes prismas de una cuestión esencial, la de la lucha contra un
siempre amenazante vacío succionador, contra ese abismo que—según decía
Nietzsche— nos devuelve la mirada.
Rosa Montero nos
lleva de la mano, nos anticipa argumentos, y al final de todo nos informa de
cómo ha culminado la tarea de hilvanar un gran compendio de datos, de
experiencias propias y de las correspondientes reflexiones propiciadas. No le
importa incluir las confesiones íntimas que puedan ilustrar el tema del que
está hablando, sus crisis de pánico cuando joven, sus migrañas hasta los
cincuenta y cinco años, sus manías, su fuerte tendencia imaginativa, sus
pertinaces ensoñaciones. Se considera a sí misma perteneciente a ese 15% de PAS
—personas altamente sensibles— que suele ser un rasgo común de las mentes
creativas. La descripción de esa peculiaridad, la reconoce como un retrato
robot del artista: mala memoria, tendencia a los desequilibrios mentales,
hipersensibilidad a las críticas.
La autora hace hincapié en que los escritores tienen un cincuenta por ciento más de posibilidades de suicidarse que la población general. Y refiere los casos de numerosos suicidas, extendiéndose particularmente en el de Sylvia Plath. Supongo que esta estadística no presupone que el riesgo se deba a la actividad —que la autora resalta como extremadamente placentera, incluso curativa— sino a que el escritor lo es, a menudo, por padecer previamente desarreglos mentales para cuyo aplacamiento esa vocación a veces no es suficiente. El título del libro lo toma de un verso de la poeta Emily Dickinson, mujer que vivió en la extravagancia de no salir de su cuarto durante muchos años.
Como les ha pasado
a otros autores, a Rosa Montero le da miedo perder esa pequeña locura de la que
es consciente y que nada tiene que ver con la más devastadora, de la que nunca
estamos completamente a salvo: “Estar loco es, sobre todo, estar solo. Pero
estoy hablando de una soledad descomunal, de algo que no se parece en absoluto
a lo que entendemos cuando decimos la palabra soledad”. Y es que las novelas
contribuyen a controlar la desazón existencial: “Son una pequeña isla de
significado en el mar del desorden”. Pero aún es mejor escribirlas que leerlas,
porque: “Escribir es jugar con un juguete enorme”. Ella teme curarse, volverse
demasiado racional, controladora de lo que está creando. Recuerdo una frase de
Ernesto Sábato: “Querían hacerme psicoanálisis y, comprendiendo que podía ser
eficaz, precisamente por eso no me lo quise hacer”.
Me parece magnífica esa imagen de la discoteca desolada a la mañana siguiente, esa aparición de lo sórdido, lo desangelado e incluso terrible, tras los vivificantes deslumbramientos: “¿Has visto por casualidad alguna vez de día una discoteca en la que en la noche anterior te lo has estado pasando genial? En la oscuridad, con las luces estroboscópicas y los neones y los metales brillando bajo los focos, con la música retumbando… […] Pero, ay, pongamos que te has olvidado las gafas y que regresas a la maña siguiente a recogerlas, una bombilla mortecina ilumina el espacio raído, mortecino y mísero… La existencia es una discoteca barata vista a la luz del día”.
Cada vez que
tropieza con la evidencia de una oscura y contundente amenaza, inmediatamente
reacciona con un argumento implacable: “Si no hay una creencia religiosa a la
que agarrarse, la existencia, bien mirada, es un absurdo. Y entonces te
preguntas. ¿Por qué continuar con todo esto?
Yo tengo una respuesta a todo esto: porque la vida se regocija en seguir
viviendo”. En realidad, quien se quita la vida ha sido quien más ha esperado de
ella: “El suicida es un yonqui de la intensidad al que de repente se le apaga
la luz, una persona a la que le es difícil relacionarse con la realidad porque
a menudo la percibe como un decorado”. Y
es a que muchos de los escritores los define como “amantes de lo absoluto”. Lo
que es estar muy cerca del precipicio, porque, como dice Camus: “Justamente,
por esa aguda necesidad de sentirse siempre incendiados, conocen muy bien la
oscuridad”. Algunos han buscado ese fervor mediante las drogas: “Entiendo lo
que los llevaba al alcohol, lo hemos dicho al principio: aumenta la emocionalidad,
potencia la desinhibición, amordaza al yo controlador. …Pero la bebida es una
musa maligna y traicionera…” Es más seguro esperar el satori, el sentimiento
oceánico, que dice la autora haber conocido alguna vez.
Desde su experiencia propia, Rosa cree, como Claire Legendre, que “hay dos formas de darle un sentido a su vida o de hacerle creer que lo tiene, amar a alguien y escribir libros”. Entonces, le puedes hasta robar unas chispas a la eternidad: “Se consigue con los estallidos de la pasión amorosa; y también cuando escribes, es decir, cuando escribes bien, cuando escribes mejor de lo que sabes escribir. Cuando bailas con las palabras”. Dedica unas cuantas páginas a las euforias de la escritura y no tanto a su reverso, al padecimiento que puede significar tocar algunos temas como heridas abiertas, o a la ansiedad por alcanzar el texto soñado, el dolor de revisar unas páginas escritas con entusiasmo y considerarlas del todo fallidas.
