lunes, 23 de marzo de 2026

"La rama verde", de Eloy Sánchez Rosillo | miércoles 25 | 19:30 h

 


 

En mi poesía, si la leemos bien, siempre ha prevalecido la celebración, el canto agradecido, incluso en sus tramos más elegíacos. La elegía y la melancolía también son formas —atenuadas y retardadas— de la alegría, de la satisfacción por el don de estar vivo.


Eloy Sánchez Rosillo 


LA RAMA VERDE

ANTONIO MARÍN ALBALATE  |  28 ENERO 2021

Eloy Sánchez Rosillo es un clásico al que se le reconoce, sobre todo, por la difícil sencillez con la que acomete el poema para darle brillo y vuelo. Y se le reconoce, claro, por su voz, inconfundible como la de Serrat, que tanto le admira («Eloy  Sánchez Rosillo es muy buen poeta») y que cito aquí porque así me lo dijo un día de 1999 a propósito de cierta conversación acerca de quién podría prologar un artefacto literario del que ya tenía contrato editorial y que, afortunadamente, nunca vería la luz.

Aquellas palabras del citado año me llevaron a releer La vida, a la sazón último libro de Eloy publicado tres años antes, para encontrarme con su ‘Vieja canción’: «He escuchado en la radio, por azar, hace un rato, / una vieja canción». A su vez, este poema me llevó al disco Sombras de la China (1998), donde Joan cantaba ‘Una vieja canción’: «Viene a tu encuentro / desde el olvido [...] tan dulce / y tan ingrata / una vieja canción. / Rastreando lo que fuiste [...] buscarás por aquel / tiempo que ya no existe [...] al volverla a escuchar / por la radio». La melancólica melodía del tono, elegíaco en ambos artistas, junto a ciertos parecidos razonables en cuanto a lo escrito, me llevaron a preguntarme (todavía hoy lo hago) si acaso Joan no se inspiraría en el poema de Eloy para su “vieja canción”.

De lo que no hay duda, nadie lo puede negar, es que Serrat y Sánchez Rosillo son dos grandes que ya han dejado huella y, por supuesto, toda una escuela detrás. Pero eso es otra historia.




He de confesar que sigo a Eloy (igual que a Serrat, me apetece seguir citándolo), como un sabueso, desde que en 1978 publicara Maneras de estar solo (Premio Adonáis del año anterior), un libro donde entre «la luz mediterránea» y «la plata apacible del olivo» ya se anunciaba el poeta que era y ha sido siempre. Luego llegarían Páginas de un diario (El Bardo, 1981), Elegías (Trieste, 1984), Autorretratos (Edicions 62, 1989), Las cosas como fueron, su primer tomo de poesía completa (Editorial Comares/La veleta, 1992 y 1995). A partir de ahí ficharía con Tusquets, donde vieron la luz La vida (1996), Las cosas como fueron. Poesía completa 1974-2003 (2004), La certeza (2005, Premio Nacional de la Crítica de ese año), Oír la luz (2008), Sueño del origen (2011), Antes del nombre (2013), Quién lo diría (2015), Las cosas como fueron. Poesía completa 1974-2017 (2018) y La rama verde (2020).

Con Eloy pasa como con Serrat cuando saca obra nueva, es como si fuera la misma canción o el mismo poema prolongándose una y otra vez en el tiempo. En apariencia, claro está, porque cuando entras en profundidad a leerle siempre descubres, no sin asombro, un hallazgo inesperado, algún matiz nuevo, un trallazo semántico, un fulgor que te ciega y te deja K.O.; algo que todavía te sorprende y que, como cantara mi querido cantautor en su mencionado tema, «te manda a la lona / de un gancho al corazón».

Este pequeño exordio, o lo que podría ser “un irse por las ramas”, no es más que mi rendición total y absoluta ante el poeta y su obra última, La rama verde, que publicara en noviembre del pasado 2020. Son sesenta y cuatro poemas en total, escritos entre 2015 y 2019, de una inexplicable y conmovedora belleza; es, por tanto, un libro de honda “duración”, como titula el poema que lo abre.

