LA RAMA VERDE
ANTONIO MARÍN ALBALATE | 28 ENERO 2021
Eloy Sánchez Rosillo es un clásico al que se le reconoce, sobre todo, por la difícil sencillez con la que acomete el poema para darle brillo y vuelo. Y se le reconoce, claro, por su voz, inconfundible como la de Serrat, que tanto le admira («Eloy Sánchez Rosillo es muy buen poeta») y que cito aquí porque así me lo dijo un día de 1999 a propósito de cierta conversación acerca de quién podría prologar un artefacto literario del que ya tenía contrato editorial y que, afortunadamente, nunca vería la luz.
Aquellas palabras del citado año me
llevaron a releer La vida, a la sazón último libro de Eloy publicado tres años
antes, para encontrarme con su ‘Vieja canción’: «He escuchado en la radio, por
azar, hace un rato, / una vieja canción». A su vez, este poema me llevó al
disco Sombras de la China (1998), donde Joan cantaba ‘Una vieja canción’:
«Viene a tu encuentro / desde el olvido [...] tan dulce / y tan ingrata / una
vieja canción. / Rastreando lo que fuiste [...] buscarás por aquel / tiempo que
ya no existe [...] al volverla a escuchar / por la radio». La melancólica
melodía del tono, elegíaco en ambos artistas, junto a ciertos parecidos
razonables en cuanto a lo escrito, me llevaron a preguntarme (todavía hoy lo
hago) si acaso Joan no se inspiraría en el poema de Eloy para su “vieja
canción”.
De lo que no hay duda, nadie lo puede
negar, es que Serrat y Sánchez Rosillo son dos grandes que ya han dejado huella
y, por supuesto, toda una escuela detrás. Pero eso es otra historia.
He de confesar que sigo a Eloy (igual
que a Serrat, me apetece seguir citándolo), como un sabueso, desde que en 1978
publicara Maneras de estar solo (Premio Adonáis del año anterior), un libro
donde entre «la luz mediterránea» y «la plata apacible del olivo» ya se
anunciaba el poeta que era y ha sido siempre. Luego llegarían Páginas de un
diario (El Bardo, 1981), Elegías (Trieste, 1984), Autorretratos (Edicions 62,
1989), Las cosas como fueron, su primer tomo de poesía completa (Editorial
Comares/La veleta, 1992 y 1995). A partir de ahí ficharía con Tusquets, donde
vieron la luz La vida (1996), Las cosas como fueron. Poesía completa 1974-2003
(2004), La certeza (2005, Premio Nacional de la Crítica de ese año), Oír la luz
(2008), Sueño del origen (2011), Antes del nombre (2013), Quién lo diría
(2015), Las cosas como fueron. Poesía completa 1974-2017 (2018) y La rama verde
(2020).
Con Eloy pasa como con Serrat cuando
saca obra nueva, es como si fuera la misma canción o el mismo poema
prolongándose una y otra vez en el tiempo. En apariencia, claro está, porque
cuando entras en profundidad a leerle siempre descubres, no sin asombro, un
hallazgo inesperado, algún matiz nuevo, un trallazo semántico, un fulgor que te
ciega y te deja K.O.; algo que todavía te sorprende y que, como cantara mi
querido cantautor en su mencionado tema, «te manda a la lona / de un gancho al
corazón».
Este pequeño exordio, o lo que podría
ser “un irse por las ramas”, no es más que mi rendición total y absoluta ante
el poeta y su obra última, La rama verde, que publicara en noviembre del pasado
2020. Son sesenta y cuatro poemas en total, escritos entre 2015 y 2019, de una
inexplicable y conmovedora belleza; es, por tanto, un libro de honda
“duración”, como titula el poema que lo abre.
En La rama verde
se citan el recuerdo y la añoranza por la fugacidad del tiempo que ya es elegía
como, verbigracia, la que muestra el poema ‘En la mañana inmensa’.
Cuánto tiempo ha
pasado ya, hijo mío,
desde aquella
mañana que dije en un poema
en el que se nos
ve a ti y a mí en la playa,
[…]
por la arena
caliente de la dicha...
Hasta que a mi
conciencia, no sé por qué, de pronto,
vino el sentir
del tiempo y levantó
entre tu
ingenuidad y mi tristeza súbita
la visión
desolada de un futuro
vertiginoso, en
el que ya no estabas
a mi lado:
vagabas por el mundo
y yo quizá había
muerto.
Y tras leerlo, con la palabra
paternidad (sólo quien la conoce lo sabe) temblando en la boca, acudimos a sus
Autorretratos para bucear en los versos filiales de aquella mañana que
inmortalizara en ‘La playa’.
Nadie puede
quitarme --me digo-- la ilusión
de soñar que ha
existido esta mañana.
[…]
y yo beso tus
ojos, tus mejillas, tu pelo,
tu niñez
jubilosa. El mar está
muy azul y muy
plácido. A lo lejos,
algunas velas
blancas. El sol deja
su oro violento
en nuestra piel.
[…]
Pero escucho, de
pronto,
el ruido
terrible y oscuro y velocísimo
que hace el
tiempo al pasar, y la firmeza
de mi sueño se
rompe; se hace añicos
—como un cristal
muy frágil— la ilusión
de estar aquí,
contigo, junto al agua.
