viernes, 9 de abril de 2021

"Doña Perfecta" (Benito Pérez Galdós) | miércoles 14 de abril | 20 h


 CLUB DE LECTURA VIRTUAL




Doy por sentado que todos consideramos a Galdós uno de los más grandes escritores españoles de todos los tiempos. Cada lectura de una novela suya supone para el lector un placer literario que rara vez se alcanza. Galdós no deja de sorprender, a pesar del tiempo pasado ya, Doña Perfecta que fue publicada en su primera versión en 1876, es una obra contemporánea, tanto por su temática como por la diversidad de su prosa, al mismo tiempo tan reconocible como personal del autor, mostrada a través de distintos géneros (una de las características de Galdós).

Por todo ello, no puedo entender que el autor de Doña Perfecta, Los Episodios Nacionales, Tristana y tantas y tantas novelas, no despierte una admiración sin reservas. Personalmente venero a Galdós.

Doña Perfecta es una historia donde se pone al descubierto la intransigencia de ciertos sectores de la sociedad española del XIX. Los clericales, representados por Doña Perfecta y por Don Inocencio, se oponen a las pretensiones de Pepe Rey respecto a Rosario, la hija de Doña Perfecta y prima de Pepe. Las desavenencias son de índole política y parten de la imposibilidad de diálogo con los fanáticos religiosos, cuya única razón es la fe y cuyo único argumento es la tradición católica. Rey, ingeniero y liberal, un hombre que “si fuera estatua, el escultor habría grabado en el pedestal estas palabras: inteligencia, fuerza” es encaminado a Orbajosa por su padre para casarse con su prima. Las palabras de su padre, Juan Rey, se convierten al finalizar la lectura en una triste paradoja:

-Por cierto -decía D. Juan- que en esa remota Orbajosa, donde, entre paréntesis, tienes fincas que puedes examinar ahora, se pasa la vida con la tranquilidad y dulzura de los idilios. ¡Qué patriarcales costumbres! ¡Qué nobleza en aquella sencillez! ¡Qué rústica paz virgiliana! Si en vez de ser matemático fueras latinista, repetirías al entrar allí el ergo tua rura manebunt. ¡Qué admirable lugar para dedicarse a la contemplación de nuestra propia alma y prepararse a las buenas obras! Allí todo es bondad, honradez; allí no se conocen la mentira y la farsa como en nuestras grandes ciudades; allí renacen las santas inclinaciones que el bullicio de la moderna vida ahoga; allí despierta la dormida fe, y se siente vivo impulso indefinible dentro del pecho, al modo de pueril impaciencia que en el fondo de nuestra alma grita: «quiero vivir».


Porque este es el motivo principal de la novela, el nombre de las cosas y lo que las cosas son en realidad (y perdonad que repita el texto):

-¡El cerrillo de los Lirios! -dijo el caballero, saliendo de su meditación-. ¡Cómo abundan los nombres poéticos en estos sitios tan feos! Desde que viajo por estas tierras, me sorprende la horrible ironía de los nombres. Tal sitio que se distingue por su árido aspecto y la desolada tristeza del negro paisaje, se llama Valle-ameno. Tal villorrio de adobes que miserablemente se extiende sobre un llano estéril y que de diversos modos pregona su pobreza, tiene la insolencia de nombrarse Villa-rica; y hay un barranco pedregoso y polvoriento, donde ni los cardos encuentran jugo, y que sin embargo se llama Valdeflores. ¿Eso que tenemos delante es el Cerrillo de los Lirios? ¿Pero dónde están esos lirios, hombre de Dios? Yo no veo más que piedras y yerba descolorida. Llamen a eso el Cerrillo de la Desolación y hablarán a derechas. Exceptuando Villahorrenda, que parece ha recibido al mismo tiempo el nombre y la hechura, todo aquí es ironía. Palabras hermosas realidad prosaica y miserable. Los ciegos serían felices en este país, que para la lengua es paraíso y para los ojos infierno.

Así no hay nada casual en los nombres escogidos por Galdós. Ni que el protagonista se llame Rey, ni que sus oponentes se llamen, con castiza sorna, Perfecta e Inocencio. En la novela comprobaremos como “inteligencia y fuerza” son armas inútiles contra la cerrazón hipócrita, contra la ambigüedad moral.

Como me gusta la descontextualización traigo la lista de los títulos de los capítulos de Doña Perfecta. Es un inusual resumen de la novela:

¡Villahorrenda...!, ¡cinco minutos...!
Un viaje por el corazón de España
Pepe Rey
La llegada del primo
¿Habrá desavenencia?
Donde se ve que puede surgir la desavenencia cuando menos se espera
La desavenencia crece
A toda prisa
La desavenencia sigue creciendo y amenaza convertirse en discordia
La existencia de la discordia es evidente
La discordia crece
Aquí fue Troya
Un casus belli
La discordia sigue creciendo
Sigue creciendo, hasta que se declara la guerra.
Noche
Luz a oscuras
Tropa
Combate terrible.- Estrategia.
Rumores.- Temores.
Desperta ferro
¡Desperta!
Misterio
La confesión
Sucesos imprevistos.- Pasajero desconcierto.
María Remedios
El tormento de un canónigo
De Pepe Rey a D. Juan Rey
De Pepe Rey a Rosarito Polentinos
El ojeo
Doña Perfecta
De D. Cayetano Polentinos a un su amigo de Madrid

Una de las cosas que más me sorprenden en Doña Perfecta es la vigencia de las condiciones sociales que describe Galdós. La novela funciona como crónica nacional y al mismo tiempo como novela romántica, pero alcanza la perfección literaria en la combinación de ambas. No se puede decir que Doña Perfecta sea más una crítica política que una aventura sentimental, pero lo que prevalece en la lectura es la denuncia de la amenaza para la paz social que constituyen los fanáticos. Se podría decir que hace lo mismo con la ingenuidad con la que se combate la intransigencia, pero cuando el narrador omnisciente escoge al amante que no puede alcanzar al objeto de su amor para centrar la narración, Galdós se pone claramente, a través de un viejo recurso literario, a favor de Rey, contra Doña Perfecta y Don Inocencio, impertérritos en sus decisiones hasta el desenlace final.

¿Hay arrepentimiento? Galdós, inteligentemente, elude la cuestión. La narración finaliza con un cambio al género epistolar que comunica los acontecimientos pero no los explica, una argucia del narrador omnisciente que se escuda en los hechos para no opinar. 

Pero Galdós ha sido bastante explícito durante toda la novela. Y en su agudeza no sólo ha relatado las condiciones de una realidad histórica. Lo triste es constatar que la cerrilidad inmovilista de los que apelan a la tradición y a la fe (que no a la razón) da sus frutos: Han pasado ciento cincuenta años entre Doña Perfecta y nuestra cotidianidad y las cosas parecen haber cambiado poco en España.