En La rama verde se citan el recuerdo y la añoranza por la fugacidad del tiempo que ya es elegía como, verbigracia, la que muestra el poema ‘En la mañana inmensa’.

 

Cuánto tiempo ha pasado ya, hijo mío,

desde aquella mañana que dije en un poema

en el que se nos ve a ti y a mí en la playa,

[…]

por la arena caliente de la dicha...

 

Hasta que a mi conciencia, no sé por qué, de pronto,

vino el sentir del tiempo y levantó

entre tu ingenuidad y mi tristeza súbita

la visión desolada de un futuro

vertiginoso, en el que ya no estabas

a mi lado: vagabas por el mundo

y yo quizá había muerto.

 

Y tras leerlo, con la palabra paternidad (sólo quien la conoce lo sabe) temblando en la boca, acudimos a sus Autorretratos para bucear en los versos filiales de aquella mañana que inmortalizara en ‘La playa’.

 

Nadie puede quitarme --me digo-- la ilusión

de soñar que ha existido esta mañana.

[…]

y yo beso tus ojos, tus mejillas, tu pelo,

tu niñez jubilosa. El mar está

muy azul y muy plácido. A lo lejos,

algunas velas blancas. El sol deja

su oro violento en nuestra piel.

[…]

Pero escucho, de pronto,

el ruido terrible y oscuro y velocísimo

que hace el tiempo al pasar, y la firmeza

de mi sueño se rompe; se hace añicos

—como un cristal muy frágil— la ilusión

de estar aquí, contigo, junto al agua.

[…]

Y te veo crecer, y alejarte. Ya no eres

el niño que jugaba con su padre en la playa.

[…]

Estás solo y me buscas. Pero yo he muerto acaso.

 

Sánchez Rosillo, como vemos, tiene el don de volver a lo ya escrito para seguir conmoviéndonos, esa es su grandeza. El don de Don Eloy es también, para eso es bardo verdadero, el impulso bien medido de quien tiene en sus manos el fuego y sabe cómo disponerlo ante nuestra mirada.

Leer a Eloy es “entrar en el silencio” para “estar entre las cosas” sabiendo que «lo importante es vivir, aunque el vivir nos duela / estar vivos del todo mientras dure la vida». La vida siempre en el eterno El(h)oy que será “hasta el final de un día” celebración, aunque la tristeza esté ahí y haga preguntarse al poeta: «Por qué estás triste, dime. No es posible / que a estas alturas de la edad no hayas / aprendido a vivir, / que todavía no comprendas nada. Todo está bien. Deberías darte cuenta».

Pero hay días en que, irremediablemente, el abatimiento nos hace caminar cabizbajos, más aún si se pasea junto a la mansedumbre de un mar que va y viene, entre olas y adioses, y más aún si se ha cruzado el umbral de cierta edad y te da por pensar con el poeta en ‘La hora irrevocable’: «en la hora atroz, en la hora irrevocable / en la que debería estar colmado. / ¿Qué explicación darás si alguien pregunta? / Y más que nada, ¿qué podrás decirle / a quien tú eres cuando llegue el trance / de penetrar en lo desconocido?». Días en los que, ‘En el hueco del instante’, nos vemos con la edad del poeta diciéndonos: «que tenga yo —de pronto— más de setenta años / y no sepa muy bien qué ha sido de la vida». Diciéndonos, para sucumbir ante el enigma: «Mejor no detenerse a meditar. Y seguir caminando».

Seguir caminando contra el horror de mirar el paso del tiempo en las manos y no saber dónde esconderlas. Llegar a casa y ponerse los guantes de leer para abrir, al azar, cualquier página de La rama verde. Y leer, leerle temblando como pétalo de oscura flor ante esos versos que tanto estremecen: «Has llegado a tu casa. / Por el balcón empieza a entrar la noche. / Y tú, en tu cuarto, ya eres sólo sombra».