Aunque la autora
no elude nunca las consideraciones más oscuras, su intención es siempre
combativa, lo que se traduce en un esforzado optimismo. De esta manera se
dirige al posible suicida que la pudiera estar leyendo: “Escucha: si alguna vez
sientes que avanza el amok, si la lava se acerca con su aliento de fuego,
piensa que este que ahora eres no eres tú”. Claro que tal vez el suicida, por
esas palabras podría revolverse, podría
reprochar a esa buena voluntad la prolongación de un insoportable dolor. Pero
hay que intentarlo. También con los deudos: “Quiero decir que no creo que
debamos añadir un tormento de culpabilidades fantasmales a la pura y sagrada
pena de la desaparición del ser querido”.
“Siempre he
pensado que escribo, entre otras razones, para intentar perderle el miedo a la
muerte”. Pero, antes de ese final, viene la vejez: “Ahora bien, si no te
suicidas, y si tienes la suerte de fallecer joven, entonces te queda por
delante el horizonte de hondo decaer, de un envejecimiento más o menos
prolongado, más o menos cruel, ridículo y penoso”. Y Rosa, ya acorralada por tanta adversidad
como ofrece la existencia, exclama: “La vida tiene bemoles”.
Coincido con esta reflexión: “Con veinte años no podía entender cómo los viejos podían moverse tan tranquilamente, sabiendo que les quedaba tan poco de vida”. En lo que confiaba yo era en que la mente del anciano generase una protección, una inconsciencia basada en la imposibilidad de concebir enteramente el concepto de finitud en nosotros mismos. Parece que, de algún modo es así, y que, salvo una minoría de casos —recuerdo el de Susan Sontag que relataba su hijo—, el moribundo agradece al fin la falta de energía que en los últimos años había sentido como merma y que ahora acude en su salvación, invitándolo a deponer sus armas, renunciando al conflicto.
Rosa pone de ejemplo deseable a su padre, que
“falleció a los ochenta y cuatro años sin mostrar ningún miedo, con una lucidez
y una entereza sobrehumanas, la mejor muerte que he visto: No llores, hija mía,
que estoy muy feliz, todo está saliendo como yo quería”. También tiene palabras
para su madre, para esa otra vida cumplida: “Esa madre longeva, graciosa, independiente,
generosa y estoica que jamás se quejó y que pasó por el mundo como un brillante
cometa”.
Montero se declara atea: “Soy una completa y convencida incrédula”, pero intuye “que hay algo más allá de este pequeño y molesto yo que nos aprisiona”. Para intentar validar esa intuición se acerca a la neurobiología en busca de respuestas a las más osadas preguntas que uno puede hacerse sobre la vida, pero, de momento, solo hay un deseo basado en escuetas evidencias: “Escucha bien lo que te digo y ten esperanza: puede que en realidad el tránsito final sea así de sencillo, así de fácil; bastaría con lograr acompasar la muerte al ritmo colectivo. Quiero morir bailando, igual que escribo”.
Su conclusión es: “La vida es un sueño
diminuto, un espejismo de luz en una eternidad de oscuridades. Y eso es nada, y
es todo”. Y con ella cierra un libro redondo, intenso, sustancioso, próximo,
lleno de numerosos comentarios con los que nos podemos identificar o que pueden
abrir nuestra mente a interesantes e infinitos diálogos, a complementarias
aportaciones a la reflexión sobre el misterioso hecho de vivir.
Fuente:
ENTREVISTA
Rosa Montero:
"Mi último libro autoriza no ser cuerdos"
Cadena SER | 21 JULIO 2022
ENTREVISTA
ISABEL GARCÍA
CINTAS | 21 SEPTIEMBRE 2022
Fruto de cuatro
años de elaboración, este volumen complementa, y da cuerpo, a la temática de
dos de sus publicaciones anteriores: La loca de la casa y La ridícula idea de no volver a verte. Rosa lo describe así: “…la mayoría de mis libros son novelas,
originales o convencionales, pero novelas al fin; y tengo tres libros a los que
llamo artefactos literarios. Estos son muy difíciles de definir porque son en
parte ensayo, en parte autobiografía no convencional, sino biografía de otros
autores y en parte son ficción”.
(…)
Tu libro se
llama El peligro de estar cuerda. ¿Por qué estar cuerda es un peligro?
Bueno, como
sabes, es de un verso de Emily Dickinson. La pobre tuvo una vida muy difícil,
casi seguro sufrió abusos incestuosos de su padre y probablemente de su hermano
también. Eso sin duda contribuyó a alterar su equilibrio mental. Terminó no
saliendo de su habitación durante los últimos quince o veinte años de su vida.
En su niñez descubrió la poesía leyendo a una poeta victoriana, Elizabeth
Barrett Browning y el hecho de que Browning fuera una mujer la salvó, porque se
dio cuenta de que ella también podía escribir poesía.
miércoles, 20 de mayo de 2026
"El final del affaire", de Graham Greene | miércoles 27 | 19:30 h
EL ADULTERIO
SEGÚN GRAHAM GREENE
Los personajes
del escritor británico son buenos perdedores, pues el autor fue un católico de
izquierda que consideraba el triunfo algo grosero
SANTIAGO GAMBOA
| 24 ABRIL 2020
¿Cuántos estilos de mujer hay en la literatura? Probablemente tantos como tipos humanos hay en la extensa vida que esa misma literatura observa, interroga y persigue. Pero una de las más intrigantes, en todo lo que llevo leído, se llama Sarah Miles, y es la protagonista de El fin de la aventura, de Graham Greene, una extraordinaria novela que, en mi clasificación personal, contiene uno de los mejores primeros párrafos de la Literatura del siglo XX. Vayan a leerlo.