Fuente: http://ellamentodeportnoy.blogspot.com/2006/09/doa-perfecta-de-benito-prez-galds.html



              (Director: Alejandro Galindo. México, 1951)           (Director: César F. Ardavín. España, 1977)






Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843, hijo de Sebastián Pérez, teniente coronel del Ejército y de Dolores Galdós. Desde niño (Infancia en las Palmas) fue aficionado a la música, al dibujo y a la literatura. Es en opinión general, el mayor novelista español después de Cervantes.

A los diecinueve años se traslada a Madrid (en Retrato familiar y social: Galdós, ciudadano de Madrid; Huellas del Madrid Galdosiano; el Madrid Galdosiano). Allí conocería a don Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, quien le alentó a escribir y le orientó hacia el krausismo. Durante los primeros años de su estancia en la corte frecuentó redacciones y teatros. Escribió en La Nación y en El Debate.

Mapa de Madrid, 1857.La Fontana de Oro (1870), La sombra (1871) y El audaz (1871) fueron los títulos de sus primeras novelas, que revelan todavía una influencia del Romanticismo. Publicó artículos (en La obra: Fronteras entre novela y artículo periodístico; Galdós periodista) políticos en la Revista de España y algo de ellos, así como el ataque al régimen anterior a la Revolución de 1868 y el inmovilismo de la tradición, se plasma en sus obras de tesis de la misma época: Doña Perfecta (1876), Gloria (1877), La familia de León Roch (1878) y Marianela (1878).





Abre el camino al Naturalismo con La desheredada (1881), la primera de sus novelas contemporáneas a la que le seguirán El doctor centeno (1883), Tormento (1884) y La de Bringas (1884). El amigo manso (1882) es una de las creaciones más originales de Galdós. Lo prohibido (1884-85) es la novela galdosiana más impregnada de Naturalismo. Fortunata y Jacinta de 1886-7 es un vasto mural donde la historia, la sociedad y el perfil urbano de Madrid sirven de fondo a un argumento que presenta a dos jóvenes enamoradas del mismo hombre.

De su vida íntima sabemos que tuvo una hija ilegítima y amoríos con Emilia Pardo Bazán (en Epistolario: Cartas con Emilia Pardo Bazán). Nunca se casó pero plasmó su tipo ideal de compañera en una mujer ya mayor: Teodosia Gandarias (en Epistolario: Cartas a Teo; Cartas a Teodosia Gandarias), en el drama Pedro Minio (1908). Constantemente predicó un tipo de amor más libre, que veríamos en Realidad y Tristana, aunque se opuso a las costumbres demasiado licenciosas.

En 1873 aparecieron las dos primeras series de los Episodios nacionales. Leyó a Balzac (en Retrato familiar y social: Galdós y sus contemporáneos europeos), a los novelistas rusos y a Dickens de quien tradujo Pickwick papers. Aprovechó las rápidas apreciaciones e indicaciones sobre sus países. Acusó a los escritores contemporáneos de incapaces de describir la vida de su tiempo. Sólo excluyó de sus ataques a Fernán Caballero y a José María Pereda. Urgió a los otros escritores a tomar las grandes conclusiones de los problemas sexuales y espirituales de la clase media urbana de su época como principal fuente de inspiración. Sus últimos escritos teóricos añaden poco a estas ideas. Merecen citarse el prólogo a El sabor de la tierruca de Pereda, un memorial dirigido a la Real Academia Española y el prólogo a la tercera edición de La Regenta, de Clarín.

Al final de la década de los 80 y a comienzos de la siguiente publica Miau (1888), La incógnita (1889), Torquemada en la hoguera (1889), Realidad también en 1889 y Ángel Guerra de 1891, en donde experimenta una nueva manera de novelar. Los problemas éticos aparecen en Tristana (1892), Nazarín (1895), Halma (1895) y Misericordia (1897). Frecuentemente (como en Nazarín o Misericordia), sus novelas parecen recordar a Dostoievski. Su penetración psicológica ha sido igualada pocas veces. Entre sus características más definidas se cuentan un estilo personal vigoroso y muy marcado; un gran conocimiento de la locura y la esquizofrenia (no hay que olvidar su interés por Don Quijote) raramente preciso; un efectivo y sistemático manejo del simbolismo (evocador de su propia desilusión por la debilidad de España) y una conmovedora lástima por la gente que pretende elevarse de la bondad a la santidad.

Las obras dramáticas de Galdós (en La obra: El teatro de Galdós, representaciones en blanco y negro) fueron frecuentemente críticas por tener un carácter esencialmente novelesco. Ciertamente, adaptó para el teatro sus propias novelas Realidad en 1892, La loca de la casa en 1893, Doña Perfecta en 1896, El abuelo en 1904 y otras, que fueron acogidas con éxito por el público y por la crítica. Electra, por motivos políticos o, en todo caso, extraliterarios, constituyó un acontecimiento nacional. El autor nunca había sido tan serio, tan cuidadoso y preocupado como en estos dramas. Hemos de indicar que estas cualidades se hallaban en el teatro español de aquel tiempo. Su influencia para la escena posterior fue benigna. 

En sus últimos años la oposición creciente se vio patente en la candidatura rechazada y poco después aceptada de la Real Academia. 

Le dolió que la generación del 98 no le considerara su mentor. La concesión del premio Nobel de literatura a Echegaray (autor muy inferior y de escasa valía) lo consideró un mazazo a la mejor literatura española de su tiempo. En 1912 quedó ciego (en Los últimos años: La ceguera), aunque no por ello sufrió menos la insolvencia en sus últimos años. Por entonces escribió una tercera, cuarta y, finalmente, quinta serie de Episodios nacionales entre 1898 y 1912; de la última serie únicamente aparecieron seis volúmenes, quedando así incompleta.

En cuanto a su vida política fue elegido diputado a Cortes por Guayama en 1886. En 1907 encabezó la lista a la candidatura de la Conjunción Republicano-Socialista por Madrid.

La labor de Benito Pérez Galdós fue la de transformar el panorama novelesco español de aquella época. Dejó al lado el romanticismo y avivó el realismo español, dotando tanto de una gran expresividad a la narrativa como de nuevas formas aptas para el entendimiento del mundo y de la obra.







lunes, 15 de marzo de 2021

"La edad de hierro" (J. M. Coetzee) | miércoles 17 de marzo | 20 h

 




Niños de hierro, he pensado. Florence también es un poco de hierro. Es la edad de hierro. Después de la cual viene la edad de bronce. ¿Cuánto falta para que les llegue el turno de regresar a las edades más amables, la edad de arcilla y la edad de tierra?