 


Leer y recomponerse, sabiendo que en suma todo es una resta, porque «la vida empuja, arrastra, no da tregua, / y nos lleva y nos trae, nos da y nos quita». Y otra vez Serrat asaltándonos con el estribillo de ‘Una vieja canción’, «Y nos toma, / nos trae, / nos lleva, / nos mata», para preguntarnos ahora si no se inspiraría Sánchez Rosillo en él para esos versos del poema ‘Era septiembre’.

Leer a este bardo de honda melancolía celebratoria, tan merecidamente reconocido, leerlo dándonos cuenta que, como Serrat, nos toma, nos trae, nos lleva, nos da motivos para conciliarnos con “el viento del existir”: «Tengo setenta años / y ha pasado la vida. / El sol restalla aún en las alturas / su látigo de fuego».

Lean, leamos pues a Eloy Sánchez Rosillo colgados de La rama verde, clorofila de hoja perenne del «árbol del vivir, / árbol de la ilusión y de los desengaños». Leámoslo para seguir oyendo la luz, ¡quién lo diría!, del poeta de la certeza que, desde el sueño del origen mismo, se ha ido destilando, poema a poema, libro a libro, para quedar, antes del nombre, en el nombre mismo de las cosas.


Fuente: https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/la-biblioteca-de-alonso-quijano/la-rama-verde



ELOY SÁNCHEZ ROSILLO LEE 
UN POEMA DE  LA RAMA VERDE





LA LUZ CON EL TIEMPO DENTRO
ENTREVISTA A ELOY SÁNCHEZ ROSILLO


- ¿Cómo fueron tus inicios como escritor? ¿Qué te llevó a escribir, qué dificultades encontraste para escribir y, en su caso, para publicar?

- Empecé a escribir en serio cuando cristalizó de súbito y de manera firmísima mi vocación, a los diecisiete años, como he dicho otras veces. El escribir poemas y pensar que esa era la única ocupación que merecía la pena fue a la vez una maravilla (porque sentía en mí «la luz con el tiempo dentro») y una tortura (ya que no era capaz de plasmar esa luz en el papel y los poemas de los primeros tiempos eran muy flojos). Pero una vocación verdadera es invulnerable y, a pesar de todo, seguía trabajando con ilusión y constancia. Para publicar no tuve dificultades, pues me acompañó la suerte y, cuando después de una larga etapa de aprendizaje, me vi con un primer libro en las manos hice lo único que en mi caso podía hacer: enviarlo a un premio literario. Otro camino no había. Es la única vez en mi vida que he concursado. Sonó la flauta y gané el premio Adonáis. Después todo fue siendo un poco más fácil, aunque en modo alguno un camino de rosas.


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lunes, 23 de febrero de 2026

"Orgullo y prejuicio", de Jane Austen | miércoles 25 | 19:30 h

 



JUICIO SOCIAL Y APRENDIZAJE DE LA MIRADA

Anny Wanessa Mass Pille | 3 FEBRERO 2026

En Orgullo y prejuicio, Jane Austen convierte la observación social en una maquinaria narrativa precisa, donde el juicio nace en el roce cotidiano entre las expectativas de los personajes, quienes buscan de manera constante comprender al otro con el que interactúan en la cotidianidad. Desde ese punto de partida, la novela sitúa el juicio en el centro de la experiencia narrativa y lo somete a un proceso de ajuste progresivo que se despliega a lo largo de la vida social ordinaria.

En ese marco, el relato organiza su materia en escenas reconocibles: visitas, bailes, conversaciones y desplazamientos breves que configuran un espacio compartido de lectura mutua. En tal sentido, la forma narrativa enlaza percepción y afecto en un mismo movimiento, de modo que cada encuentro añade una capa a la interpretación del otro. Asimismo, la ironía acompaña ese proceso sin imponerse como voz externa, permitiendo que el aprendizaje emerja desde la acción y desde la palabra.