El
argumento es clásico y corresponde, según la tipología de Tzvetan Todorov, al
siguiente paradigma: “Dos quieren estar juntos y muchas cosas se interponen”,
patrón narrativo que puede incluir desde La Odisea hasta Doctor Zhivago,
pasando por Romeo y Julieta o La Celestina, pero también a las largas
telenovelas latinoamericanas, cuya extensión suele depender de la siguiente
pregunta: “¿Cuántos obstáculos puede haber en la vida para el amor?”. Porque el
amor, claro, es el motor de la historia. Es la historia.
Según los biógrafos de Greene, El fin de la aventura –también traducida en castellano como El fin del romance o El final del affaire– le sirvió para sacarse la espina de un amor triste y doloroso, pues toda novela, en el fondo, es también de autoayuda.
La acción ocurre
durante los bombardeos de Londres de 1944. Los personajes masculinos son Henry
Miles, el marido de Sarah, y Maurice Bendrix, su amante y vecino, un escritor
con poca suerte, solitario y oscuro. La guerra, que en las historias clásicas
suele dividir a los amantes (recuerden Los novios, de Manzoni), en este caso
los une. Bendrix y Sarah se citan en diferentes lugares y hacen el amor en
medio de la oscuridad de los apagones, las sirenas antiaéreas y el crepitar de
los incendios lejanos. La proximidad y el entorno de la muerte aviva el
frenesí, su urgencia e intensidad. El viejo Tánatos excitando a Eros. “Nunca he
querido, ni podré jamás querer a un hombre como te quiero a ti”, le dice Sarah.
El amor es profundo, desgarrado, lleno de temores y sospechas por parte de
Bendrix, mientras que el de Henry Miles, el marido, es racional, sereno. En las
novelas, incluso en las de escritores católicos como Greene, el amor apasionado
es siempre el amor adúltero. “Los amantes celosos son más respetables, menos
ridículos que los maridos celosos. La literatura les sirve de sostén”, escribe
Greene. ¿Qué es entonces lo que se interpone entre Bendrix y Sarah?
En uno de sus
encuentros clandestinos, Maurice se levanta de la cama y va hasta la puerta.
Ambos escucharon un ruido. Mientras él se aleja, semidesnudo, una bomba cae en
el edificio provocando un gran estrépito. Sarah se levanta y llama a Bendrix,
grita su nombre. No hay respuesta. Camina con temor por el corredor y lo ve al
final, herido, en medio de los escombros. Entonces Sarah, en cuyo interior se
daba un intenso debate sobre Dios, su existencia y la facultad de creer (al
estilo Greene), hace su fatal promesa: “Renunciaré a él para siempre con tal de
que lo hagas vivir de nuevo y le des una oportunidad”. En ese momento la mano
de Bendrix se mueve, y se levanta de los escombros y el polvo. De este modo, el
fin de la aventura es el precio que paga Sarah por revivir a su amante, y su
sacrificio es no volver a verlo. Seguir amándolo a distancia. “La gente puede
amar sin verse, ¿no es cierto?”, escribe Greene, ¿no se ama a Dios sin haberlo
visto nunca? El obstáculo, en la novela, es que para Sarah el amor humano se
contrapone al amor sagrado, y prefiere sufrir para salvar al hombre que ama. En
su diario le dice a Dios: “Déjame ocupar tu lugar en la cruz”.
Pero hay más,
pues El fin de la aventura no sólo es una novela sobre el amor y los celos.
También es una novela sobre el modo en que se escribe una novela de amor y
celos: “Hacía diariamente mis quinientas palabras, pero los personajes no
empezaban siquiera a vivir. El escribir depende mucho de la superficialidad de
los días. Podemos estar preocupados con compras y réditos y conversaciones
casuales, pero la corriente del inconsciente continúa fluyendo imperturbable,
resolviendo problemas, planeando; nos sentamos ante el escritorio, estériles y
desanimados, y de repente las palabras vienen a nosotros”. Entre página y
página, el autor parece deslizar su propia confesión: “Cuando uno es feliz,
puede soportar cualquier disciplina; la desdicha es lo que altera los métodos
de trabajo”, una desdicha que enmascara el odio que puede provocar la
incomprensión del desamor. ¿Por qué? Bendrix sólo logra comprender a Sarah
después de leer sus diarios, cuando ella ya no está.
Y tal vez logra
liberarse del odio de la incomprensión. “Cuando empecé a escribir dije que esta
era una historia de odio, pero ahora no estoy tan convencido. Acabo de levantar
mis ojos del papel y he visto mi propio rostro en un espejo cercano y no he podido
evitar pensar: ¿tiene el odio, realmente, este semblante?”.
He reconocido a
muchos personajes de Graham Greene en la vida real y ante ellos siento siempre
la misma curiosidad: ¿qué drama profundo esconden? ¿cuál es la zona turbia de
sus vidas? El último se llamaba Fergus Bordewich y era redactor de Selecciones
del Reader's Digest. Estaba sentado en el bar del Hotel El Aurassi, en Argel, y
observaba a la gente con una mirada que podía oscilar entre la ingenuidad y el
temor. Bordewich no estaba allí para cubrir un evento político —como era mi
caso—, sino para buscar historias, algo original que contarle a sus lectores.
Al tercer whisky me explicó que en ciudades en las que se concentraba la
atención del mundo era fácil encontrar fábulas ejemplares, pero que éstas no se
daban en los lugares de interés habitual. Por eso, con su teoría sobre los
caracteres humanos, Bordewich había pasado la jornada en una dentistería del
barrio de Bab El Oued, pero no había encontrado nada mencionable. “Mala
cacería”, me dijo antes de irse, con la punta de la corbata metida en su cuarto
whisky.