A principios de la década de 1960, el veinteañero John Maxwell Coetzee, doblemente licenciado en Literatura y Matemáticas, poseía todos los requisitos materiales que pueden desearse para llevar una vida satisfactoria como profesional acomodado, salvo una condición no menor: su país, la República Sudafricana, política y socialmente vertebrada por uno de los regímenes más irracionales del siglo XX, el apartheid. De ahí que tomara los bártulos y emigrase a Londres, donde se labró un prometedor futuro laboral como programador informático en la poderosa compañía IBM. Comprendió entonces que tampoco podría ser feliz dedicando la mayor parte del tiempo a la venta de su fuerza laboral en el ambiente frenético de una multinacional, por bien que le pagaran, y emprendió la aventura literaria –es cierto que armonizada con la docencia universitaria– que le llevó, en 2003, a la obtención del premio Nobel de Literatura.





El espíritu inquieto del autor ha quedado plasmado en su obra, puesto que son notorias las variaciones formales entre las novelas dadas a la estampa. Sin embargo, el componente autobiográfico enhebra unas con otras como una obsesión creativa de la que no pueda desprenderse el escritor sudafricano, incluso cuando se muestra de un modo no explícito, alegórico, como ocurre en La edad del hierro (1990), una intensa experiencia narrativa en la que viene a ser la propia sociedad blanca sudafricana –o una parte de ella, la que rechazaba el apartheid desde principios humanistas pero convivía con el orden dado en aras de su cómoda primacía social– esa voz que se dirige entre lamentos al ausente (el propio Coetzee).

Novela de formato epistolar, su narradora de la historia es la señora Curren, una profesora de latín jubilada a quien han diagnosticado un cáncer incurable. La enferma escribe a su hija, que vive en la costa oeste de los Estados Unidos, una joven profesional –como lo fue Coetzee– que ha optado por mostrar su desacuerdo mediante la ausencia, autoexiliándose. Un buen día, la protagonista encuentra tras su casa a un vagabundo de raza negra, Vercueil, derrotado por el alcohol y en un estado ruinoso. Movida por la compasión, lo acoge en su hogar, al que pronto llegarán otros dos refugiados: Bheki, el hijo mayor de Florence (la criada de la señora Currin, evidentemente negra), y John, amigo del anterior, que no pueden ir a clase porque su colegio ha sido incendiado en una de las algaradas que jalonaban la resistencia de la población negra contra la segregación racial. Florence teme que su hijo se implique en acciones violentas, y por ello prefiere tenerlo a su lado.



A partir del encuentro entre la señora Curren y Vercueil se genera una singular relación de apoyo y dependencia. Ella necesita saberse útil a pesar de su enfermedad terminal; además, su beneficencia le sirve para marcar un contrapunto personal con su entorno, que parece arrojarse de cabeza a la hecatombe de la más atroz lucha de exterminio racial. Él se deja cuidar desde la dudosa certeza de una consciencia vapuleada por los malos tragos (los de la vida y los de la botella), recibiendo un afecto cuya existencia había olvidado hacía ya mucho tiempo.

Como contrapunto a la docilidad infantil de Vercueil, que se deja mimar porque está harto de combatir en todas las palestras de la existencia, Coetzee opone la candorosa ferocidad de los aprendices de hombre acogidos en la casa. Dos adolescentes en quienes ha prendido la brasa del odio, como en tantos muchachos negros sudafricanos que se vieron empujados a la violencia por la más que evidente imposibilidad de enfilar un rumbo digno para sus vidas en el seno del apartheid… O quizá no, puede que se trate de dos chicos en sí mismos inadaptados y de pulsiones agresivas, pero, ¿tiene sentido esa especulación ante la evidencia monstruosa del régimen segregacionista, expresión de la mayor de las insanias posibles?

A Coetzee, enemigo declarado del apartheid, no se le escapa la profunda contradicción oculta bajo esa censura moralmente denigrante que recae sobre los violentos por el solo hecho de enfrentarse a la tiranía. Y aún así se atreve a enunciar una crítica demoledora contra la militarización de los espíritus inherente a este tipo de situaciones de violencia declarada; manifiesta, en el caso concreto de Sudáfrica, en niños que en el fragor del ideal “puede que empiecen por no preocuparse de sus propias vidas y terminen por no importarles las de los demás”. Que inflamados por el valor del sacrificio y en nombre de la libertad se comportan como déspotas sin piedad, “Pegan a un hombre y le dan patadas porque bebe. Incendian a la gente y se ríen mientras muere quemada”. La señora Curren teme por el futuro si esos mismos chiquillos, “pequeños puritanos adustos, que desprecian la risa y desprecian los juegos”, son los llamados a llevar las riendas de un país que también es el suyo (aunque ella ya no lo verá) y se lamenta de su precipitada conversión en adultos a falta de la autoridad moral de los padres, ora por la ausencia física –tantas y tantas familias negras rotas por la violencia oficial o debido a todos los males que rondan la miseria como las moscas la basura– ora por la imposibilidad de ofrecer respuestas aceptables ante el despropósito jurídico y social en que vivían los sudafricanos: «Y el día que crezcan (…) ¿crees que dejarán de ser crueles? (…) ¿En qué clase de padres se convertirán si aprenden que se ha terminado la época de los padres? ¿Pueden volverse a crear los padres una vez la idea de los padres ha sido destruida dentro de nosotros? (…) ¿Cómo van a tratar a sus hijos? ¿Qué amor van a ser capaces de dar?”.

Todas estas reflexiones tienen su correlato teórico en la pretendida necesidad de la violencia como instrumento y factor de cambio político y social. Las condiciones objetivas de injusticia del régimen sudafricano no libraban a sus antagonistas más extremos de caer en la autocomplacencia del todo vale contra la opresión; un estado narcotizante de la moral individual y colectiva, que justifica todo cuanto de malo pueda hacer uno mismo si se considera beneficioso para la causa defendida. Por mucho que cueste aceptarlo en una situación de abierto conflicto, los crímenes ajenos –aunque sean ciertos– son argumentos nulos para la justificación de los desmanes propios. La celebrada “contraviolencia”, tan cara a los teóricos insurreccionales de las décadas de 1960 y 1970, puede convertirse en una hecatombe destructiva para propios y extraños, sobre todo cuando se impone la falsa prioridad intelectual del “análisis político” sobre el juicio ético.