 

Contexto y publicación

Publicada en 1813, Orgullo y prejuicio se inscribe en la consolidación de la novela de costumbres inglesa, un momento en el que la vida cotidiana adquiere espesor literario como espacio de observación moral. Austen elige un entorno reducido y estable, compuesto por familias interrelacionadas, herencias condicionadas y trayectorias sociales previsibles. De este modo, la cotidianeidad se vuelve campo de experimentación narrativa, no por la excepcionalidad de los hechos, sino por la atención sostenida a los modos de relación.

Ese marco social articula el matrimonio como forma de estabilidad económica y de reconocimiento simbólico. En la familia Bennet, dicha centralidad se intensifica por la fragilidad patrimonial y por la presión comunitaria que convierte cada interacción en un acto observado. Por ello, el entorno regula aspiraciones y conductas mediante prácticas reiteradas, situando a los personajes dentro de una red de expectativas que condiciona decisiones y lecturas.

En el plano formal, la narración adopta una economía expresiva que favorece la claridad sin perder complejidad. En tal sentido, la combinación de escena y comentario indirecto permite que el juicio se construya dentro del desarrollo narrativo, sin recurrir a explicaciones externas. Asimismo, la distancia crítica se mantiene integrada al movimiento del relato, lo que refuerza la coherencia entre la forma adoptada y el mundo social representado.

 


Argumento y arquitectura narrativa

La arquitectura de Orgullo y prejuicio se apoya en una secuencia de encuentros que funcionan como pruebas de interpretación. El primer contacto entre Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy establece un marco de lectura inicial que orienta la percepción mutua y condiciona las escenas posteriores. A partir de ese encuentro, el relato avanza mediante lecturas parciales en las que la información disponible se organiza según disposiciones previas.

En consecuencia, la circulación de datos se produce por vías indirectas: comentarios de terceros, impresiones compartidas en espacios sociales y cartas que reordenan la comprensión de los hechos. Así, el sentido se construye en capas sucesivas, obligando a los personajes a reconsiderar lo que creen saber del otro a medida que la experiencia se acumula.

Este diseño narrativo privilegia la progresión gradual. De este modo, cada escena introduce una corrección mínima que desplaza la interpretación anterior sin clausurarla de inmediato. La trama se sostiene en ese ajuste continuo de la mirada, integrando la dimensión afectiva a la evaluación social y preparando el desarrollo ético posterior de los personajes.

 

Temas y símbolos

La novela articula sus temas centrales a partir de prácticas sociales concretas que se repiten y se transforman a lo largo del relato. En tal sentido, el juicio aparece como una actividad cotidiana, ejercida en conversaciones, visitas y decisiones que exigen interpretar al otro en un marco de expectativas compartidas. Esa práctica no se presenta como facultad abstracta, sino como hábito que se afina mediante la experiencia y la memoria de los errores.

Asimismo, el orgullo funciona como signo de autopercepción y de pertenencia social. Su presencia organiza distancias, regula gestos y condiciona el modo en que los personajes se muestran en público. De este modo, el orgullo adquiere dimensión simbólica, pues señala la tensión entre identidad personal y mirada ajena. El prejuicio, por su parte, se vincula con la rapidez de la inferencia y con la circulación del rumor, lo que refuerza su carácter socialmente producido.

En consecuencia, el afecto no se construye por iluminación repentina, sino por ajuste progresivo. El amor se vuelve legible cuando la lectura del otro se vuelve más precisa. Así, el reconocimiento mutuo opera como símbolo de madurez, integrando deseo y comprensión dentro de un mismo proceso narrativo.

 

Estilo y recursos expresivos

El estilo de Austen se caracteriza por una prosa clara que sostiene una ironía constante sin interrumpir la escena. En ese registro, la ironía cumple una función estructural, ya que permite señalar desajustes entre percepción y realidad sin recurrir a explicaciones externas. El efecto se logra mediante una dosificación precisa del comentario narrativo, siempre integrado al fluir de la acción.

Asimismo, el uso del discurso indirecto libre acerca la narración a la conciencia de los personajes y conserva, al mismo tiempo, un margen de evaluación crítica. De este modo, la técnica organiza capas de sentido, ya que el lector percibe la parcialidad del juicio antes de que los propios personajes la reconozcan. Esa anticipación sostiene la tensión interpretativa sin acelerar el desarrollo.

