sábado, 13 de junio de 2026

"El peligro de estar cuerda", de Rosa Montero | miércoles 17 | 19:30 h

 



Cada libro me va dando un poco más y este creo que me ha ayudado bastante. A veces me preguntan: «¿Por qué tratas tanto de la muerte en tus libros?». Y digo: «¿Es que se puede hablar de otra cosa?». Ese es el tema básico detrás de todo, pero la gente no se da cuenta. Y detrás de todo está el miedo a la muerte, el sin sentido del amor. Yo la verdad es que cada vez he ido surfeando mejor eso. No tiene ninguna gracia morirse, pero bueno, tengo evidentemente bastante menos miedo a la muerte ahora que estoy mucho más cerca que cuando era joven.

 

Rosa Montero


LOS ABISMOS DE LA MENTE  

De una manera envolvente, enormemente fluida, con un tono coloquial, nos lleva a través de un paisaje cambiante, de una diversa mirada que pretende ser exhaustiva, y lo consigue

JAVIER PUIG  |  13 DICIEMBRE 2022

 

Con El peligro de estar cuerda, Rosa Montero vuelve a ese género híbrido, mezcla de lo biográfico, lo confesional, lo ensayístico y lo divulgativo. De una manera envolvente, enormemente fluida, con un tono coloquial, nos lleva a través de un paisaje cambiante, de una diversa mirada que pretende ser exhaustiva y lo consigue, dejándonos bastante saciados en cuanto a los contenidos que toca, aunque también deseosos de acceder a los libros de los que se ha nutrido y nos recomienda.

Cuando apareció el libro, pensé que estábamos ante un nuevo acaparamiento de datos biográficos de los que constituyen la base para los estudios sobre la relación entre la locura y la creatividad —y más allá de esta, la genialidad—, pero al sumergirme en sus páginas hallé —¿cómo pude haberlo dudado? — mucho más; en realidad, una reflexión profunda sobre temas gravemente existenciales. Y es que, junto a esa base que explora las diferentes problemáticas mentales que, en distinta medida, ha padecido una gran mayoría de los escritores más relevantes, hay un recorrido por los diferentes prismas de una cuestión esencial, la de la lucha contra un siempre amenazante vacío succionador, contra ese abismo que—según decía Nietzsche— nos devuelve la mirada.

Rosa Montero nos lleva de la mano, nos anticipa argumentos, y al final de todo nos informa de cómo ha culminado la tarea de hilvanar un gran compendio de datos, de experiencias propias y de las correspondientes reflexiones propiciadas. No le importa incluir las confesiones íntimas que puedan ilustrar el tema del que está hablando, sus crisis de pánico cuando joven, sus migrañas hasta los cincuenta y cinco años, sus manías, su fuerte tendencia imaginativa, sus pertinaces ensoñaciones. Se considera a sí misma perteneciente a ese 15% de PAS —personas altamente sensibles— que suele ser un rasgo común de las mentes creativas. La descripción de esa peculiaridad, la reconoce como un retrato robot del artista: mala memoria, tendencia a los desequilibrios mentales, hipersensibilidad a las críticas.


Sylvia Plath


La autora hace hincapié en que los escritores tienen un cincuenta por ciento más de posibilidades de suicidarse que la población general. Y refiere los casos de numerosos suicidas, extendiéndose particularmente en el de Sylvia Plath. Supongo que esta estadística no presupone que el riesgo se deba a la actividad —que la autora resalta como extremadamente placentera, incluso curativa— sino a que el escritor lo es, a menudo, por padecer previamente desarreglos mentales para cuyo aplacamiento esa vocación a veces no es suficiente. El título del libro lo toma de un verso de la poeta Emily Dickinson, mujer que vivió en la extravagancia de no salir de su cuarto durante muchos años. 


Como les ha pasado a otros autores, a Rosa Montero le da miedo perder esa pequeña locura de la que es consciente y que nada tiene que ver con la más devastadora, de la que nunca estamos completamente a salvo: “Estar loco es, sobre todo, estar solo. Pero estoy hablando de una soledad descomunal, de algo que no se parece en absoluto a lo que entendemos cuando decimos la palabra soledad”. Y es que las novelas contribuyen a controlar la desazón existencial: “Son una pequeña isla de significado en el mar del desorden”. Pero aún es mejor escribirlas que leerlas, porque: “Escribir es jugar con un juguete enorme”. Ella teme curarse, volverse demasiado racional, controladora de lo que está creando. Recuerdo una frase de Ernesto Sábato: “Querían hacerme psicoanálisis y, comprendiendo que podía ser eficaz, precisamente por eso no me lo quise hacer”.




Si para Camus el suicidio era el único problema filosófico, verdaderamente serio, a considerar; para Rosa Montero, de otra manera menos concernida, la atracción que pueda sentirse por esa trágica salida es un clarificador barómetro de la relación que mantenemos con nuestra existencia. Ella sabe que amar la vida no es un seguro de que se va a poder con ella, con su abrumadora y, a menudo, negra presencia. Cuando en uno de los capítulos, habla de esas vistas que fotografía desde las ventanas de los hoteles a donde acude para sus conferencias, afirma: “La vida también es un patio sórdido tapado por una malla sucia y rota”. Pero se empeña en sostener firmemente sus defensas. Es consciente de los peligros. Sabe que querer vivir a veces no es bastante, y vuelve repetidamente sobre la frase que Silvia Plath le dejó al vecino, la noche antes de suicidarse: “No quiero morir, hay tantas cosas que quiero hacer”. 
Me parece magnífica esa imagen de la discoteca desolada a la mañana siguiente, esa aparición de lo sórdido, lo desangelado e incluso terrible, tras los vivificantes deslumbramientos: “¿Has visto por casualidad alguna vez de día una discoteca en la que en la noche anterior te lo has estado pasando genial? En la oscuridad, con las luces estroboscópicas y los neones y los metales brillando bajo los focos, con la música retumbando… […] Pero, ay, pongamos que te has olvidado las gafas y que regresas a la maña siguiente a recogerlas, una bombilla mortecina ilumina el espacio raído, mortecino y mísero… La existencia es una discoteca barata vista a la luz del día”.