Frente a este fanatismo encontramos el cómodo desapego de tantos y tantas señoras Currin que han vivido al margen del dolor ajeno (¡qué bellas las bonae litterae, cómo nos ayudan a volver los ojos de modo egoísta hacia nuestra alma bella, en medio del horror contra el que estamos protegidos!). Pero la muerte de Bheki conmociona como ningún otro dolor a la protagonista, quien acumula sus últimas energías en un grito de denuncia, con la firme voluntad de no desfilar como un autómata más por la historia de ese país de gente muda, sorda y ciega: «he estado angustiada en el pasado, he imaginado que nada podría ser peor, y luego han llegado cosas peores, como pasa siempre, y lo he superado, o eso parece. Pero ¡ese es el problema! Para no quedarme paralizada de vergüenza he tenido que pasarme la vida superando lo peor. Lo que ya no puedo superar es esa forma de superar las cosas. Si supero esto de ahora, y no volveré a tener ocasión de no superar algo. A fin de poder resucitar no debo superar lo que pasa ahora». Buena forma de hallar sentido a la vida más allá de las gratificaciones domésticas del matrimonio y los hijos, del placer de la lectura de los clásicos, de las comodidades de la vida burguesa; no importa que el cronómetro de los días corra desaforado en nuestra contra si acariciamos la convicción de que un solo acto, una sola palabra puede justificar toda una existencia insulsa.

Ignacio González Orozco.
https://www.culturamas.es/2015/04/19/el-pais-de-los-locos-y-sus-pequenos-puritanos-la-edad-del-hierro-de-john-maxwell-coetzee/

 








John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 9 de febrero de 1940) es un escritor y novelista sudafricano nacionalizado australiano en 2006; reside desde 2002 en la ciudad de Adelaida. Se le otorgó el Premio Nobel de Literatura en 2003 por «la brillantez a la hora de analizar la sociedad sudafricana», según el acta de la Academia Sueca.

Pasó su infancia y su primera etapa formativa entre Ciudad del Cabo y Worcester, además de en la provincia de El Cabo de Buena Esperanza. Se licenció en matemáticas e inglés en la universidad que lleva el nombre de su ciudad natal.

A comienzos de los años 1960 se desplazó a Londres (Inglaterra), donde trabajó durante algún tiempo como programador informático. Dejó constancia de esta etapa de su vida en su novela Juventud (2002). En 1963, cuando aún estaba en el Reino Unido, fue galardonado con una Maestría en Artes de la Universidad de Ciudad del Cabo con una tesis sobre las novelas de Ford Madox Ford titulada "The Works of Ford Madox Ford with Particular Reference to the Novels" (1963).

En 1969 se doctoró en lingüística computacional en la Universidad de Texas en Austin (EE. UU.). La tesis consistió en un análisis computarizado de la obra de Samuel Beckett. Impartió clases de Lengua y Literatura Inglesas en la Universidad Estatal de Nueva York en Búfalo (EE. UU.) hasta 1983.

En 1984 volvió a Sudáfrica a ocupar una cátedra en Letras Inglesas en su alma máter, donde ejerció la docencia hasta el año 2002 con una breve interrupción en 1989 para trabajar como profesor visitante de la Universidad Johns Hopkins.

Desde 2002 vive en Adelaida, ciudad australiana donde es investigador en el Departamento de Inglés de la universidad homónima. Coincidiendo con la Semana Literaria de Adelaida en marzo de 2006, Coetzee recibió la nacionalidad australiana, sin que ello, según él, lo aleje de Sudáfrica, su lugar de nacimiento y donde transcurre gran parte de su obra.

Gran parte de sus escritos, marcados por un estilo simbólico y metafórico, cuestionan el régimen del apartheid y cualquier tipo de racismo, y exploran sus negativas consecuencias en el hombre y en la sociedad. Además de novelas, cuentos y ensayos, ha publicado numerosas críticas literarias y diversas traducciones. La misma Academia Sueca destacó que "su obra está fuertemente marcada por la época del apartheid lo que, lejos de darle carácter local, la convierte en universal".

Galardonado con los más importantes premios, incluido el Nobel, fue el primer escritor distinguido en dos ocasiones con el Booker, considerado el más prestigioso de la literatura en lengua inglesa, por sus obras Vida y época de Michael K (1983), la historia de un superviviente de la guerra civil sudafricana, y Desgracia (1999), que trata acerca de un profesor de literatura marginado del mundo por acoso sexual.

Algunas de sus posibles influencias son Miguel de Cervantes, Daniel Defoe, Fyodor Dostoevsky, Ford Madox Ford, Franz Kafka, Luigi Pirandello, Samuel Beckett.

Al menos tres obras suyas han sido adaptadas al cine: "Dust", dirigida por Marion Hänsel en 1985, está basada en la novela En medio de ninguna parte, "Disgrace" (2008) dirigida por Steve Jacobs se basa en el libro homónimo y “Waiting for the barbarians” (2019) dirigida por el colombiano Ciro Guerra.
 
OBRAS

Novela
1974 - Dusklands — Tierras de poniente. Traductor: Javier Calvo; Mondadori, 2009.
1977 - In the Heart of the Country — En medio de ninguna parte. Traductor: Miguel Martínez-Lage; Mondadori, 2003.
1980 - Waiting for the Barbarians — Esperando a los bárbaros. Traductor: Luis Martínez Victorio, Alfaguara, 1989.
1983 - Life & Times of Michael K — Vida y época de Michael K. Traductora: Concha Manella, Alfaguara, 1987.
1986 - Foe — Foe. Traductor: Alejandro García Reyes, Alfaguara,  1988.
1990 - Age of Iron — La edad de hierro. Traductor: Javier Calvo, Mondadori, 2002.
1994 - The Master of Petersburg — El maestro de Petersburgo. Traductor: Miguel Martínez-Lage, Anaya & Mario Muchnik, 1996.
1999 - Disgrace — Desgracia. Traductor: Miguel Martínez-Lage, Mondadori, 2000.
2003 - Elizabeth Costello — Elizabeth Costello. Traductor: Javier Calvo, Mondadori, 2004.
2005 - Slow Man — Hombre lento. Traductor: Javier Calvo, Mondadori, 2005.
2007 - Diary of a Bad Year — Diario de un mal año. Traductor: Jordi Fibla, Mondadori, 2006.
2013 - The Childhood of Jesus — La infancia de Jesús. Traductor: Miguel Temprano García, Mondadori, 2013.
2016 - The Schooldays of Jesus — Los días de Jesús en la escuela. Traductor: Javier Calvo, Random House Mondadori, 2017. 
2019 - The Death of Jesus — La muerte de Jesús. Traductora: Elena Marego. Literatura Random House, 2019

Autobiografía novelada
1997 - Boyhood: Scenes from Provincial Life — Infancia, escena de una vida de provincias. Traductor: Juan Bonilla. Mondadori, 1999.
2002 - Youth: Scenes from Provincial Life II — Juventud; Traductora: Cruz Rodríguez Cruz, Mondadori, 2002.
2009 - Summertime — Verano. Traductor: Jordi Fibla, Mondadori, 2010. 

Cuento
2014 - Three Stories — Tres cuentos, traducción e introducción de Marcelo Cohen, El Hilo de Ariadna, 2016. Contiene «Una casa en España» (2000), «Nietverloren» (2002) y «Él y su hombre» (2003).
2018 - Moral tales — Siete cuentos morales. Traductora: Elena Marengo, Random House Mondadori.