Así son los
personajes de Greene, buenos perdedores, pues él era un católico de izquierda
que consideraba el triunfo algo grosero. Como el sacerdote alcohólico y
sacrílego de El poder y la gloria; o el arquitecto desencantado que decide
confinarse en un leprocomio africano para redimir su alma en Un caso acabado;
la rabia de Greene, su fastidio vital, lo llevó a sorprendentes síntesis: “Sólo
llora quien ha sido antes feliz”, afirma en Viaje sin mapas, “detrás de cada
lágrima siempre se esconde algo envidiable”. Pero a pesar de su crueldad, el
mundo de Graham Greene es atractivo, porque es el único mundo posible: en él
vivimos. Greene lo retrató como nadie, tal vez de tanto recibir sus golpes. “Un
romántico siempre tiene miedo de que la realidad no colme sus expectativas”,
escribió en Nuestro hombre en La Habana, y sentenció, con resignación: “Los
románticos esperan demasiado”.
Fuente:
https://elpais.com/cultura/2020/03/15/babelia/1584305112_540463.html
GRAHAM GREENE, BRITÁNICO IMPASIBLE
Reportaje que nos recuerda al
escritor inglés con motivo de su fallecimiento el 3 de abril de 1991
RTVE | 6
ABRIL 1991
domingo, 26 de abril de 2026
"De bestias y aves", de Pilar Adón | miércoles 29 | 19:30 h
Premio Nacional de Narrativa (2023)
Premio de la Crítica Española al Mejor Libro en Castellano publicado
en 2022
Premio Francisco Umbral al Libro del Año (2023)
Premio Cálamo (2023)
Nunca he tenido
un sentimiento fuerte de pertenencia ni a la ciudad ni al pueblo. Sentía que no
acababa de ser de ningún sitio y eso es algo muy importante en mi novela. Si el
campo tiene un mayor peso, eso es porque el libro está muy vinculado a mi padre,
que falleció hace unos años. Esta novela esconde esa pérdida.
Pilar Adón
UNA NATURALEZA
POCO AMABLE DONDE ENCONTRARSE
ELENA
MARQUÉS | 7 NOVIEMBRE 2022
Que una novela
que transcurre en plena naturaleza resulte claustrofóbica puede parecer un
contrasentido. Pero para sentirse atrapado, está claro, no hace falta
permanecer en una cárcel.
De bestias y
aves¸ última obra de la escritora madrileña Pilar Adón, se desarrolla en buena
parte al aire libre, en un extraño entorno femenino, ensayado quizás en el
cuento Eterno amor (Páginas de Espuma, 2021), donde de nuevo una comunidad de
mujeres que vive anclada en el no tiempo (o simplemente en el presente) ve
perturbadas su paz y sus costumbres por la llegada de un intruso.
Aunque no es
esto un buen resumen del libro. Si hay un conflicto, que resulta, según los
manuales de narratología y los talleres de escritura al uso, imprescindible
para la existencia de una novela, no es la pequeña lucha que establecen con ese
hombre, que viene de fuera, como la mayoría de las amenazas, y reivindica las
tierras donde viven las mujeres como suyas, sino algo mucho más profundo, más
íntimo. Un conflicto que mantiene la protagonista consigo misma por haber
sobrevivido a un naufragio familiar. Un ahogo que se hace físico, que se
traduce en palabras, en una sintaxis sincopada, rota, arisca, tan agreste como
la naturaleza, hecha de calor y zarzas, que la rodea. Una pugna que se traduce
en repetidos símbolos (el agua y su profundidad y su reflejo, parada y en
movimiento, vida y muerte, espacio de tránsito; los vestidos uniformados; el
subsuelo y el laberinto; las ruinas y los muros), y que gana en incertidumbre y
angustia por todo lo que se nos oculta. Como si esa gran roca junto al lago
fuera un obstáculo mental, una niebla que nos impide llegar a comprender,
cuando esto, al menos para Coro, la protagonista de esta historia, es mucho más
factible en la noche. No sabemos si en una noche cercana a la de los místicos o
como una referencia a la oscuridad de lo subconsciente, pero eso de sentir
próxima la verdad y no alcanzarla es lo que provoca ese agobiante suspense.
Porque, desde
luego, sí que hay tensión, una tensión continua, una angustia sin resolver, no
solo porque la narración se inicia con una huida, precipitada e imprudente, de
una vida vacía e insatisfactoria, sino porque tampoco sabe Coro, tras atravesar
por pura necesidad la negra verja de la casa, qué demonios hace allí. Nadie la
retiene, pero tampoco nadie la ayuda. Nadie responde a sus preguntas. Los
diálogos que ella intenta establecer nunca encuentran eco; cada una de las
mujeres sigue sus propios hilos mentales con algo parecido a la frialdad o la
indiferencia. De hecho, si no fuera por el desasosiego que provoca la falta de
respuestas, las situaciones de ese tipo podrían considerarse hasta cómicas.
Como un diálogo de besugos, pero con algo más de trascendencia.
La cuestión es que allí, en Betania (por cierto, lugar de resurrección si recordamos al hermano de Marta y María), las mujeres, como una comunidad monástica, asumen sus funciones, sus ritos, aunque estos se nombran pero no se muestran, lo que aumenta el misterio como en las religiones desconocidas. Hay una jerarquía. Una anciana ciega tratada tal que un ídolo, con la que es difícil comunicarse porque habla en otro idioma. Una niña criada como una buena salvaje, cuyo origen y destino desconocemos. Unas gemelas (también en Eterno amor hay un juego de espejos semejante; también Coro tenía una hermana en la que mirarse; también el título de la obra incide en la dualidad, a la manera, además, de los títulos de los tratados clásicos).