Cada vez que tropieza con la evidencia de una oscura y contundente amenaza, inmediatamente reacciona con un argumento implacable: “Si no hay una creencia religiosa a la que agarrarse, la existencia, bien mirada, es un absurdo. Y entonces te preguntas. ¿Por qué continuar con todo esto?  Yo tengo una respuesta a todo esto: porque la vida se regocija en seguir viviendo”. En realidad, quien se quita la vida ha sido quien más ha esperado de ella: “El suicida es un yonqui de la intensidad al que de repente se le apaga la luz, una persona a la que le es difícil relacionarse con la realidad porque a menudo la percibe como un decorado”.  Y es a que muchos de los escritores los define como “amantes de lo absoluto”. Lo que es estar muy cerca del precipicio, porque, como dice Camus: “Justamente, por esa aguda necesidad de sentirse siempre incendiados, conocen muy bien la oscuridad”. Algunos han buscado ese fervor mediante las drogas: “Entiendo lo que los llevaba al alcohol, lo hemos dicho al principio: aumenta la emocionalidad, potencia la desinhibición, amordaza al yo controlador. …Pero la bebida es una musa maligna y traicionera…” Es más seguro esperar el satori, el sentimiento oceánico, que dice la autora haber conocido alguna vez.

Desde su experiencia propia, Rosa cree, como Claire Legendre, que “hay dos formas de darle un sentido a su vida o de hacerle creer que lo tiene, amar a alguien y escribir libros”. Entonces, le puedes hasta robar unas chispas a la eternidad: “Se consigue con los estallidos de la pasión amorosa; y también cuando escribes, es decir, cuando escribes bien, cuando escribes mejor de lo que sabes escribir. Cuando bailas con las palabras”. Dedica unas cuantas páginas a las euforias de la escritura y no tanto a su reverso, al padecimiento que puede significar tocar algunos temas como heridas abiertas, o a la ansiedad por alcanzar el texto soñado, el dolor de revisar unas páginas escritas con entusiasmo y considerarlas del todo fallidas.

Aunque la autora no elude nunca las consideraciones más oscuras, su intención es siempre combativa, lo que se traduce en un esforzado optimismo. De esta manera se dirige al posible suicida que la pudiera estar leyendo: “Escucha: si alguna vez sientes que avanza el amok, si la lava se acerca con su aliento de fuego, piensa que este que ahora eres no eres tú”. Claro que tal vez el suicida, por esas palabras  podría revolverse, podría reprochar a esa buena voluntad la prolongación de un insoportable dolor. Pero hay que intentarlo. También con los deudos: “Quiero decir que no creo que debamos añadir un tormento de culpabilidades fantasmales a la pura y sagrada pena de la desaparición del ser querido”.

“Siempre he pensado que escribo, entre otras razones, para intentar perderle el miedo a la muerte”. Pero, antes de ese final, viene la vejez: “Ahora bien, si no te suicidas, y si tienes la suerte de fallecer joven, entonces te queda por delante el horizonte de hondo decaer, de un envejecimiento más o menos prolongado, más o menos cruel, ridículo y penoso”.  Y Rosa, ya acorralada por tanta adversidad como ofrece la existencia, exclama: “La vida tiene bemoles”.

Coincido con esta reflexión: “Con veinte años no podía entender cómo los viejos podían moverse tan tranquilamente, sabiendo que les quedaba tan poco de vida”. En lo que confiaba yo era en que la mente del anciano generase una protección, una inconsciencia basada en la imposibilidad de concebir enteramente el concepto de finitud en nosotros mismos. Parece que, de algún modo es así, y que, salvo una minoría de casos —recuerdo el de Susan Sontag que relataba su hijo—, el moribundo agradece al fin la falta de energía que en los últimos años había sentido como merma y que ahora acude en su salvación, invitándolo a deponer sus armas, renunciando al conflicto. 

Rosa pone de ejemplo deseable a su padre, que “falleció a los ochenta y cuatro años sin mostrar ningún miedo, con una lucidez y una entereza sobrehumanas, la mejor muerte que he visto: No llores, hija mía, que estoy muy feliz, todo está saliendo como yo quería”. También tiene palabras para su madre, para esa otra vida cumplida: “Esa madre longeva, graciosa, independiente, generosa y estoica que jamás se quejó y que pasó por el mundo como un brillante cometa”.

Montero se declara atea: “Soy una completa y convencida incrédula”, pero intuye “que hay algo más allá de este pequeño y molesto yo que nos aprisiona”. Para intentar validar esa intuición se acerca a la neurobiología en busca de respuestas a las más osadas preguntas que uno puede hacerse sobre la vida, pero, de momento, solo hay un deseo basado en escuetas evidencias: “Escucha bien lo que te digo y ten esperanza: puede que en realidad el tránsito final sea así de sencillo, así de fácil; bastaría con lograr acompasar la muerte al ritmo colectivo. Quiero morir bailando, igual que escribo”. 

Su conclusión es: “La vida es un sueño diminuto, un espejismo de luz en una eternidad de oscuridades. Y eso es nada, y es todo”. Y con ella cierra un libro redondo, intenso, sustancioso, próximo, lleno de numerosos comentarios con los que nos podemos identificar o que pueden abrir nuestra mente a interesantes e infinitos diálogos, a complementarias aportaciones a la reflexión sobre el misterioso hecho de vivir.