Ensayo, crítica y correspondencia
1984 - Truth in Autobiography
1988 - White Writing: On the Culture of Letters in South Africa. Traducción de algunos de estos ensayos por Carmen Francí en Paisaje sudafricano, Ed. Días Contados, Barcelona, 2013.
1992 - Doubling the Point: Essays and Interviews.
1996 - Giving Offense: Essays on Censorship — Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar. Traductor: Pedro Tena, Debate, 2008.
1999 - The Lives of Animals — Las vidas de los animales. Integrado en Elizabeth Costello.
2001 - Stranger Shores: Literary Essays, 1986-1999 — Costas extrañas. Ensayos, 1986-1999. Traductor: Pedro Tena. Debate, 2004.
2007 - Inner Workings: Literary Essays, 2000-2005 — Mecanismos internos. Ensayos, 2000-2005. Traductor: Eduardo Hojman, Mondadori, 2009.
2008 - He and His Man — Él y su hombre, discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura. Traductor: Juan Gabriel López Guix, Alpha Decay, Barcelona, 2008.
2013 - Here and Now: Letters 2008-2011 — Aquí y ahora. Cartas 2008-2011. Traductores: Benito Gómez y Javier Calvo, Anagrama & Mondadori. Correspondencia con Paul Auster.
2015 - The Good Story: Exchanges on Truth, Fiction and Psychotherapy — El buen relato. Traductor: Javier Calvo. Random House, 2015. Coautoría de Arabella Kurtz.
Selección de ensayos en castellano: Las manos de los maestros. Traducciones de Pedro Tena, Eduardo Hojman, Javier Calvo, Ricard Martínez i Muntada. Ed. Literatura Random House, 2016.

Fotografía 
2020 – Retratos de infancia – texto y fotografías de J. M. Coetzee. Random House, 2020.

Traducciones e introducciones (en inglés)
A Posthumous Confession por Marcellus Emants (Boston: Twayne, 1976 & London: Quartet, 1986).
The Expedition to the Baobab Tree por Wilma Stockenström (Johannesburg: Jonathan Ball, 1983 & London: Faber, 1984).
Landscape with Rowers: Poetry from the Netherlands (Princeton, NJ: Princeton University Press, 2004).
Introduction to Robinson Crusoe por Daniel Defoe (Oxford World's Classics).
Introduction to Brighton Rock, por Graham Greene (Penguin Classics).
Introduction to Dangling Man, por Saul Bellow (Penguin Classics).
Introduction to The Vivisector, por Patrick White (Penguin, 1999).
Introduction to The Confusions of Young Törless por Robert Musil (Penguin Classics, 2001).
Introduction to Samuel Beckett: The Grove Centenary Edition vol. IV, por Samuel Beckett, editado por Paul Auster (Nueva York: Grove Press, 2006).

PREMIOS Y RECONOCIMIENTOS

1983 - Premio Booker por Life & Times of Michael K (Vida y época de Michael K)
1987 - Premio Jerusalem
1999 - Premio Booker por Disgrace (Desgracia)
2003 - Premio Nobel de Literatura
2013- Doctorado Honoris Causa de la Universidad Central (Colombia)
2014 - Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional de General San Martín 
2015 - Doctorado Honoris Causa del Sistema Universitario Jesuita 





sábado, 13 de febrero de 2021

"Grandes esperanzas" (Charles Dickens) | miércoles 17 de febrero | 20 h

 

CLUB DE LECTURA VIRTUAL




En los libros de Dickens llueve. Y hay niebla. No es que sean grises, deprimentes o tristes, al contrario, esta en particular es una novela por momentos incluso divertida, pero “como el musgo que le sale sin que nadie lo siembre”, en palabras de Andrés Trapiello, el prologuista, la melancolía está presente y es consustancial al alma misma de esta historia. En las novelas de Dickens llueve y hay niebla porque en la Inglaterra victoriana llovía y había niebla y porque en la vida llueve y hay niebla, y las novelas de Dickens son la Inglaterra victoriana y son la vida de ese periodo. Phillip Pirrip, “Pip”, el protagonista que vive en este libro, nos transmite cierta melancolía, cierto desasosiego, pero el vehículo en el que lo hace es un regalo inolvidable, una experiencia de las que le reconcilian a uno con la literatura y con la vida. Porque es triste, sí, pasan cosas horribles, es cierto, ¿pero acaso no es hermosa?


La peripecia vital de un niño al que un bienhechor anónimo protege y al que le hace evolucionar desde un ambiente de miseria hasta el éxito social conforma el esqueleto de un libro que es una feroz crítica a la sociedad de la época. Los personajes, tan magistralmente compuestos que no es que sean tópicos sino que han dado origen al lugar común hoy aceptado para la época, ayudan a construir una novela de esas para las que en toda librería que se precie se debe reservar un espacio para cuando al destino se le antoje colocarla allí.

La contradicción aparente que tan a menudo es el motor narrativo que sustenta la acción del relato, es que a medida que el éxito social y pecuniario va llegando, la dicha, la plenitud interior del protagonista va desapareciendo. Por lo demás, salvo la identidad del bienhechor anónimo, no hay grandes misterios en la historia. Pasan cosas, claro que pasan, y muchas, ¿y a quien no le pasan a lo largo de una vida?, pero más allá del planteamiento medular no hay alardes narrativos, tramas excesivamente complejas, vuelcos insospechados ni ritmo trepidante. En su lugar tenemos entre manos una hermosa narración de una vida de ficción que transcurre todo lo plácida o sobresaltadamente que puede transcurrir una vida real, con sus éxitos, sus sinsabores y sus fracasos, sus amores y sus desamores.




Cierto que la densidad de sucesos la convierte en una vida no muy corriente, pero esa sucesión de hechos no se presenta como un artificio que sirve para dotar de ritmo a la narración, sino que van sucediéndose de forma natural, sin estridencias ni vértigos. Y eso no significa que la novela sea lenta, todo lo contrario, lo que significa es que por extraños que sean los sucesos que van ocurriendo, es una narración perfectamente creíble.

El tono es ligeramente moralizante, a la larga las buenas acciones tienen su premio y las malas su castigo y el final, si no es feliz o al menos no es un final feliz al uso, deja buen sabor de boca. Y eso, que como norma general acostumbra a ser un handicap en la literatura, no es en este caso en absoluto molesto ni incómodo, lo que debe anotarse en el haber del autor.

El título original es en realidad “Grandes expectativas”, que es más ajustado al contenido del libro, pero desde su primera edición en castellano se tradujo como “Grandes esperanzas”, que es menos certero pero bastante más bonito y creo que ayuda más a acercarse al libro porque expectativa es un término un tanto más frío que esperanza. En cualquier caso me parece interesante señalar que el autor utilizó “expectativas”, y sabía muy bien lo que hacía.