Otra mujer, Gloria, más oscura,
independiente y activa, que vive en el sótano. Hay, por otra parte, mucha
violencia latente. (Dormir con un cuchillo bajo la almohada no es nada
tranquilizador.) Y perros, como sombras personales, que las protegen, mientras
las cabras campan a sus anchas en un entorno salvaje dominado por el bochorno y
los insectos. Porque la naturaleza no se muestra idealizada y Betania no es el
paraíso perdido que uno ansiaría encontrar.
Así que De
bestias y aves no es para nada un libro amable. Los lectores impacientes no
sabrán saborearlo, a pesar de su poesía. Se sentirán atrapados en ese no tiempo
que no avanza, en el calor y las heridas y en las pegajosas plantas acuáticas y
en la amenaza de los sapos venenosos. En la angustia de no encontrar una salida
ni poder establecer comunicación con el exterior (allí no hay teléfonos, ni
móviles, ni gasolina; allí parece que no ha llegado el progreso). Así nos
sentimos al entrar en Betania, como si hubiéramos llegado a un gran error.
Aunque quizás sea todo lo contrario y los mecanismos propios del lugar se
revelen como los más propicios para encontrar el sentido, el cambio con
mayúsculas que alguno, entre los que me incluyo, necesita.
Fuente: https://www.criticoestado.es/una-naturaleza-poco-amable-donde-encontrarse/
ENTREVISTA A
PILAR ADÓN POR DE BESTIAS Y AVES
La escritora
Pilar Adón viene a plató para hablarnos de su novela De bestias y aves (Galaxia
Gutenberg) y de Betania, la localidad en el campo con unas características
especiales, casi mágicas. Nos ha hablado de su necesidad de huir, de refugios,
de dónde está esa Betania...
Culturas 2 - RTVE | 3 NOVIEMBRE 2022
ENTREVISTA
LECTURAS SUMERGIDAS
| Literatura, Nº71 / Septiembre-Octubre 2022
“La necesidad de
escapar es lo que anima mi literatura”
– ¿En qué
momento y circunstancias sitúas De bestias y aves? Sus atmósferas, sus
búsquedas, la acercan mucho a tu novela anterior, Las efímeras. Es como entrar
en un territorio que nos resulta familiar.
– Sí, me gusta
la idea de que las novelas que escribo se comuniquen entre sí. Empecé con esta
historia cuando terminé Las efímeras. Siempre hago lo mismo. No dejo que pase
tiempo entre la que acabo y la siguiente. Me gusta tener una novela que me
acompañe, me da seguridad. Es como tener a alguien esperándote en casa, y,
aunque no sea constante con la escritura, sé que está ahí y todo lo que hago:
pensar, dar vueltas a ideas, tomar notas y observar, lo hago con un propósito
que es la novela que tengo en mente. Lo que sucede es que en este caso sí hubo
unas circunstancias especiales…
lunes, 23 de marzo de 2026
"La rama verde", de Eloy Sánchez Rosillo | miércoles 25 | 19:30 h
LA RAMA VERDE
ANTONIO MARÍN ALBALATE | 28 ENERO 2021
Eloy Sánchez Rosillo es un clásico al que se le reconoce, sobre todo, por la difícil sencillez con la que acomete el poema para darle brillo y vuelo. Y se le reconoce, claro, por su voz, inconfundible como la de Serrat, que tanto le admira («Eloy Sánchez Rosillo es muy buen poeta») y que cito aquí porque así me lo dijo un día de 1999 a propósito de cierta conversación acerca de quién podría prologar un artefacto literario del que ya tenía contrato editorial y que, afortunadamente, nunca vería la luz.
Aquellas palabras del citado año me
llevaron a releer La vida, a la sazón último libro de Eloy publicado tres años
antes, para encontrarme con su ‘Vieja canción’: «He escuchado en la radio, por
azar, hace un rato, / una vieja canción». A su vez, este poema me llevó al
disco Sombras de la China (1998), donde Joan cantaba ‘Una vieja canción’:
«Viene a tu encuentro / desde el olvido [...] tan dulce / y tan ingrata / una
vieja canción. / Rastreando lo que fuiste [...] buscarás por aquel / tiempo que
ya no existe [...] al volverla a escuchar / por la radio». La melancólica
melodía del tono, elegíaco en ambos artistas, junto a ciertos parecidos
razonables en cuanto a lo escrito, me llevaron a preguntarme (todavía hoy lo
hago) si acaso Joan no se inspiraría en el poema de Eloy para su “vieja
canción”.
De lo que no hay duda, nadie lo puede
negar, es que Serrat y Sánchez Rosillo son dos grandes que ya han dejado huella
y, por supuesto, toda una escuela detrás. Pero eso es otra historia.
He de confesar que sigo a Eloy (igual
que a Serrat, me apetece seguir citándolo), como un sabueso, desde que en 1978
publicara Maneras de estar solo (Premio Adonáis del año anterior), un libro
donde entre «la luz mediterránea» y «la plata apacible del olivo» ya se
anunciaba el poeta que era y ha sido siempre. Luego llegarían Páginas de un
diario (El Bardo, 1981), Elegías (Trieste, 1984), Autorretratos (Edicions 62,
1989), Las cosas como fueron, su primer tomo de poesía completa (Editorial
Comares/La veleta, 1992 y 1995). A partir de ahí ficharía con Tusquets, donde
vieron la luz La vida (1996), Las cosas como fueron. Poesía completa 1974-2003
(2004), La certeza (2005, Premio Nacional de la Crítica de ese año), Oír la luz
(2008), Sueño del origen (2011), Antes del nombre (2013), Quién lo diría
(2015), Las cosas como fueron. Poesía completa 1974-2017 (2018) y La rama verde
(2020).