 

 Fuente: https://www.mundiario.com/articulo/libros/abismos-mente-peligro-estar-cuerda-rosa-montero/20221212104035258390.html



ENTREVISTA  

Rosa Montero: "Mi último libro autoriza no ser cuerdos"

Cadena SER  |  21 JULIO 2022


 





        


ENTREVISTA

ISABEL GARCÍA CINTAS | 21 SEPTIEMBRE 2022 

En la primera línea de El peligro de estar cuerda, el último libro de Rosa Montero, leemos: “Siempre he sabido que algo no funcionaba dentro de mi cabeza”. Es una anticipación del absorbente estudio que nos trae la escritora española sobre un tema que siempre le ha apasionado; los nexos entre la locura y la creatividad. Sumando experiencias personales a las de otros famosos dedicados al arte, investiga en forma exhaustiva cómo funciona el cerebro al crear una obra.

Fruto de cuatro años de elaboración, este volumen complementa, y da cuerpo, a la temática de dos de sus publicaciones anteriores: La loca de la casa y La ridícula idea de no volver a verte. Rosa lo describe así: “…la mayoría de mis libros son novelas, originales o convencionales, pero novelas al fin; y tengo tres libros a los que llamo artefactos literarios. Estos son muy difíciles de definir porque son en parte ensayo, en parte autobiografía no convencional, sino biografía de otros autores y en parte son ficción”.

(…)

Tu libro se llama El peligro de estar cuerda. ¿Por qué estar cuerda es un peligro?

Bueno, como sabes, es de un verso de Emily Dickinson. La pobre tuvo una vida muy difícil, casi seguro sufrió abusos incestuosos de su padre y probablemente de su hermano también. Eso sin duda contribuyó a alterar su equilibrio mental. Terminó no saliendo de su habitación durante los últimos quince o veinte años de su vida. En su niñez descubrió la poesía leyendo a una poeta victoriana, Elizabeth Barrett Browning y el hecho de que Browning fuera una mujer la salvó, porque se dio cuenta de que ella también podía escribir poesía.

 

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miércoles, 20 de mayo de 2026

"El final del affaire", de Graham Greene | miércoles 27 | 19:30 h

 





EL ADULTERIO SEGÚN GRAHAM GREENE

Los personajes del escritor británico son buenos perdedores, pues el autor fue un católico de izquierda que consideraba el triunfo algo grosero

SANTIAGO GAMBOA | 24 ABRIL 2020

 

¿Cuántos estilos de mujer hay en la literatura? Probablemente tantos como tipos humanos hay en la extensa vida que esa misma literatura observa, interroga y persigue. Pero una de las más intrigantes, en todo lo que llevo leído, se llama Sarah Miles, y es la protagonista de El fin de la aventura, de Graham Greene, una extraordinaria novela que, en mi clasificación personal, contiene uno de los mejores primeros párrafos de la Literatura del siglo XX. Vayan a leerlo. 

El argumento es clásico y corresponde, según la tipología de Tzvetan Todorov, al siguiente paradigma: “Dos quieren estar juntos y muchas cosas se interponen”, patrón narrativo que puede incluir desde La Odisea hasta Doctor Zhivago, pasando por Romeo y Julieta o La Celestina, pero también a las largas telenovelas latinoamericanas, cuya extensión suele depender de la siguiente pregunta: “¿Cuántos obstáculos puede haber en la vida para el amor?”. Porque el amor, claro, es el motor de la historia. Es la historia.



Graham Greene y Catherine Waltson

Según los biógrafos de Greene, El fin de la aventura –también traducida en castellano como El fin del romance o El final del affaire– le sirvió para sacarse la espina de un amor triste y doloroso, pues toda novela, en el fondo, es también de autoayuda.

La acción ocurre durante los bombardeos de Londres de 1944. Los personajes masculinos son Henry Miles, el marido de Sarah, y Maurice Bendrix, su amante y vecino, un escritor con poca suerte, solitario y oscuro. La guerra, que en las historias clásicas suele dividir a los amantes (recuerden Los novios, de Manzoni), en este caso los une. Bendrix y Sarah se citan en diferentes lugares y hacen el amor en medio de la oscuridad de los apagones, las sirenas antiaéreas y el crepitar de los incendios lejanos. La proximidad y el entorno de la muerte aviva el frenesí, su urgencia e intensidad. El viejo Tánatos excitando a Eros. “Nunca he querido, ni podré jamás querer a un hombre como te quiero a ti”, le dice Sarah. El amor es profundo, desgarrado, lleno de temores y sospechas por parte de Bendrix, mientras que el de Henry Miles, el marido, es racional, sereno. En las novelas, incluso en las de escritores católicos como Greene, el amor apasionado es siempre el amor adúltero. “Los amantes celosos son más respetables, menos ridículos que los maridos celosos. La literatura les sirve de sostén”, escribe Greene. ¿Qué es entonces lo que se interpone entre Bendrix y Sarah?

En uno de sus encuentros clandestinos, Maurice se levanta de la cama y va hasta la puerta. Ambos escucharon un ruido. Mientras él se aleja, semidesnudo, una bomba cae en el edificio provocando un gran estrépito. Sarah se levanta y llama a Bendrix, grita su nombre. No hay respuesta. Camina con temor por el corredor y lo ve al final, herido, en medio de los escombros. Entonces Sarah, en cuyo interior se daba un intenso debate sobre Dios, su existencia y la facultad de creer (al estilo Greene), hace su fatal promesa: “Renunciaré a él para siempre con tal de que lo hagas vivir de nuevo y le des una oportunidad”. En ese momento la mano de Bendrix se mueve, y se levanta de los escombros y el polvo. De este modo, el fin de la aventura es el precio que paga Sarah por revivir a su amante, y su sacrificio es no volver a verlo. Seguir amándolo a distancia. “La gente puede amar sin verse, ¿no es cierto?”, escribe Greene, ¿no se ama a Dios sin haberlo visto nunca? El obstáculo, en la novela, es que para Sarah el amor humano se contrapone al amor sagrado, y prefiere sufrir para salvar al hombre que ama. En su diario le dice a Dios: “Déjame ocupar tu lugar en la cruz”.