El diálogo ocupa un lugar decisivo como espacio de prueba social. Cada intercambio verbal redefine posiciones y revela jerarquías, de manera que una frase puede alterar el equilibrio de una escena. Por ello, la palabra se convierte en instrumento de evaluación, reforzando la coherencia entre forma narrativa y análisis social.

 

La obra de Austen en el cine y la televisión


Recepción e influencia

Desde su publicación, Orgullo y prejuicio mantuvo una recepción sostenida que combinó circulación amplia y atención crítica. En tal sentido, la obra se consolidó como referencia de la novela de costumbres, debido a su capacidad para examinar la vida cotidiana con precisión formal. La claridad de su prosa facilitó la difusión, mientras que la complejidad de su diseño sostuvo la lectura analítica.

Asimismo, la influencia de la novela se extendió a desarrollos posteriores del realismo, en particular en la atención al detalle y en la construcción de conflictos a partir de interacciones mínimas. De este modo, el modelo narrativo de Austen dejó una huella perenne en el plano literario, visible en la manera de pensar la escena social como un espacio de aprendizaje moral.

Las lecturas contemporáneas han abordado el texto desde enfoques de género, clase y afectividad, sin agotar su potencial interpretativo. Por ello, la vigencia crítica de la obra se apoya en su precisión, que permite nuevas aproximaciones sin perder coherencia interna.

 

Comprender al otro como forma de madurez

El desenlace de Orgullo y prejuicio reúne los hilos narrativos en torno a una comprensión más ajustada del vínculo con los demás. En ese cierre, las uniones finales adquieren sentido como resultado de un proceso de aprendizaje, sostenido por errores, correcciones y experiencias compartidas. El afecto se afina cuando la lectura del otro se vuelve más cuidadosa y responsable.

Asimismo, la novela muestra que el orden social no desaparece, aunque puede habitarse con mayor lucidez. Elizabeth y Darcy alcanzan un acuerdo en el que deseo y criterio se integran a partir de la experiencia acumulada. De este modo, la inteligencia emocional adquiere espesor narrativo, anclada en la cotidianidad que la obra explora.

En conjunto, Orgullo y prejuicio permanece como una formulación central de la novela de costumbres porque convierte el juicio en proceso y lo inscribe en la forma narrativa. Así, la narración educa la mirada, invitando a una lectura atenta del otro y de las condiciones sociales que configuran el vínculo.

 

Fuente: https://resenasliterarias.com/orgullo-y-prejuicio-juicio-social-y-aprendizaje-de-la-mirada/



VIDEOCONFERENCIA

La "pequeña Inglaterra" de Jane Austen, videoconferencia del catedrático de Filología Inglesa Fernando Galván donde introduce las novelas de la escritora inglesa a través de un relato biográfico, centrándose en las relaciones familiares, lugares y anécdotas personales de la autora.

Entre las obras comentadas, se cuentan varias de sus obras de juventud, como Amor y amistad y Lady Susan, y las primeras novelas extensas –Sentido y Sensibilidad y Orgullo y prejuicio–, así como la última novela terminada, Persuasión.






jueves, 15 de enero de 2026

NUEVO CALENDARIO Y HORARIO

 







Debido a los ajustes de horario de la Biblioteca Padre Salmerón, a partir de febrero nuestras sesiones se desplazan al último miércoles de mes y se adelantan media hora: comenzaremos a las 19:30 h y finalizaremos a las 21 h.

En junio mantendremos la fecha prevista debido al cierre de la biblioteca por las tardes a partir del día 22.


SEGUIMOS. 



viernes, 9 de enero de 2026

"El almanaque de mi padre", de Jiro Taniguchi | miércoles 14 | 20 h

 





Estuve mucho tiempo sin ir a Tottori, mi pueblo natal; tanto que llegué a olvidar cuándo había sido la ultima vez que fui. No había en mi vida ninguna complicación que me impidiera ir al pueblo. Era sólo debido a que tenía mucho trabajo y me daba un poco de pereza salir. Yo soy el hermano menor y mis padres, que están en el pueblo, viven con la familia de mi hermano mayor y están bien. Para mí el pueblo era un lugar al que, si no iba, no pasaba nada. Creo que en este sentido, no me he portado demasiado bien con mis padres.