Con Eloy pasa como con Serrat cuando
saca obra nueva, es como si fuera la misma canción o el mismo poema
prolongándose una y otra vez en el tiempo. En apariencia, claro está, porque
cuando entras en profundidad a leerle siempre descubres, no sin asombro, un
hallazgo inesperado, algún matiz nuevo, un trallazo semántico, un fulgor que te
ciega y te deja K.O.; algo que todavía te sorprende y que, como cantara mi
querido cantautor en su mencionado tema, «te manda a la lona / de un gancho al
corazón».
Este pequeño exordio, o lo que podría
ser “un irse por las ramas”, no es más que mi rendición total y absoluta ante
el poeta y su obra última, La rama verde, que publicara en noviembre del pasado
2020. Son sesenta y cuatro poemas en total, escritos entre 2015 y 2019, de una
inexplicable y conmovedora belleza; es, por tanto, un libro de honda
“duración”, como titula el poema que lo abre.
En La rama verde
se citan el recuerdo y la añoranza por la fugacidad del tiempo que ya es elegía
como, verbigracia, la que muestra el poema ‘En la mañana inmensa’.
Cuánto tiempo ha
pasado ya, hijo mío,
desde aquella
mañana que dije en un poema
en el que se nos
ve a ti y a mí en la playa,
[…]
por la arena
caliente de la dicha...
Hasta que a mi
conciencia, no sé por qué, de pronto,
vino el sentir
del tiempo y levantó
entre tu
ingenuidad y mi tristeza súbita
la visión
desolada de un futuro
vertiginoso, en
el que ya no estabas
a mi lado:
vagabas por el mundo
y yo quizá había
muerto.
Y tras leerlo, con la palabra
paternidad (sólo quien la conoce lo sabe) temblando en la boca, acudimos a sus
Autorretratos para bucear en los versos filiales de aquella mañana que
inmortalizara en ‘La playa’.
Nadie puede
quitarme --me digo-- la ilusión
de soñar que ha
existido esta mañana.
[…]
y yo beso tus
ojos, tus mejillas, tu pelo,
tu niñez
jubilosa. El mar está
muy azul y muy
plácido. A lo lejos,
algunas velas
blancas. El sol deja
su oro violento
en nuestra piel.
[…]
Pero escucho, de
pronto,
el ruido
terrible y oscuro y velocísimo
que hace el
tiempo al pasar, y la firmeza
de mi sueño se
rompe; se hace añicos
—como un cristal
muy frágil— la ilusión
de estar aquí,
contigo, junto al agua.
[…]
Y te veo crecer,
y alejarte. Ya no eres
el niño que
jugaba con su padre en la playa.
[…]
Estás solo y me
buscas. Pero yo he muerto acaso.
Sánchez Rosillo, como vemos, tiene el don
de volver a lo ya escrito para seguir conmoviéndonos, esa es su grandeza. El
don de Don Eloy es también, para eso es bardo verdadero, el impulso bien medido
de quien tiene en sus manos el fuego y sabe cómo disponerlo ante nuestra
mirada.
Leer a Eloy es “entrar en el silencio”
para “estar entre las cosas” sabiendo que «lo importante es vivir, aunque el
vivir nos duela / estar vivos del todo mientras dure la vida». La vida siempre
en el eterno El(h)oy que será “hasta el final de un día” celebración, aunque la
tristeza esté ahí y haga preguntarse al poeta: «Por qué estás triste, dime. No
es posible / que a estas alturas de la edad no hayas / aprendido a vivir, / que
todavía no comprendas nada. Todo está bien. Deberías darte cuenta».
Pero hay días en que,
irremediablemente, el abatimiento nos hace caminar cabizbajos, más aún si se
pasea junto a la mansedumbre de un mar que va y viene, entre olas y adioses, y
más aún si se ha cruzado el umbral de cierta edad y te da por pensar con el
poeta en ‘La hora irrevocable’: «en la hora atroz, en la hora irrevocable / en
la que debería estar colmado. / ¿Qué explicación darás si alguien pregunta? / Y
más que nada, ¿qué podrás decirle / a quien tú eres cuando llegue el trance /
de penetrar en lo desconocido?». Días en los que, ‘En el hueco del instante’,
nos vemos con la edad del poeta diciéndonos: «que tenga yo —de pronto— más de
setenta años / y no sepa muy bien qué ha sido de la vida». Diciéndonos, para
sucumbir ante el enigma: «Mejor no detenerse a meditar. Y seguir caminando».
Seguir caminando
contra el horror de mirar el paso del tiempo en las manos y no saber dónde
esconderlas. Llegar a casa y ponerse los guantes de leer para abrir, al azar,
cualquier página de La rama verde. Y leer, leerle temblando como pétalo de
oscura flor ante esos versos que tanto estremecen: «Has llegado a tu casa. /
Por el balcón empieza a entrar la noche. / Y tú, en tu cuarto, ya eres sólo
sombra».
Leer y recomponerse, sabiendo que en suma todo es una resta, porque «la vida empuja, arrastra, no da tregua, / y nos lleva y nos trae, nos da y nos quita». Y otra vez Serrat asaltándonos con el estribillo de ‘Una vieja canción’, «Y nos toma, / nos trae, / nos lleva, / nos mata», para preguntarnos ahora si no se inspiraría Sánchez Rosillo en él para esos versos del poema ‘Era septiembre’.