      

Adaptaciones cinematográficas

Pero hay más, pues El fin de la aventura no sólo es una novela sobre el amor y los celos. También es una novela sobre el modo en que se escribe una novela de amor y celos: “Hacía diariamente mis quinientas palabras, pero los personajes no empezaban siquiera a vivir. El escribir depende mucho de la superficialidad de los días. Podemos estar preocupados con compras y réditos y conversaciones casuales, pero la corriente del inconsciente continúa fluyendo imperturbable, resolviendo problemas, planeando; nos sentamos ante el escritorio, estériles y desanimados, y de repente las palabras vienen a nosotros”. Entre página y página, el autor parece deslizar su propia confesión: “Cuando uno es feliz, puede soportar cualquier disciplina; la desdicha es lo que altera los métodos de trabajo”, una desdicha que enmascara el odio que puede provocar la incomprensión del desamor. ¿Por qué? Bendrix sólo logra comprender a Sarah después de leer sus diarios, cuando ella ya no está.

Y tal vez logra liberarse del odio de la incomprensión. “Cuando empecé a escribir dije que esta era una historia de odio, pero ahora no estoy tan convencido. Acabo de levantar mis ojos del papel y he visto mi propio rostro en un espejo cercano y no he podido evitar pensar: ¿tiene el odio, realmente, este semblante?”.

He reconocido a muchos personajes de Graham Greene en la vida real y ante ellos siento siempre la misma curiosidad: ¿qué drama profundo esconden? ¿cuál es la zona turbia de sus vidas? El último se llamaba Fergus Bordewich y era redactor de Selecciones del Reader's Digest. Estaba sentado en el bar del Hotel El Aurassi, en Argel, y observaba a la gente con una mirada que podía oscilar entre la ingenuidad y el temor. Bordewich no estaba allí para cubrir un evento político —como era mi caso—, sino para buscar historias, algo original que contarle a sus lectores. Al tercer whisky me explicó que en ciudades en las que se concentraba la atención del mundo era fácil encontrar fábulas ejemplares, pero que éstas no se daban en los lugares de interés habitual. Por eso, con su teoría sobre los caracteres humanos, Bordewich había pasado la jornada en una dentistería del barrio de Bab El Oued, pero no había encontrado nada mencionable. “Mala cacería”, me dijo antes de irse, con la punta de la corbata metida en su cuarto whisky.

Así son los personajes de Greene, buenos perdedores, pues él era un católico de izquierda que consideraba el triunfo algo grosero. Como el sacerdote alcohólico y sacrílego de El poder y la gloria; o el arquitecto desencantado que decide confinarse en un leprocomio africano para redimir su alma en Un caso acabado; la rabia de Greene, su fastidio vital, lo llevó a sorprendentes síntesis: “Sólo llora quien ha sido antes feliz”, afirma en Viaje sin mapas, “detrás de cada lágrima siempre se esconde algo envidiable”. Pero a pesar de su crueldad, el mundo de Graham Greene es atractivo, porque es el único mundo posible: en él vivimos. Greene lo retrató como nadie, tal vez de tanto recibir sus golpes. “Un romántico siempre tiene miedo de que la realidad no colme sus expectativas”, escribió en Nuestro hombre en La Habana, y sentenció, con resignación: “Los románticos esperan demasiado”.

 

Fuente: https://elpais.com/cultura/2020/03/15/babelia/1584305112_540463.html




GRAHAM GREENE, BRITÁNICO IMPASIBLE

Reportaje que nos recuerda al escritor inglés con motivo de su fallecimiento el 3 de abril de 1991

RTVE  |  6 ABRIL 1991








domingo, 26 de abril de 2026

"De bestias y aves", de Pilar Adón | miércoles 29 | 19:30 h

 


Premio Nacional de Narrativa (2023)

Premio de la Crítica Española al Mejor Libro en Castellano publicado en 2022

Premio Francisco Umbral al Libro del Año (2023)

Premio Cálamo (2023) 



Nunca he tenido un sentimiento fuerte de pertenencia ni a la ciudad ni al pueblo. Sentía que no acababa de ser de ningún sitio y eso es algo muy importante en mi novela. Si el campo tiene un mayor peso, eso es porque el libro está muy vinculado a mi padre, que falleció hace unos años. Esta novela esconde esa pérdida.  


Pilar Adón



UNA NATURALEZA POCO AMABLE DONDE ENCONTRARSE

ELENA MARQUÉS  |  7 NOVIEMBRE 2022

Que una novela que transcurre en plena naturaleza resulte claustrofóbica puede parecer un contrasentido. Pero para sentirse atrapado, está claro, no hace falta permanecer en una cárcel.

De bestias y aves¸ última obra de la escritora madrileña Pilar Adón, se desarrolla en buena parte al aire libre, en un extraño entorno femenino, ensayado quizás en el cuento Eterno amor (Páginas de Espuma, 2021), donde de nuevo una comunidad de mujeres que vive anclada en el no tiempo (o simplemente en el presente) ve perturbadas su paz y sus costumbres por la llegada de un intruso.

Aunque no es esto un buen resumen del libro. Si hay un conflicto, que resulta, según los manuales de narratología y los talleres de escritura al uso, imprescindible para la existencia de una novela, no es la pequeña lucha que establecen con ese hombre, que viene de fuera, como la mayoría de las amenazas, y reivindica las tierras donde viven las mujeres como suyas, sino algo mucho más profundo, más íntimo. Un conflicto que mantiene la protagonista consigo misma por haber sobrevivido a un naufragio familiar. Un ahogo que se hace físico, que se traduce en palabras, en una sintaxis sincopada, rota, arisca, tan agreste como la naturaleza, hecha de calor y zarzas, que la rodea. Una pugna que se traduce en repetidos símbolos (el agua y su profundidad y su reflejo, parada y en movimiento, vida y muerte, espacio de tránsito; los vestidos uniformados; el subsuelo y el laberinto; las ruinas y los muros), y que gana en incertidumbre y angustia por todo lo que se nos oculta. Como si esa gran roca junto al lago fuera un obstáculo mental, una niebla que nos impide llegar a comprender, cuando esto, al menos para Coro, la protagonista de esta historia, es mucho más factible en la noche. No sabemos si en una noche cercana a la de los místicos o como una referencia a la oscuridad de lo subconsciente, pero eso de sentir próxima la verdad y no alcanzarla es lo que provoca ese agobiante suspense.