Alfonso Cuarón adaptó brillantemente esta obra al cine en 1998 (con Ethan Hawkwe, Gwyneth Paltrow y unos inolvidables Robert de Niro y Anne Bancroft en los papeles principales) pero, como ocurre casi siempre, por magnífica que sea la película, no es comparable al libro: el cambio de soporte las convierte en criaturas ajenas, aunque tengan parientes cercanos. Sin embargo el director tuvo el acierto de ser consciente de ello y hacer una adaptación muy fiel al espíritu de la novela y a la historia que se cuenta, pero en absoluto a la ambientación, la época o los detalles (como el nombre del protagonista, sin ir más lejos). Y tal vez esa sea la única forma de que el lector no se sienta decepcionado como espectador: como lo que cuenta un libro muy difícilmente se puede abarcar en una pantalla, que ambas obras sean autónomas y que la una se limite a inspirar y la otra a homenajear, pero mantengan su independencia creativa y artística. 




Magníficos, por cierto, los dibujos de Francesco Clemente, que son un personaje más de una película en la que Phillip Pirrip se transforma en Finnegan Bell, que conoce el éxito como pintor en el New York de final del siglo XX.

El resto es la trama, y no conviene hablar mucho de ella, quien al final decida leerla agradecerá mantener esa mágica capacidad de ir descubriéndola por si mismo.

Andrés Barrero

https://www.librosyliteratura.es/grandes-esperanzas.html




Dickens nació el 7 de febrero de 1812, hijo de John y de Elizabeth Dickens. John Dickens era administrativo en la oficina de tesorería naval. No se le daban demasiado bien las finanzas y en 1824 fue encarcelado por deudas. Su mujer e hijos, con la excepción de Charles, que fue enviado a trabajar a la fábrica de betún Warren (Warren's Blacking Factory), le acompañaron a la prisión Marshalsea. 

Cuando la economía familiar se recuperó parcialmente y su padre fue liberado, Dickens que entonces tenía doce años y que psicológicamente había quedado traumatizado por esta experiencia, se sintió todavía más dolido ante la insistencia materna por que siguiera trabajando en la fábrica. Su padre, en cambio, le rescató de semejante destino, y entre 1824 y 1827  Dickens asistió diurnamente a una escuela en Londres. A los quince años, encontró empleo como chico de oficina en un bufete de abogados, mientras estudiaba taquigrafía por la noche. 

Su breve trabajo en la fábrica de betún le acosó toda la vida (de hecho, sólo hablaba de ello con su mujer y su amigo más íntimo, John Forster), aunque este oscuro secreto se convirtió en una fuente tanto de energía creativa como de preocupación por los temas de alienación y traición que emergerían, más notablemente, en David Copperfield y en Grandes esperanzas. En 1829 fue nombrado periodista autónomo para la Sociedad de abogados Doctor's Commons, y en 1830 conoció y se enamoró de Maria Beadnell, la hija de un banquero. Para 1832, ya destacaba como periodista y taquígrafo de éxito en los debates parlamentarios de la Cámara de los Comunes, por lo que comenzó a trabajar como reportero para un periódico.

En 1833, su relación con Maria Beadnell terminó, probablemente porque los padres de ésta no pensaban que Dickens fuera un buen partido para su hija (una versión no demasiado halagadora de ella apareció años después en La pequeña Dorrit). En el mismo año, apareció la publicación de su primera historia, a la que siguió, muy poquito tiempo después, una tirada de otras historias y relatos. En 1834, y cuando aún trabajaba como colaborador para un periódico, adoptó el seudónimo que pronto le haría famoso, “Boz”. Su indigente padre (que fue el original del señor Micawber en David Copperfield, igual que su madre fue el original de la quejica señora Nickleby) fue detenido nuevamente por deudas, y Charles, muy a su pesar, se vio forzado a ayudarlo. Posteriormente en su vida, tanto sus padres como sus hermanos recurrieron con frecuencia a él para pedirle dinero. En 1835, conoció y se comprometió con Catherine Hogarth.

La primera serie de Relatos de Boz se publicó en 1836, y ese mismo año, Dickens fue contratado para escribir una serie de textos breves que acompañarían al conjunto de ilustraciones humorísticas de entretenimiento de Robert Seymour, un artista popular. Seymour se suicidó después del segundo número, y ante estas circunstancias tan peculiares, Dickens alteró la concepción inicial de Los papeles Pickwick (The Pickwick Papers), que se convirtieron en novela (ilustrada por Hablot K. Browne, “Phiz”, cuya asociación con Dickens continuaría durante muchos años). 

Los papeles Pickwick prosiguieron durante todo el mes de noviembre de 1837, y para sorpresa de todos se convirtieron en todo un éxito popular. Dickens se casó con Catherine Hogarth el 2 de abril de 1836, y durante ese mismo año se convirtió en editor de La miscelánea de Bentley, publicó en diciembre la segunda serie de Relatos de Boz y conoció a John Forster, que llegaría a ser su íntimo amigo y confidente así como su primer biógrafo.

Tras el éxito de Los papeles Pickwick, Dickens se embarcó en una carrera a tiempo completo como novelista, componiendo obras de una complejidad creciente y a un ritmo increíble, aunque continuó asimismo sus actividades periodísticas y editoriales. Comenzó Oliver Twist en 1837, y la prolongó en entregas mensuales hasta abril de 1839. Fue en 1837 cuando también falleció la joven hermana de Catherine, Mary, a quien Dickens idolatraba. Ésta aparecería posteriormente bajo diversos disfraces en la ficción de Dickens. Ese mismo año, nació el primero de sus diez hijos.

Nicholas Nickleby se inició en 1838 y continuó durante todo el mes de octubre de 1839, año en el que Dickens dimitió como editor de La miscelánea de Bentley. El primer número de El reloj del maestro Humphrey apareció en 1840 y La tienda de antigüedades, inaugurada en El maestro Humphrey, siguió durante febrero de 1841, cuando Dickens comenzó con Barnaby Rudge, que siguió durante noviembre de ese año. En 1842, se decidió a visitar Canadá y los Estados Unidos, viaje durante el cual abogó por la propiedad intelectual internacional (ciertos editores americanos sin escrúpulos estaban pirateando sus obras) y la abolición de la esclavitud. 

        


Sus Notas americanas, que causaron furor en América (una de las razones fueron sus comentarios desfavorables sobre la aparente predilección universal, y para Dickens realmente desagradable, de mascar tabaco y escupir su jugo), aparecieron en octubre de ese mismo año. Comenzó Martin Chuzzlewit, parte del cual se localizó en una América cuyo retrato no salía demasiado bien parado, en 1843, y prosiguió con él durante julio de 1844. 