[…]
Y te veo crecer,
y alejarte. Ya no eres
el niño que
jugaba con su padre en la playa.
[…]
Estás solo y me
buscas. Pero yo he muerto acaso.
Sánchez Rosillo, como vemos, tiene el don
de volver a lo ya escrito para seguir conmoviéndonos, esa es su grandeza. El
don de Don Eloy es también, para eso es bardo verdadero, el impulso bien medido
de quien tiene en sus manos el fuego y sabe cómo disponerlo ante nuestra
mirada.
Leer a Eloy es “entrar en el silencio”
para “estar entre las cosas” sabiendo que «lo importante es vivir, aunque el
vivir nos duela / estar vivos del todo mientras dure la vida». La vida siempre
en el eterno El(h)oy que será “hasta el final de un día” celebración, aunque la
tristeza esté ahí y haga preguntarse al poeta: «Por qué estás triste, dime. No
es posible / que a estas alturas de la edad no hayas / aprendido a vivir, / que
todavía no comprendas nada. Todo está bien. Deberías darte cuenta».
Pero hay días en que,
irremediablemente, el abatimiento nos hace caminar cabizbajos, más aún si se
pasea junto a la mansedumbre de un mar que va y viene, entre olas y adioses, y
más aún si se ha cruzado el umbral de cierta edad y te da por pensar con el
poeta en ‘La hora irrevocable’: «en la hora atroz, en la hora irrevocable / en
la que debería estar colmado. / ¿Qué explicación darás si alguien pregunta? / Y
más que nada, ¿qué podrás decirle / a quien tú eres cuando llegue el trance /
de penetrar en lo desconocido?». Días en los que, ‘En el hueco del instante’,
nos vemos con la edad del poeta diciéndonos: «que tenga yo —de pronto— más de
setenta años / y no sepa muy bien qué ha sido de la vida». Diciéndonos, para
sucumbir ante el enigma: «Mejor no detenerse a meditar. Y seguir caminando».
Seguir caminando
contra el horror de mirar el paso del tiempo en las manos y no saber dónde
esconderlas. Llegar a casa y ponerse los guantes de leer para abrir, al azar,
cualquier página de La rama verde. Y leer, leerle temblando como pétalo de
oscura flor ante esos versos que tanto estremecen: «Has llegado a tu casa. /
Por el balcón empieza a entrar la noche. / Y tú, en tu cuarto, ya eres sólo
sombra».
Leer y recomponerse, sabiendo que en suma todo es una resta, porque «la vida empuja, arrastra, no da tregua, / y nos lleva y nos trae, nos da y nos quita». Y otra vez Serrat asaltándonos con el estribillo de ‘Una vieja canción’, «Y nos toma, / nos trae, / nos lleva, / nos mata», para preguntarnos ahora si no se inspiraría Sánchez Rosillo en él para esos versos del poema ‘Era septiembre’.
Leer a este bardo de honda melancolía
celebratoria, tan merecidamente reconocido, leerlo dándonos cuenta que, como
Serrat, nos toma, nos trae, nos lleva, nos da motivos para conciliarnos con “el
viento del existir”: «Tengo setenta años / y ha pasado la vida. / El sol
restalla aún en las alturas / su látigo de fuego».
Lean, leamos pues a Eloy Sánchez
Rosillo colgados de La rama verde, clorofila de hoja perenne del «árbol del
vivir, / árbol de la ilusión y de los desengaños». Leámoslo para seguir oyendo
la luz, ¡quién lo diría!, del poeta de la certeza que, desde el sueño del
origen mismo, se ha ido destilando, poema a poema, libro a libro, para quedar,
antes del nombre, en el nombre mismo de las cosas.
Fuente: https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/la-biblioteca-de-alonso-quijano/la-rama-verde
UN POEMA DE LA RAMA VERDE
ENTREVISTA A ELOY SÁNCHEZ ROSILLO
- ¿Cómo fueron
tus inicios como escritor? ¿Qué te llevó a escribir, qué dificultades
encontraste para escribir y, en su caso, para publicar?
- Empecé a escribir en serio cuando cristalizó de súbito y de manera firmísima mi vocación, a los diecisiete años, como he dicho otras veces. El escribir poemas y pensar que esa era la única ocupación que merecía la pena fue a la vez una maravilla (porque sentía en mí «la luz con el tiempo dentro») y una tortura (ya que no era capaz de plasmar esa luz en el papel y los poemas de los primeros tiempos eran muy flojos). Pero una vocación verdadera es invulnerable y, a pesar de todo, seguía trabajando con ilusión y constancia. Para publicar no tuve dificultades, pues me acompañó la suerte y, cuando después de una larga etapa de aprendizaje, me vi con un primer libro en las manos hice lo único que en mi caso podía hacer: enviarlo a un premio literario. Otro camino no había. Es la única vez en mi vida que he concursado. Sonó la flauta y gané el premio Adonáis. Después todo fue siendo un poco más fácil, aunque en modo alguno un camino de rosas.




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