Leer a este bardo de honda melancolía
celebratoria, tan merecidamente reconocido, leerlo dándonos cuenta que, como
Serrat, nos toma, nos trae, nos lleva, nos da motivos para conciliarnos con “el
viento del existir”: «Tengo setenta años / y ha pasado la vida. / El sol
restalla aún en las alturas / su látigo de fuego».
Lean, leamos pues a Eloy Sánchez
Rosillo colgados de La rama verde, clorofila de hoja perenne del «árbol del
vivir, / árbol de la ilusión y de los desengaños». Leámoslo para seguir oyendo
la luz, ¡quién lo diría!, del poeta de la certeza que, desde el sueño del
origen mismo, se ha ido destilando, poema a poema, libro a libro, para quedar,
antes del nombre, en el nombre mismo de las cosas.
Fuente: https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/la-biblioteca-de-alonso-quijano/la-rama-verde
UN POEMA DE LA RAMA VERDE
ENTREVISTA A ELOY SÁNCHEZ ROSILLO
- ¿Cómo fueron
tus inicios como escritor? ¿Qué te llevó a escribir, qué dificultades
encontraste para escribir y, en su caso, para publicar?
- Empecé a escribir en serio cuando cristalizó de súbito y de manera firmísima mi vocación, a los diecisiete años, como he dicho otras veces. El escribir poemas y pensar que esa era la única ocupación que merecía la pena fue a la vez una maravilla (porque sentía en mí «la luz con el tiempo dentro») y una tortura (ya que no era capaz de plasmar esa luz en el papel y los poemas de los primeros tiempos eran muy flojos). Pero una vocación verdadera es invulnerable y, a pesar de todo, seguía trabajando con ilusión y constancia. Para publicar no tuve dificultades, pues me acompañó la suerte y, cuando después de una larga etapa de aprendizaje, me vi con un primer libro en las manos hice lo único que en mi caso podía hacer: enviarlo a un premio literario. Otro camino no había. Es la única vez en mi vida que he concursado. Sonó la flauta y gané el premio Adonáis. Después todo fue siendo un poco más fácil, aunque en modo alguno un camino de rosas.
lunes, 23 de febrero de 2026
"Orgullo y prejuicio", de Jane Austen | miércoles 25 | 19:30 h
JUICIO SOCIAL Y APRENDIZAJE DE LA MIRADA
Anny Wanessa
Mass Pille | 3 FEBRERO 2026
En Orgullo y
prejuicio, Jane Austen convierte la observación social en una maquinaria
narrativa precisa, donde el juicio nace en el roce cotidiano entre las
expectativas de los personajes, quienes buscan de manera constante comprender
al otro con el que interactúan en la cotidianidad. Desde ese punto de partida,
la novela sitúa el juicio en el centro de la experiencia narrativa y lo somete
a un proceso de ajuste progresivo que se despliega a lo largo de la vida social
ordinaria.
En ese marco,
el relato organiza su materia en escenas reconocibles: visitas, bailes,
conversaciones y desplazamientos breves que configuran un espacio compartido de
lectura mutua. En tal sentido, la forma narrativa enlaza percepción y afecto en
un mismo movimiento, de modo que cada encuentro añade una capa a la
interpretación del otro. Asimismo, la ironía acompaña ese proceso sin imponerse
como voz externa, permitiendo que el aprendizaje emerja desde la acción y desde
la palabra.
Contexto y
publicación
Publicada en
1813, Orgullo y prejuicio se inscribe en la consolidación de la novela de
costumbres inglesa, un momento en el que la vida cotidiana adquiere espesor
literario como espacio de observación moral. Austen elige un entorno reducido y
estable, compuesto por familias interrelacionadas, herencias condicionadas y
trayectorias sociales previsibles. De este modo, la cotidianeidad se vuelve
campo de experimentación narrativa, no por la excepcionalidad de los hechos,
sino por la atención sostenida a los modos de relación.
Ese marco
social articula el matrimonio como forma de estabilidad económica y de
reconocimiento simbólico. En la familia Bennet, dicha centralidad se
intensifica por la fragilidad patrimonial y por la presión comunitaria que
convierte cada interacción en un acto observado. Por ello, el entorno regula
aspiraciones y conductas mediante prácticas reiteradas, situando a los
personajes dentro de una red de expectativas que condiciona decisiones y
lecturas.
En el plano
formal, la narración adopta una economía expresiva que favorece la claridad sin
perder complejidad. En tal sentido, la combinación de escena y comentario
indirecto permite que el juicio se construya dentro del desarrollo narrativo,
sin recurrir a explicaciones externas. Asimismo, la distancia crítica se
mantiene integrada al movimiento del relato, lo que refuerza la coherencia
entre la forma adoptada y el mundo social representado.
Argumento y
arquitectura narrativa
La
arquitectura de Orgullo y prejuicio se apoya en una secuencia de encuentros que
funcionan como pruebas de interpretación. El primer contacto entre Elizabeth
Bennet y Fitzwilliam Darcy establece un marco de lectura inicial que orienta la
percepción mutua y condiciona las escenas posteriores. A partir de ese
encuentro, el relato avanza mediante lecturas parciales en las que la
información disponible se organiza según disposiciones previas.
En
consecuencia, la circulación de datos se produce por vías indirectas:
comentarios de terceros, impresiones compartidas en espacios sociales y cartas
que reordenan la comprensión de los hechos. Así, el sentido se construye en
capas sucesivas, obligando a los personajes a reconsiderar lo que creen saber
del otro a medida que la experiencia se acumula.