Porque, desde luego, sí que hay tensión, una tensión continua, una angustia sin resolver, no solo porque la narración se inicia con una huida, precipitada e imprudente, de una vida vacía e insatisfactoria, sino porque tampoco sabe Coro, tras atravesar por pura necesidad la negra verja de la casa, qué demonios hace allí. Nadie la retiene, pero tampoco nadie la ayuda. Nadie responde a sus preguntas. Los diálogos que ella intenta establecer nunca encuentran eco; cada una de las mujeres sigue sus propios hilos mentales con algo parecido a la frialdad o la indiferencia. De hecho, si no fuera por el desasosiego que provoca la falta de respuestas, las situaciones de ese tipo podrían considerarse hasta cómicas. Como un diálogo de besugos, pero con algo más de trascendencia.

La cuestión es que allí, en Betania (por cierto, lugar de resurrección si recordamos al hermano de Marta y María), las mujeres, como una comunidad monástica, asumen sus funciones, sus ritos, aunque estos se nombran pero no se muestran, lo que aumenta el misterio como en las religiones desconocidas. Hay una jerarquía. Una anciana ciega tratada tal que un ídolo, con la que es difícil comunicarse porque habla en otro idioma. Una niña criada como una buena salvaje, cuyo origen y destino desconocemos. Unas gemelas (también en Eterno amor hay un juego de espejos semejante; también Coro tenía una hermana en la que mirarse; también el título de la obra incide en la dualidad, a la manera, además, de los títulos de los tratados clásicos).

Otra mujer, Gloria, más oscura, independiente y activa, que vive en el sótano. Hay, por otra parte, mucha violencia latente. (Dormir con un cuchillo bajo la almohada no es nada tranquilizador.) Y perros, como sombras personales, que las protegen, mientras las cabras campan a sus anchas en un entorno salvaje dominado por el bochorno y los insectos. Porque la naturaleza no se muestra idealizada y Betania no es el paraíso perdido que uno ansiaría encontrar.

Así que De bestias y aves no es para nada un libro amable. Los lectores impacientes no sabrán saborearlo, a pesar de su poesía. Se sentirán atrapados en ese no tiempo que no avanza, en el calor y las heridas y en las pegajosas plantas acuáticas y en la amenaza de los sapos venenosos. En la angustia de no encontrar una salida ni poder establecer comunicación con el exterior (allí no hay teléfonos, ni móviles, ni gasolina; allí parece que no ha llegado el progreso). Así nos sentimos al entrar en Betania, como si hubiéramos llegado a un gran error. Aunque quizás sea todo lo contrario y los mecanismos propios del lugar se revelen como los más propicios para encontrar el sentido, el cambio con mayúsculas que alguno, entre los que me incluyo, necesita.


Fuente: https://www.criticoestado.es/una-naturaleza-poco-amable-donde-encontrarse/



ENTREVISTA A PILAR ADÓN POR  DE BESTIAS Y AVES

La escritora Pilar Adón viene a plató para hablarnos de su novela De bestias y aves (Galaxia Gutenberg) y de Betania, la localidad en el campo con unas características especiales, casi mágicas. Nos ha hablado de su necesidad de huir, de refugios, de dónde está esa Betania...

Culturas 2 - RTVE  |  3 NOVIEMBRE 2022





ENTREVISTA  

LECTURAS SUMERGIDAS | Literatura, Nº71 / Septiembre-Octubre 2022


“La necesidad de escapar es lo que anima mi literatura”

 



– ¿En qué momento y circunstancias sitúas De bestias y aves? Sus atmósferas, sus búsquedas, la acercan mucho a tu novela anterior, Las efímeras. Es como entrar en un territorio que nos resulta familiar.

– Sí, me gusta la idea de que las novelas que escribo se comuniquen entre sí. Empecé con esta historia cuando terminé Las efímeras. Siempre hago lo mismo. No dejo que pase tiempo entre la que acabo y la siguiente. Me gusta tener una novela que me acompañe, me da seguridad. Es como tener a alguien esperándote en casa, y, aunque no sea constante con la escritura, sé que está ahí y todo lo que hago: pensar, dar vueltas a ideas, tomar notas y observar, lo hago con un propósito que es la novela que tengo en mente. Lo que sucede es que en este caso sí hubo unas circunstancias especiales…

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lunes, 23 de marzo de 2026

"La rama verde", de Eloy Sánchez Rosillo | miércoles 25 | 19:30 h

 


 

En mi poesía, si la leemos bien, siempre ha prevalecido la celebración, el canto agradecido, incluso en sus tramos más elegíacos. La elegía y la melancolía también son formas —atenuadas y retardadas— de la alegría, de la satisfacción por el don de estar vivo.


Eloy Sánchez Rosillo 


LA RAMA VERDE

ANTONIO MARÍN ALBALATE  |  28 ENERO 2021

Eloy Sánchez Rosillo es un clásico al que se le reconoce, sobre todo, por la difícil sencillez con la que acomete el poema para darle brillo y vuelo. Y se le reconoce, claro, por su voz, inconfundible como la de Serrat, que tanto le admira («Eloy  Sánchez Rosillo es muy buen poeta») y que cito aquí porque así me lo dijo un día de 1999 a propósito de cierta conversación acerca de quién podría prologar un artefacto literario del que ya tenía contrato editorial y que, afortunadamente, nunca vería la luz.

