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jueves, 9 de junio de 2022

"Kafka en la orilla" | Haruki Murakami | miércoles 15 de junio | 20 h

 


Que un tipo hable con gatos o lluevan peces del cielo no sorprende ya al lector de narra­ti­va contemporánea, de vuelta de casi todo y camino de casi nada, si acaso de la tierra prometida de la hipermodernidad de Lipovetsky, en la que comienza a habitar una ficción irremediablemente urdida con clichés, apagado ya el fragor de la guerra contra el cliché, y saciada de sus urgencias de originalidad y de éxito con un ilimitado eclecticismo en el que se imbrican distintas tradiciones. 

Juegan también a la ficción literaria todas las manifestaciones de la cultura contemporánea, sin distinción de nivel intelectual ni de procedencia geográfica: lo popular y lo culto junto a lo icónico y lo literario, lo real conviviendo con lo onírico, y códigos, estructuras genéricas, mitos y formulas heterogéneos emplazados en las páginas de esta novela de complacida promiscuidad. 

De este tipo de ficción es Haruki Murakami uno de sus más enaltecidos mandarines desde la publicación de Tokio Blues (o Norwegian Wood, 1987), una historia de sexo, amor y muerte con consciencias perturbadas al fondo que se convirtió en un éxito internacional sin precedentes, pese a que algunos ya trataron de proscribirlo acusándolo de frívolo impostor. Y no es preciso ser su detractor para asumir que Murakami es un maestro de la impostura, que alcanza a dominar hasta el límite de darle la apariencia de la naturalidad.
 
Kafka en la orilla (2002), escrita originalmente en japonés, significa la consolidación de Murakami y de su estilo, hipnótico, simbólico e histriónico a un tiempo, urdido a base de ecos y de reescrituras y manipulaciones transtextuales de modelos de ficción y de textos consolidados en el imaginario del lector modelo (¿no es acaso una versión del episodio de la magdalena mojada en el té de Proust el fragmento 

«(...) vuelvo a la mesa, me siento en una silla. En la taza aún queda un poco de infusión. No toco la taza, la dejo como está. Esta taza pronto será una metáfora de los recuerdos que se irán perdiendo», (p. 554). 

Kafka Tamura es un personaje creado a imagen y semejanza de aquel Antoine Doinel de Los cuatrocientos golpes de su admirado Truffaut, cumple quince años y se va de casa emprendiendo un viaje iniciático atrapado en el símbolo del bosque que nace de El sueño de Polifilo y la tradición hermética:

«Quiero comprobar hasta dónde soy capaz de penetrar en la profundidad del bosque. Sé que entraña peligro. Algo me impele a avanzar» (p. 458). 

Es también semejante en el tono del relato autobiográfico al de Holden Caulfield –Murakami tradujo al japonés El guardián entre el centeno de Salinger–, y su poderosa primera persona arrastra al lector a un viaje por su consciencia, metamorfoseada en un joven llamado Cuervo (lo que en checo significa Kafka), que adquiere forma de relato onírico en algunas ocasiones, y de fantasía, introspección, parodia de los libros de autoayuda o pastiche del estilo new age y su exploración espiritual en otras:

«Aquella noche me acuesto en la oscuridad y, conteniendo la respiración y con los ojos bien abiertos, espero a que surja alguna figura de entre las tinieblas. Ruego para que aparezca alguien. No sé si mis súplicas surtirán efecto. Pero concentro todos mis sentimientos con la esperanza de que eso ocurra» (p. 459).

El relato de la huida de Tamura, primera línea argumental de la novela, sigue el cauce del mito de Edipo tan al pie de la letra como sigue las picarescas mistificaciones del héroe de Salinger: huye de un padre famoso para abandonarse en brazos de la mujer madura, esto es, para convertirse en amante de una enigmática y vieja bibliotecaria llamada Saeki, tras la que se nos invita a ver a su propia madre, de suerte que la alargada sombra de la tragedia clásica compuesta por Sófocles se cierne sobre el protagonista, que habrá de sufrir el aciago sino como un nuevo Edipo rey. 

La ­llegada a la biblioteca Kômura de Ta­kamatsu, de reminiscencias borgesianas (la biblioteca de Babel entendida como metáfora de la sabiduría, esto es, del final del aprendizaje), la identidad extraviada del enigmático bibliotecario, el travesti Oshima, las apariciones fantasmales, el sexo obsesivo con Saeki, el poder perturbador de sus imágenes y la atmósfera psicótica y onírica a un tiempo de muchas de las páginas de esta primera línea argumental remiten sin asomo de duda al cine de David Lynch, y Blue Velvet y Mulholland Drive vienen entonces a la memoria.