Este diseño
narrativo privilegia la progresión gradual. De este modo, cada escena introduce
una corrección mínima que desplaza la interpretación anterior sin clausurarla
de inmediato. La trama se sostiene en ese ajuste continuo de la mirada,
integrando la dimensión afectiva a la evaluación social y preparando el
desarrollo ético posterior de los personajes.
Temas y
símbolos
La novela
articula sus temas centrales a partir de prácticas sociales concretas que se
repiten y se transforman a lo largo del relato. En tal sentido, el juicio
aparece como una actividad cotidiana, ejercida en conversaciones, visitas y
decisiones que exigen interpretar al otro en un marco de expectativas
compartidas. Esa práctica no se presenta como facultad abstracta, sino como
hábito que se afina mediante la experiencia y la memoria de los errores.
Asimismo, el
orgullo funciona como signo de autopercepción y de pertenencia social. Su
presencia organiza distancias, regula gestos y condiciona el modo en que los
personajes se muestran en público. De este modo, el orgullo adquiere dimensión
simbólica, pues señala la tensión entre identidad personal y mirada ajena. El
prejuicio, por su parte, se vincula con la rapidez de la inferencia y con la
circulación del rumor, lo que refuerza su carácter socialmente producido.
En
consecuencia, el afecto no se construye por iluminación repentina, sino por
ajuste progresivo. El amor se vuelve legible cuando la lectura del otro se
vuelve más precisa. Así, el reconocimiento mutuo opera como símbolo de madurez,
integrando deseo y comprensión dentro de un mismo proceso narrativo.
Estilo y
recursos expresivos
El estilo de
Austen se caracteriza por una prosa clara que sostiene una ironía constante sin
interrumpir la escena. En ese registro, la ironía cumple una función
estructural, ya que permite señalar desajustes entre percepción y realidad sin
recurrir a explicaciones externas. El efecto se logra mediante una dosificación
precisa del comentario narrativo, siempre integrado al fluir de la acción.
Asimismo, el
uso del discurso indirecto libre acerca la narración a la conciencia de los
personajes y conserva, al mismo tiempo, un margen de evaluación crítica. De
este modo, la técnica organiza capas de sentido, ya que el lector percibe la
parcialidad del juicio antes de que los propios personajes la reconozcan. Esa
anticipación sostiene la tensión interpretativa sin acelerar el desarrollo.
El diálogo
ocupa un lugar decisivo como espacio de prueba social. Cada intercambio verbal
redefine posiciones y revela jerarquías, de manera que una frase puede alterar
el equilibrio de una escena. Por ello, la palabra se convierte en instrumento
de evaluación, reforzando la coherencia entre forma narrativa y análisis
social.
La obra de Austen en el cine y la televisión
Recepción e
influencia
Desde su
publicación, Orgullo y prejuicio mantuvo una recepción sostenida que combinó
circulación amplia y atención crítica. En tal sentido, la obra se consolidó
como referencia de la novela de costumbres, debido a su capacidad para examinar
la vida cotidiana con precisión formal. La claridad de su prosa facilitó la
difusión, mientras que la complejidad de su diseño sostuvo la lectura
analítica.
Asimismo, la
influencia de la novela se extendió a desarrollos posteriores del realismo, en
particular en la atención al detalle y en la construcción de conflictos a
partir de interacciones mínimas. De este modo, el modelo narrativo de Austen
dejó una huella perenne en el plano literario, visible en la manera de pensar
la escena social como un espacio de aprendizaje moral.
Las lecturas
contemporáneas han abordado el texto desde enfoques de género, clase y
afectividad, sin agotar su potencial interpretativo. Por ello, la vigencia
crítica de la obra se apoya en su precisión, que permite nuevas aproximaciones
sin perder coherencia interna.
Comprender al
otro como forma de madurez
El desenlace
de Orgullo y prejuicio reúne los hilos narrativos en torno a una comprensión
más ajustada del vínculo con los demás. En ese cierre, las uniones finales
adquieren sentido como resultado de un proceso de aprendizaje, sostenido por
errores, correcciones y experiencias compartidas. El afecto se afina cuando la
lectura del otro se vuelve más cuidadosa y responsable.
Asimismo, la
novela muestra que el orden social no desaparece, aunque puede habitarse con
mayor lucidez. Elizabeth y Darcy alcanzan un acuerdo en el que deseo y criterio
se integran a partir de la experiencia acumulada. De este modo, la inteligencia
emocional adquiere espesor narrativo, anclada en la cotidianidad que la obra
explora.
En conjunto,
Orgullo y prejuicio permanece como una formulación central de la novela de
costumbres porque convierte el juicio en proceso y lo inscribe en la forma
narrativa. Así, la narración educa la mirada, invitando a una lectura atenta
del otro y de las condiciones sociales que configuran el vínculo.
Fuente:
https://resenasliterarias.com/orgullo-y-prejuicio-juicio-social-y-aprendizaje-de-la-mirada/
VIDEOCONFERENCIA
La
"pequeña Inglaterra" de Jane Austen, videoconferencia del catedrático
de Filología Inglesa Fernando Galván donde introduce las novelas de la
escritora inglesa a través de un relato biográfico, centrándose en las
relaciones familiares, lugares y anécdotas personales de la autora.
Entre
las obras comentadas, se cuentan varias de sus obras de juventud, como Amor y
amistad y Lady Susan, y las primeras novelas extensas –Sentido y Sensibilidad y
Orgullo y prejuicio–, así como la última novela terminada, Persuasión.






