Aquellas palabras del citado año me llevaron a releer La vida, a la sazón último libro de Eloy publicado tres años antes, para encontrarme con su ‘Vieja canción’: «He escuchado en la radio, por azar, hace un rato, / una vieja canción». A su vez, este poema me llevó al disco Sombras de la China (1998), donde Joan cantaba ‘Una vieja canción’: «Viene a tu encuentro / desde el olvido [...] tan dulce / y tan ingrata / una vieja canción. / Rastreando lo que fuiste [...] buscarás por aquel / tiempo que ya no existe [...] al volverla a escuchar / por la radio». La melancólica melodía del tono, elegíaco en ambos artistas, junto a ciertos parecidos razonables en cuanto a lo escrito, me llevaron a preguntarme (todavía hoy lo hago) si acaso Joan no se inspiraría en el poema de Eloy para su “vieja canción”.

De lo que no hay duda, nadie lo puede negar, es que Serrat y Sánchez Rosillo son dos grandes que ya han dejado huella y, por supuesto, toda una escuela detrás. Pero eso es otra historia.




He de confesar que sigo a Eloy (igual que a Serrat, me apetece seguir citándolo), como un sabueso, desde que en 1978 publicara Maneras de estar solo (Premio Adonáis del año anterior), un libro donde entre «la luz mediterránea» y «la plata apacible del olivo» ya se anunciaba el poeta que era y ha sido siempre. Luego llegarían Páginas de un diario (El Bardo, 1981), Elegías (Trieste, 1984), Autorretratos (Edicions 62, 1989), Las cosas como fueron, su primer tomo de poesía completa (Editorial Comares/La veleta, 1992 y 1995). A partir de ahí ficharía con Tusquets, donde vieron la luz La vida (1996), Las cosas como fueron. Poesía completa 1974-2003 (2004), La certeza (2005, Premio Nacional de la Crítica de ese año), Oír la luz (2008), Sueño del origen (2011), Antes del nombre (2013), Quién lo diría (2015), Las cosas como fueron. Poesía completa 1974-2017 (2018) y La rama verde (2020).

Con Eloy pasa como con Serrat cuando saca obra nueva, es como si fuera la misma canción o el mismo poema prolongándose una y otra vez en el tiempo. En apariencia, claro está, porque cuando entras en profundidad a leerle siempre descubres, no sin asombro, un hallazgo inesperado, algún matiz nuevo, un trallazo semántico, un fulgor que te ciega y te deja K.O.; algo que todavía te sorprende y que, como cantara mi querido cantautor en su mencionado tema, «te manda a la lona / de un gancho al corazón».

Este pequeño exordio, o lo que podría ser “un irse por las ramas”, no es más que mi rendición total y absoluta ante el poeta y su obra última, La rama verde, que publicara en noviembre del pasado 2020. Son sesenta y cuatro poemas en total, escritos entre 2015 y 2019, de una inexplicable y conmovedora belleza; es, por tanto, un libro de honda “duración”, como titula el poema que lo abre.

En La rama verde se citan el recuerdo y la añoranza por la fugacidad del tiempo que ya es elegía como, verbigracia, la que muestra el poema ‘En la mañana inmensa’.

 

Cuánto tiempo ha pasado ya, hijo mío,

desde aquella mañana que dije en un poema

en el que se nos ve a ti y a mí en la playa,

[…]

por la arena caliente de la dicha...

 

Hasta que a mi conciencia, no sé por qué, de pronto,

vino el sentir del tiempo y levantó

entre tu ingenuidad y mi tristeza súbita

la visión desolada de un futuro

vertiginoso, en el que ya no estabas

a mi lado: vagabas por el mundo

y yo quizá había muerto.

 

Y tras leerlo, con la palabra paternidad (sólo quien la conoce lo sabe) temblando en la boca, acudimos a sus Autorretratos para bucear en los versos filiales de aquella mañana que inmortalizara en ‘La playa’.

 

Nadie puede quitarme --me digo-- la ilusión

de soñar que ha existido esta mañana.

[…]

y yo beso tus ojos, tus mejillas, tu pelo,

tu niñez jubilosa. El mar está

muy azul y muy plácido. A lo lejos,

algunas velas blancas. El sol deja

su oro violento en nuestra piel.

[…]

Pero escucho, de pronto,

el ruido terrible y oscuro y velocísimo

que hace el tiempo al pasar, y la firmeza

de mi sueño se rompe; se hace añicos

—como un cristal muy frágil— la ilusión

de estar aquí, contigo, junto al agua.

[…]

Y te veo crecer, y alejarte. Ya no eres

el niño que jugaba con su padre en la playa.

[…]

Estás solo y me buscas. Pero yo he muerto acaso.

 

Sánchez Rosillo, como vemos, tiene el don de volver a lo ya escrito para seguir conmoviéndonos, esa es su grandeza. El don de Don Eloy es también, para eso es bardo verdadero, el impulso bien medido de quien tiene en sus manos el fuego y sabe cómo disponerlo ante nuestra mirada.

Leer a Eloy es “entrar en el silencio” para “estar entre las cosas” sabiendo que «lo importante es vivir, aunque el vivir nos duela / estar vivos del todo mientras dure la vida». La vida siempre en el eterno El(h)oy que será “hasta el final de un día” celebración, aunque la tristeza esté ahí y haga preguntarse al poeta: «Por qué estás triste, dime. No es posible / que a estas alturas de la edad no hayas / aprendido a vivir, / que todavía no comprendas nada. Todo está bien. Deberías darte cuenta».

Pero hay días en que, irremediablemente, el abatimiento nos hace caminar cabizbajos, más aún si se pasea junto a la mansedumbre de un mar que va y viene, entre olas y adioses, y más aún si se ha cruzado el umbral de cierta edad y te da por pensar con el poeta en ‘La hora irrevocable’: «en la hora atroz, en la hora irrevocable / en la que debería estar colmado. / ¿Qué explicación darás si alguien pregunta? / Y más que nada, ¿qué podrás decirle / a quien tú eres cuando llegue el trance / de penetrar en lo desconocido?». Días en los que, ‘En el hueco del instante’, nos vemos con la edad del poeta diciéndonos: «que tenga yo —de pronto— más de setenta años / y no sepa muy bien qué ha sido de la vida». Diciéndonos, para sucumbir ante el enigma: «Mejor no detenerse a meditar. Y seguir caminando».