Cuento de Navidad, el primero de los universalmente famosos libros de Navidad de Dickens, que pretendía a pesar de su creciente actitud pesimista ser “una especie caprichosa de máscara destinada a despertar los pensamientos amorosos y amables”, se estrenó en diciembre de 1844. 
En ese mismo año, Dickens y su familia hicieron un viaje por Italia, pasando por Suiza y Francia donde permanecieron hasta 1847. Dickens regresó a Londres en diciembre de 1844, cuando Las campanadas se publicaron, y luego volvió a Italia, no siendo hasta julio de 1845 cuando retornó a Inglaterra. 1845 provocó también el debut de la compañía teatral de Dickens que a partir de entonces ocuparía gran parte de su tiempo. El grillo y el hogar, el tercer libro de Navidad, se publicó en diciembre y sus Pinturas de Italia aparecieron en 1846 en “Las noticias diarias”, un periódico que Dickens fundó y del cual fue el editor durante un breve lapso de tiempo.

En 1847, en Suiza, Dickens comenzó Dombey e hijo, en el que trabajó hasta abril de 1848. La batalla de la vida apareció en diciembre de ese año. En 1848, Dickens escribió también un fragmento autobiográfico, que dirigió como representación teatral en numerosos teatros no profesionales, y en diciembre publicó lo que sería su último libro de Navidad, El hombre embrujado. 1849 asistió al nacimiento de David Copperfield, que continuaría hasta noviembre de 1850, año en el que Dickens fundó y se instaló como editor del periódico semanal Palabras de andar por casa, en el que trabajaría hasta su muerte. El año de 1851 le sorprendió trabajando en La casa desolada, que aparecería mensualmente desde 1852 hasta septiembre de 1853.


En 1853  viajó por Italia con Augustus Egg y Wilkie Collins y a su vuelta a Inglaterra impartió la primera de las conferencias públicas sobre sus propias obras. Tiempos difíciles surgió semanalmente en 1854 en Palabras de andar por casa y continuó hasta agosto. La familia de Dickens pasó el verano y el otoño en Boloña, y en octubre de 1855 regresaron a París, donde Dickens comenzó La pequeña Dorrit que se prolongó en entregas mensuales hasta junio de 1857. En 1856, Dickens y Wilkie Collins colaboraron en una pieza teatral, El abismo congelado, y Dickens adquirió Gad´s Hill, una propiedad que admiraba desde su niñez.

La familia de Dickens disfrutó del verano de 1857 en una Gad´s Hill renovada. Hans Christian Andersen, cuyos cuentos Dickens admiraba enormemente, los fue a visitar pero pronto agotó su estancia allí. La compañía teatral de Dickens representó El abismo congelado para la reina, y cuando una joven actriz llamada Ellen Ternan se unió al reparto en agosto, Dickens se enamoró de ella. En 1858, en Londres, Dickens emprendió sus primeras conferencias públicas remuneradas y se peleó con su antiguo amigo y rival literario, el gran novelista, Thackeray. Mayor relevancia tuvo el que ese mismo año y tras un largo periodo de dificultades, se separara de su esposa, con la que durante muchos años había sido “temperamentalmente incompatible”.  



En 1859, sus conferencias por Londres continuaron y comenzó una nueva revista semanal, Durante todo el año. La primera entrega de Historia de dos ciudades apareció en el número inaugural y la novela se prolongó durante el mes de noviembre. Hacia 1860, la familia de Dickens ya se había asentado en su residencia de Gad´s Hill. Dickens, durante un periodo de examen retrospectivo, quemó numerosas cartas personales, y releyó su propio David Copperfield, la más autobiográfica de sus novelas, antes de sumergirse en Grandes esperanzas, que apareció semanalmente hasta agosto de 1861.

1861 presenció cómo Dickens se embarcaba en otra serie de conferencias públicas por Londres que proseguirían durante todo el año siguiente. En 1863, impartió conferencias tanto en París como en Londres y se reconcilió con Thackeray justo antes de la muerte de este último. Nuestro amigo mutuo se inició en 1864 y estuvo apareciendo mensualmente hasta noviembre de 1865. Dickens estaba delicado de salud, debido sobre todo al exceso de trabajo constante.



En 1865 ocurrió un incidente que perturbó profundamente a Dickens tanto psicológica como físicamente: él y Ellen Ternan, a su retorno de unas vacaciones en París, se vieron involucrados en un accidente de ferrocarril en el que múltiples personas resultaron heridas.

1866 trajo consigo otra serie de conferencias públicas, esta vez en diversas localidades de Inglaterra y de Escocia, y en 1867, todavía dictó más seminarios en Inglaterra y en Irlanda. En aquellos momentos Dickens se sentía verdaderamente mal pero continuó compulsivamente, en contra del consejo de su médico. Más tarde, durante ese mismo año, se comprometió con un viaje de conferencias por América que duró hasta 1868. La salud de Dickens estaba empeorando, pero aun así, asumió otra tarea física y mentalmente exhaustiva como fueron las obligaciones editoriales de Durante todo el año.

A lo largo de 1869  viajó impartiendo conferencias en Inglaterra, Escocia e Irlanda, hasta que finalmente sufrió un colapso, y manifestó síntomas de un liviano derrame cerebral. Se cancelaron las charlas que estaban previstas para determinadas provincias, pero pronto comenzó con El misterio de Edwin Drood.

Las últimas ponencias públicas de Dickens tuvieron lugar en Londres en 1870. Sufrió otra embolia el 8 de junio en Gad´s Hill, tras un día completo de trabajo en Edwin Drood, y falleció al día siguiente. Fue enterrado en la abadía Westminster el 14 de junio y el último episodio de su inconcluso El misterio de Edwin Drood apareció en septiembre.

http://www.victorianweb.org/espanol/autores/dickens/dickensbio1.html



viernes, 8 de enero de 2021

"Alegría" (Manuel Vilas) | miércoles 13 de enero | 20 h

 

CLUB DE LECTURA VIRTUAL





La literatura es una herramienta para redimir a las clases sociales. Coño, yo vengo de una familia muy humilde pero aquí convierto a mi padre y a mi madre en Bach y en Wagner, y a mis hijos en Brahms y Vivaldi, y todos los personajes de mi familia acaban elevados a una categoría superior. Esos músicos trajeron belleza al mundo. Esas personas a quienes bautizo trajeron belleza a mi mundo. Es poesía, es una fusión y un homenaje. Al final, el narrador quiere trasladarlos a otro mundo aún y les da nombres de grandes actores.