Jiro Taniguchi




RECUERDOS DESENTERRADOS

FER GARCÍA – Zona Negativa  |  21 SEPTIEMBRE 2021

 

TANIGUCHI Jirō es uno de esos autores capaces de poner de acuerdo a todo tipo de lectores gracias a la impepinable calidad y la solidez de sus trabajos, que le granjearon una numerosa y fiel legión de seguidores no solo en Japón, sino a lo largo y ancho del planeta, haciéndole merecedor de prestigiosos galardones en diferentes países y convirtiéndole en un autor de culto. Todos estos logros los alcanzó desde un eclecticismo que lo llevaba a escribir obras de corte costumbrista, de serie negra, ambientadas en vastos parajes naturales que constituían un elemento de peso en la historia, gastronómicas, de lucha, ciencia ficción o históricas; es decir, a partir de trabajos aparentemente diferentes y alejados entre sí, pero que compartían un mismo lenguaje y lograban sus objetivos con rotundidad.

Entre toda su producción, cada lector disfruta más de una u otra faceta de este versátil autor, pero siempre ha existido un gran consenso acerca de sus obras de corte costumbrista como su gran cima artística, entre las que destaca El almanaque de mi padre, una obra que si bien no fue la primera del autor en publicarse en nuestro país, sí que fue la que le sirvió para asentarse como un autor fijo en las estanterías de manga de nuestras librerías durante las dos últimas décadas. Este manga, titulado originalmente Chichi no Koyomi, vio la luz en el año 1994 en las páginas de la revista Big Comic, de la editorial Shogakukan. En el año 2001, Planeta Cómic (por entonces deAgostini) publicó la obra por primera vez en español, en tres volúmenes de la Biblioteca Pachinko, a la que siguieron reediciones en un único volumen en los años 2008, 2013 y 2020, siendo la última de ellas la primera en publicarse en sentido de lectura oriental.

El almanaque de mi padre es la obra más importante de la rica producción de Taniguchi y la que le confirió el estatus de autor de culto. En ella nos presenta a Yōichi, un oficinista corriente de Tokio que debe volver a su pueblo natal, en la prefectura de Tottori (también lugar de nacimiento del autor, que se basó en algunas experiencias personales) para asistir a los diferentes actos del funeral de su padre, a quien no veía desde hacía años, debido a los pretextos que siempre argumentaba para eludir la asistencia a las diferentes reuniones familiares, sintiéndose ajeno a la muerte de su propio progenitor.

Una vez que llega a la casa en la que creció, Yōichi se ve arropado por su hermana, su tío y su madrastra, junto a los que comienza a rememorar ante el féretro de su padre los episodios clave de su niñez y su adolescencia, los cuales definieron la relación que hubo entre ellos dos. La percepción que Yōichi tiene de su padre al comienzo de la historia es la de una persona taciturna, dedicada en exclusiva a su trabajo como peluquero y barbero, sin relaciones sociales ni intereses de ningún tipo, de alguien lejano y desconocido, con quien rompió los lazos familiares tiempo atrás.

 



Gran Incendio de Tottori  (17 de abril de 1952)


El transcurrir de los capítulos, con conversaciones que desvelan detalles olvidados o directamente desconocidos por Yōichi, el desentierro de recuerdos borrosos y el descubrimiento de nuevas perspectivas desde las que analizar los acontecimientos del pasado, lo inducen a un catártico y revelador viaje de conocimiento propio y de su padre. El pasado se vuelve presente y proyecta ante él a las figuras de su madre y su padre, tal y como las percibía cuando vivía bajo su cobijo, iniciando un repaso a sus días de juegos en el hogar y el negocio familiar, al incendio que asoló su localidad y destruyó su casa, a su paso por los diferentes estadios de desarrollo y al progresivo distanciamiento de su padre.