Seguir caminando contra el horror de mirar el paso del tiempo en las manos y no saber dónde esconderlas. Llegar a casa y ponerse los guantes de leer para abrir, al azar, cualquier página de La rama verde. Y leer, leerle temblando como pétalo de oscura flor ante esos versos que tanto estremecen: «Has llegado a tu casa. / Por el balcón empieza a entrar la noche. / Y tú, en tu cuarto, ya eres sólo sombra».

 


Leer y recomponerse, sabiendo que en suma todo es una resta, porque «la vida empuja, arrastra, no da tregua, / y nos lleva y nos trae, nos da y nos quita». Y otra vez Serrat asaltándonos con el estribillo de ‘Una vieja canción’, «Y nos toma, / nos trae, / nos lleva, / nos mata», para preguntarnos ahora si no se inspiraría Sánchez Rosillo en él para esos versos del poema ‘Era septiembre’.

Leer a este bardo de honda melancolía celebratoria, tan merecidamente reconocido, leerlo dándonos cuenta que, como Serrat, nos toma, nos trae, nos lleva, nos da motivos para conciliarnos con “el viento del existir”: «Tengo setenta años / y ha pasado la vida. / El sol restalla aún en las alturas / su látigo de fuego».

Lean, leamos pues a Eloy Sánchez Rosillo colgados de La rama verde, clorofila de hoja perenne del «árbol del vivir, / árbol de la ilusión y de los desengaños». Leámoslo para seguir oyendo la luz, ¡quién lo diría!, del poeta de la certeza que, desde el sueño del origen mismo, se ha ido destilando, poema a poema, libro a libro, para quedar, antes del nombre, en el nombre mismo de las cosas.


Fuente: https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/la-biblioteca-de-alonso-quijano/la-rama-verde



ELOY SÁNCHEZ ROSILLO LEE 
UN POEMA DE  LA RAMA VERDE





LA LUZ CON EL TIEMPO DENTRO
ENTREVISTA A ELOY SÁNCHEZ ROSILLO


- ¿Cómo fueron tus inicios como escritor? ¿Qué te llevó a escribir, qué dificultades encontraste para escribir y, en su caso, para publicar?

- Empecé a escribir en serio cuando cristalizó de súbito y de manera firmísima mi vocación, a los diecisiete años, como he dicho otras veces. El escribir poemas y pensar que esa era la única ocupación que merecía la pena fue a la vez una maravilla (porque sentía en mí «la luz con el tiempo dentro») y una tortura (ya que no era capaz de plasmar esa luz en el papel y los poemas de los primeros tiempos eran muy flojos). Pero una vocación verdadera es invulnerable y, a pesar de todo, seguía trabajando con ilusión y constancia. Para publicar no tuve dificultades, pues me acompañó la suerte y, cuando después de una larga etapa de aprendizaje, me vi con un primer libro en las manos hice lo único que en mi caso podía hacer: enviarlo a un premio literario. Otro camino no había. Es la única vez en mi vida que he concursado. Sonó la flauta y gané el premio Adonáis. Después todo fue siendo un poco más fácil, aunque en modo alguno un camino de rosas.


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lunes, 23 de febrero de 2026

"Orgullo y prejuicio", de Jane Austen | miércoles 25 | 19:30 h

 



JUICIO SOCIAL Y APRENDIZAJE DE LA MIRADA

Anny Wanessa Mass Pille | 3 FEBRERO 2026

En Orgullo y prejuicio, Jane Austen convierte la observación social en una maquinaria narrativa precisa, donde el juicio nace en el roce cotidiano entre las expectativas de los personajes, quienes buscan de manera constante comprender al otro con el que interactúan en la cotidianidad. Desde ese punto de partida, la novela sitúa el juicio en el centro de la experiencia narrativa y lo somete a un proceso de ajuste progresivo que se despliega a lo largo de la vida social ordinaria.

En ese marco, el relato organiza su materia en escenas reconocibles: visitas, bailes, conversaciones y desplazamientos breves que configuran un espacio compartido de lectura mutua. En tal sentido, la forma narrativa enlaza percepción y afecto en un mismo movimiento, de modo que cada encuentro añade una capa a la interpretación del otro. Asimismo, la ironía acompaña ese proceso sin imponerse como voz externa, permitiendo que el aprendizaje emerja desde la acción y desde la palabra.

 

Contexto y publicación

Publicada en 1813, Orgullo y prejuicio se inscribe en la consolidación de la novela de costumbres inglesa, un momento en el que la vida cotidiana adquiere espesor literario como espacio de observación moral. Austen elige un entorno reducido y estable, compuesto por familias interrelacionadas, herencias condicionadas y trayectorias sociales previsibles. De este modo, la cotidianeidad se vuelve campo de experimentación narrativa, no por la excepcionalidad de los hechos, sino por la atención sostenida a los modos de relación.

Ese marco social articula el matrimonio como forma de estabilidad económica y de reconocimiento simbólico. En la familia Bennet, dicha centralidad se intensifica por la fragilidad patrimonial y por la presión comunitaria que convierte cada interacción en un acto observado. Por ello, el entorno regula aspiraciones y conductas mediante prácticas reiteradas, situando a los personajes dentro de una red de expectativas que condiciona decisiones y lecturas.

En el plano formal, la narración adopta una economía expresiva que favorece la claridad sin perder complejidad. En tal sentido, la combinación de escena y comentario indirecto permite que el juicio se construya dentro del desarrollo narrativo, sin recurrir a explicaciones externas. Asimismo, la distancia crítica se mantiene integrada al movimiento del relato, lo que refuerza la coherencia entre la forma adoptada y el mundo social representado.