MANUEL VILAS, PORQUE LA VIDA NO ES MARAVILLOSA

El poeta y narrador despliega en 'Alegría' un libro poético y electrizante que no es secuela de 'Ordesa', sino una nueva y dura mirada al mundo

Manuel Vilas acudió a la cena del Planeta con una corbata azul oscuro con ligeros destellos de luz blanca. Había en la elegancia de su traje una dignificación no sólo de la ocasión y el lugar, sino también de la literatura que encarna y representa. Porque la última escritura de Manuel Vilas, la que empezó con la multipremiada Ordesa -traducida ya a 14 idiomas- y casi cierra un ciclo en Alegría, es una dignificación del dolor y la pérdida y de cuantos procesos nos acucian para salir adelante. Hay que hablar de Ordesa para hablar de Alegría porque ha sido Ordesa la novela que lo ha traído hasta aquí. Y como hablamos de literatura autobiográfica, ese aquí es literario y extraliterario, es vital y es su premio finalista, es su corbata exacta y vertical como la narración de una caída y su propio rescate. Quien espere encontrar en Alegría una nueva Ordesa se decepcionará, aunque sólo parcialmente. Alegría puede leerse, más que como una segunda Ordesa, como su consecuencia natural. El hombre que nos ha narrado su descomposición como individuo ante el derrumbe de su matrimonio y el cerco corrosivo del alcohol, como padre al que se le escapan sus hijos y como el hijo que vive protegiendo la ausencia sagrada de sus padres, se ha encontrado a sí mismo, porque encontró el asunto y lo escribió. Vilas no elude la comparación con Ordesa en Alegría y se afianza en esa referencia. Porque quien no haya leído Ordesa no podrá comprender ni el mundo de fractura restaurado ahora, ni esta edificación solar que lo redime desde nuevos cimientos.

Porque hay algo solar en Alegría. Hay algo sanador. Los temas son los mismos, pero en otro momento biográfico: el protagonista va pasando por los aeropuertos y los hoteles del mundo gracias al éxito de su anterior novela, con el foco siempre colocado en España y en Estados Unidos, especialmente Iowa y Chicago. Hay un enfoque nuevo que es punto de giro sobre su narrativa: el estado de ánimo. Porque todo lo que en Ordesa es desgarro y es demolición, lo que da a su escritura un íntimo fulgor de intensidad dramática en esa narración colectiva no sólo de la caída de la clase media, sino del acabamiento personal que todo ser humano ha de vivir para reconocerse en sus cenizas, en Alegría se vuelve una aceptación plácida de cualquier existencia. Es decir: tras la mayor zozobra, con su alta fiebre, con los huesos crispados de coraje interior y la agonía agarrada entre la uña y la carne, uno viene a entender que estamos vivos, que nuestros padres o sus ausencias viven, que nuestros hijos viven, y que nuestra escritura vive y no perecerá; pero no por el absurdo de la posteridad, sino precisamente porque todo cuanto una vez vivió y significó algo para alguien alcanzó su pasión, su dignidad provista de un sentido infinito.

«Todo eso que amamos y perdimos, que amamos muchísimo, que amamos sin saber que un día nos sería hurtado, todo aquello que, tras su pérdida, no pudo destruirnos, y bien que insistió con fuerzas sobrenaturales y buscó nuestra ruina con crueldad y empeño, acaba, tarde o temprano, convertido en alegría». En este comienzo portentoso está el libro, con esa sombra alada y protectora en la cita de José Hierro. Porque Manuel Vilas es un poeta eléctrico desde su testimonio en la arena de vivir también en sus novelas, que son poemas en prosa con vértigo en la sangre. Por eso ha levantado un decir propio con Barbastro erigido en epicentro de la confesión, entre momentos estelares como el sueño de la paella familiar con Lorca tocando el piano, porque Lorca es España.

Manuel Vilas no huye del espejo y se encuentra consigo mismo y con nosotros. Nos anuncia que quizá acabaremos en una casa de la periferia, olvidados y solos, y que el tormento psíquico es el peor de los males; pero todo merecerá la pena, aunque seamos los seres más indefensos de la Tierra, porque los hijos llevan a la mejor luz en una habitación de hotel en Chicago, restaurando el gesto de fragilidad al dormir de aquellos niños que fueron. Alegría es el don de ser hijo y de ser padre o la distancia de años luz entre cuanto tuvimos y la futura ausencia que seremos.

«Lo peor que le puedes preguntar a un padre o a una madre que ve poco a sus hijos es cómo están sus hijos», escribe. Es verdad. Pero hay que defender nuestra alegría diurna con bocanadas de aire. Porque se sale adelante, porque la vida siempre nos protege de nosotros y de nuestros abismos.


JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE
https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/11/15/5dc557d6fdddff3c538b458a.html










Manuel Vilas (Barbastro, 1962) se ha consolidado con una de las personalidades de mayor proyección de la literatura española del siglo XXI.

Tras cursar Filología Hispánica, ejerció durante más de veinte años como profesor de secundaria en diversos institutos. Alcanzó en primer lugar renombre como poeta, publicando sucesivamente El cielo (2000), Resurrección (2005; XV Premio Jaime Gil de Biedma), Calor (2008; VI Premio Fray Luis de León), Gran Vilas (2012; XXXIII Premio Ciudad de Melilla) y El hundimiento (2015; XVII Premio Internacional de Poesía Generación del 27). Su poesía completa fue compilada por primera vez bajo el título de Amor en 2010 y luego, en una edición ampliada, como Poesía completa en 2016. Sus poemas destacan por su carácter autobiográfico y existencial, así como por su representación crítica de la España actual, con todos sus problemas políticos y económicos.






Su trayectoria narrativa se inició con España (2008), que fue elegida por la revista Quimera como una de las diez novelas más importantes en español de la primera década del siglo XXI, Aire nuestro (2009; Premio Cálamo), Los inmortales (2012) y El luminoso regalo (2013), una particular aproximación al erotismo. También en el campo de la narrativa, ha publicado los libros de cuentos Zeta (2014) y Setecientos millones de rinocerontes (2015), además de dos volúmenes inclasificables, Lou Reed era español, en la que mezcla la memoria juvenil y una recreación imaginativa de los viajes del antiguo líder de la Velvet Underground por España y Listen to me, una recopilación de sus estados de Facebook. 

Ha sido galardonado con el X premio Llanes de Viajes y el Premio de las Letras Aragonesas de 2015. Ha colaborado con diversos medios, como el Heraldo de Aragón y El Mundo, y en la actualidad lo es de los periódicos del grupo Vocento, así como de los suplementos literarios Magazine (La Vanguardia), Babelia (El País) y ABC Cultural (ABC). En la actualidad, ya dedicado exclusivamente a la literatura, reside entre Madrid y Iowa City.



Pero a pesar de su distinguida carrera como poeta y narrador, sin duda su libro de mayor éxito tanto entre público como para la crítica, ha sido Ordesa (2018), en el que el autor indaga en su relación con los padres ya fallecidos y que también sirve como retrato de una sociedad y de un país, España, con el que tiene "una relación de amor y de odio".


En 2019 queda finalista del Premio Planeta su última novela, "Alegría".