Taniguchi es un heredero espiritual y transmedia de OZU Yasujirō, el legendario director de cine que supo retratar mejor que ningún otro la realidad contemporánea, los elementos que integran la cultura y las relaciones sociales de los japoneses. 



Este mangaka se caracteriza por un dibujo hiperrealista, que recoge todos los elementos que integran los paisajes naturales y urbanos que sirven de escenario a sus relatos, y por una impecable y fluida narrativa, con suaves transiciones entre viñetas. Otro de los aspectos en los que destaca Taniguchi es en el dominio del paso del tiempo a lo largo de los doce capítulos que componen la obra, demostrando una gran capacidad para reflejar dicho paso del tiempo en las facciones de los personajes, sus gestos y posturas corporales, el vestuario, los enseres de la vida diaria, las convenciones sociales de cada época o la configuración urbanística de las ciudades, ilustrando el desarrollo económico y social japonés producido tras la capitulación de la II Guerra Mundial.

Taniguchi aborda de una manera compleja las relaciones paternofiliales a través de diversos personajes, con Yōichi como elemento común de todas ellas, mostrando las diferentes carencias que tienen cada uno de los progenitores, cómo afectan a la personalidad de su hijo y a la percepción que él tiene de ellos y explorando las consecuencias psicológicas a corto, medio y largo plazo. Así, pone de manifiesto la importancia de la profunda reflexión de los efectos que las acciones de los adultos tienen sobre ellos mismos, pero especialmente sobre sus propios hijos, que sufren la pérdida de una estabilidad emocional y que se ven condicionados por tomas de decisiones ajenas y los requerimientos y dificultades de la vida adulta.

El duelo por la muerte de un familiar, la marcha de un integrante del entorno más próximo e íntimo, se convierte en un punto de aproximación, en una reunión en la que se estrechan los lazos, descuidados por el paso del tiempo, en la que se repasa la vida del fallecido y se realiza un sentido homenaje a sus logros vitales y sus bondades, ensalzando su figura para que pase a formar parte de la memoria personal y familiar con altos honores, un proceso psicológico de aceptación de la pérdida que el protagonista atraviesa en todas sus etapas, sumiéndolo en un mar de emociones y alterando sus percepciones iniciales.

La obra de Taniguchi adquiere a medida que va avanzando un marcado subtexto sobre la pérdida, cuya relevancia en el caso de un niño se circunscribe al ámbito familiar. De esta manera, el autor ahonda en este sentimiento de pérdida del padre, de la madre, de la mascota y del hogar de Yōichi, que se ve despojado de forma progresiva de los elementos que cohesionan y dan estabilidad a su entorno y, como consecuencia, ahonda en los efectos de un desarraigo familiar, que lo conduce a la silenciosa aceptación de una realidad distorsionada y de una conformista y perjudicial soledad, que tiene un impacto negativo en su personalidad y en su salud mental.




En octubre de 2020, Planeta Cómic puso en nuestras librerías una nueva edición de El almanaque de mi padre, enmarcada en su Colección Trazado, obra que ya había publicado con anterioridad hasta en tres ocasiones, siendo uno de esos títulos que se mantienen continuamente en catálogo por su extraordinaria calidad y el prestigio que otorgan a quienes ostentan sus derechos de edición. Se trata de un único volumen en tapa dura, con una sólida encuadernación y papel poroso, con una buena reproducción de los materiales originales, manteniendo las páginas a color iniciales, y una excelente traducción, con útiles anotaciones que ayudan a salvar las barreras culturales entre occidente y Japón. Todas estas características, junto a su tamaño de 15×23 cm, ligeramente superior al estándar A5, y el hecho de que por primera vez se publicase en sentido de lectura oriental, convierten a este tomo en la mejor edición hasta la fecha de un cómic imprescindible.

 

Fuente: https://www.zonanegativa.com/el-almanaque-de-mi-padre-de-taniguchi-Jirō/