 


Argumento y arquitectura narrativa

La arquitectura de Orgullo y prejuicio se apoya en una secuencia de encuentros que funcionan como pruebas de interpretación. El primer contacto entre Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy establece un marco de lectura inicial que orienta la percepción mutua y condiciona las escenas posteriores. A partir de ese encuentro, el relato avanza mediante lecturas parciales en las que la información disponible se organiza según disposiciones previas.

En consecuencia, la circulación de datos se produce por vías indirectas: comentarios de terceros, impresiones compartidas en espacios sociales y cartas que reordenan la comprensión de los hechos. Así, el sentido se construye en capas sucesivas, obligando a los personajes a reconsiderar lo que creen saber del otro a medida que la experiencia se acumula.

Este diseño narrativo privilegia la progresión gradual. De este modo, cada escena introduce una corrección mínima que desplaza la interpretación anterior sin clausurarla de inmediato. La trama se sostiene en ese ajuste continuo de la mirada, integrando la dimensión afectiva a la evaluación social y preparando el desarrollo ético posterior de los personajes.

 

Temas y símbolos

La novela articula sus temas centrales a partir de prácticas sociales concretas que se repiten y se transforman a lo largo del relato. En tal sentido, el juicio aparece como una actividad cotidiana, ejercida en conversaciones, visitas y decisiones que exigen interpretar al otro en un marco de expectativas compartidas. Esa práctica no se presenta como facultad abstracta, sino como hábito que se afina mediante la experiencia y la memoria de los errores.

Asimismo, el orgullo funciona como signo de autopercepción y de pertenencia social. Su presencia organiza distancias, regula gestos y condiciona el modo en que los personajes se muestran en público. De este modo, el orgullo adquiere dimensión simbólica, pues señala la tensión entre identidad personal y mirada ajena. El prejuicio, por su parte, se vincula con la rapidez de la inferencia y con la circulación del rumor, lo que refuerza su carácter socialmente producido.

En consecuencia, el afecto no se construye por iluminación repentina, sino por ajuste progresivo. El amor se vuelve legible cuando la lectura del otro se vuelve más precisa. Así, el reconocimiento mutuo opera como símbolo de madurez, integrando deseo y comprensión dentro de un mismo proceso narrativo.

 

Estilo y recursos expresivos

El estilo de Austen se caracteriza por una prosa clara que sostiene una ironía constante sin interrumpir la escena. En ese registro, la ironía cumple una función estructural, ya que permite señalar desajustes entre percepción y realidad sin recurrir a explicaciones externas. El efecto se logra mediante una dosificación precisa del comentario narrativo, siempre integrado al fluir de la acción.

Asimismo, el uso del discurso indirecto libre acerca la narración a la conciencia de los personajes y conserva, al mismo tiempo, un margen de evaluación crítica. De este modo, la técnica organiza capas de sentido, ya que el lector percibe la parcialidad del juicio antes de que los propios personajes la reconozcan. Esa anticipación sostiene la tensión interpretativa sin acelerar el desarrollo.

El diálogo ocupa un lugar decisivo como espacio de prueba social. Cada intercambio verbal redefine posiciones y revela jerarquías, de manera que una frase puede alterar el equilibrio de una escena. Por ello, la palabra se convierte en instrumento de evaluación, reforzando la coherencia entre forma narrativa y análisis social.

 

La obra de Austen en el cine y la televisión


Recepción e influencia

Desde su publicación, Orgullo y prejuicio mantuvo una recepción sostenida que combinó circulación amplia y atención crítica. En tal sentido, la obra se consolidó como referencia de la novela de costumbres, debido a su capacidad para examinar la vida cotidiana con precisión formal. La claridad de su prosa facilitó la difusión, mientras que la complejidad de su diseño sostuvo la lectura analítica.

Asimismo, la influencia de la novela se extendió a desarrollos posteriores del realismo, en particular en la atención al detalle y en la construcción de conflictos a partir de interacciones mínimas. De este modo, el modelo narrativo de Austen dejó una huella perenne en el plano literario, visible en la manera de pensar la escena social como un espacio de aprendizaje moral.

Las lecturas contemporáneas han abordado el texto desde enfoques de género, clase y afectividad, sin agotar su potencial interpretativo. Por ello, la vigencia crítica de la obra se apoya en su precisión, que permite nuevas aproximaciones sin perder coherencia interna.

 

Comprender al otro como forma de madurez

El desenlace de Orgullo y prejuicio reúne los hilos narrativos en torno a una comprensión más ajustada del vínculo con los demás. En ese cierre, las uniones finales adquieren sentido como resultado de un proceso de aprendizaje, sostenido por errores, correcciones y experiencias compartidas. El afecto se afina cuando la lectura del otro se vuelve más cuidadosa y responsable.

Asimismo, la novela muestra que el orden social no desaparece, aunque puede habitarse con mayor lucidez. Elizabeth y Darcy alcanzan un acuerdo en el que deseo y criterio se integran a partir de la experiencia acumulada. De este modo, la inteligencia emocional adquiere espesor narrativo, anclada en la cotidianidad que la obra explora.

En conjunto, Orgullo y prejuicio permanece como una formulación central de la novela de costumbres porque convierte el juicio en proceso y lo inscribe en la forma narrativa. Así, la narración educa la mirada, invitando a una lectura atenta del otro y de las condiciones sociales que configuran el vínculo.

 

Fuente: https://resenasliterarias.com/orgullo-y-prejuicio-juicio-social-y-aprendizaje-de-la-mirada/



VIDEOCONFERENCIA

La "pequeña Inglaterra" de Jane Austen, videoconferencia del catedrático de Filología Inglesa Fernando Galván donde introduce las novelas de la escritora inglesa a través de un relato biográfico, centrándose en las relaciones familiares, lugares y anécdotas personales de la autora.

Entre las obras comentadas, se cuentan varias de sus obras de juventud, como Amor y amistad y Lady Susan, y las primeras novelas extensas –Sentido y Sensibilidad y Orgullo y prejuicio–, así como la última novela terminada, Persuasión.