En cambio, los episodios que conciernen a Store Nakata, el protagonista de la segunda trama de la novela –que se alterna con la primera, con la que mantiene una relación de ósmosis, por decirlo de algún modo, de concomitancias sin interferencias–, remiten por igual, a la hora de explicar la experiencia que el anciano Nakata tuvo de niño, con otros chicos, en lo alto de una montaña, hipnotizados de forma sobrenatural, a la ciencia-ficción, al ocultismo contaminado de hipótesis alienígenas y a un empleo sui géneris de los métodos del nuevo periodismo y de la novela de no ficción. Murakami inventa unos informes del ejército norteamericano –y en este punto el satírico y paranoico universo ficcional de Kurt Vonnegut se asoma por un momento a la narración– para especular acerca de los motivos que pudieron producir la insólita experiencia de Nakata, a raíz de la cual quedó amnésico y capacitado por un tiempo, sin embargo, para hablar con los gatos y lograr que del cielo lluevan peces, dos incursiones en el más canónico realismo mágico. 



Esta segunda línea trae también consigo una sátira de nuestra sociedad de consumo y una denodada complacencia en el gore de la mano de un personaje publicitario, Johnnie Walken (¡Walker!), Señor del Whisky, al que se le ha insuflado vida para que camine por la novela quitándosela a los gatos, abriéndolos en canal y comiéndose sus corazones en un ritual de sangre, secuencias y ritmo que le debe mucho al cómic y al manga, presente en otros episodios de la novela, como el del apaleamiento entre moteros camorristas en un área de servicio, al final del capítulo 20. 

Nakata, incapaz de asumir tanto horror, asesina a Johnnie de varias puñaladas, y el lector, recordando a Sófocles y la profecía, entiende que la-etiqueta-del-whisky-convertida-en-hombre es el padre de Kafka Tamura, y que, como casi siempre en Murakami, la metáfora ha anegado de nuevo el texto. 



Cobra vida también «el viejo de los carteles del Kentucky Fried Chicken», el Coronel Sanders (exacerbado todo, ahora vemos cómo ha crecido el enano de la publicidad que el pop legitimó en el arte de los sesenta), y convive con personajes históricos y con héroes inventados, porque en la ficción de Murakami sólo cabe suspender indefinidamente la incredulidad y dejarse llevar por las tribulaciones emocionales y los designios de la imaginación de unos personajes condenados a la huida hacia delante –la guitarrista Reiki de Tokio Blues se refugia en un sanatorio y Kafka Tamura en una biblioteca, ambos navegantes a la deriva de sus propias vidas–, o enjaulados por el pasado que dirige su destino y por el miedo a la madurez.

Escribiendo párrafos de metafísica pseudotrascendente (al autor de Kioto le fascina la creación de un lenguaje que suscite sensaciones, dejándose llevar en ocasiones por la grandilocuencia) junto a frases que describen un pitillo de Marlboro encendiéndose, que anota versos de Macbeth y habla de Jung y el Genji clásico y a la vez nos hace oír el motor de un Volkswagen Golf, escuchar las sonatas de Schubert después de oír a Prince y ver la hora en un Rolex, Murakami abraza el eclecticismo porque se salta a la torera los cánones. 

Profana y desordena a su antojo la tradición y, no sintiéndose atado a una historia, sino liberado por su imaginación, construye de forma libérrima, al modo de una escritura automática no llevada al límite: «Lo único que hago es perseguir las imágenes que acuden a mi mente y, siguiendo ese flujo, voy escribiendo» (El País, 26 de febrero de 2007). Atiende así a cuantos ejercicios de estilo, caprichos narrativos, audaces imaginerías místicas o escatológicas y referencias culturales le asaltan durante el proceso de redacción, como sucede con las fluctuaciones de persona gramatical al final del diálogo entre Tamura y Saeki del capítulo 33, que concluye con una escena de hard porn narrada en segunda persona desde el punto de vista de Tamura, en un complejo juego de focalizaciones, narradores y consciencias.

A Murakami le fascina el hecho mismo de escribir, la sensación física, táctil, de crear mundos mentales con los que sacudir al lector. Lo dice la señorita Saeki, con su pluma Montblanc en la mano y haciéndole de portavoz a su creador:

«El hecho de escribir ha sido importante. Aunque lo que haya escrito, como resultado, no tenga ningún sentido» (p. 395).



Kafka en la orilla representa de mil modos las encrucijadas de nuestro tiempo, un tiempo en el que tradiciones, culturas y lenguajes se han globalizado y contaminado hasta desnaturalizarse y reinventarse. La ficción de Murakami –ecléctica, digresiva, culturalista– pertenece, como se ha dicho con sobrada razón, a la era de Google, de los discursos imbricados, de las secuencias incoherentes y ya no lineales, de los inputs múltiples, no jerarquizados, difícilmente ordenables y ya ina­bar­ca­bles, la era del cut & paste y de una cibercultura hiperconsumista y globalizada que genera, por contraste, tanto el retorno a una espiritualidad más liviana y pragmática de lo que aparenta, como la asunción de una soledad sorprendentemente interconectada y comunicada. 

JAVIER APARICIO MAYDEU
https://www.revistadelibros.com/articulos/kafka-en-la-orilla-de-haruki-murakami






Haruki Murakami es uno de los escritores japoneses más conocidos de la actualidad, tanto en su país como fuera de él. Su generación de escritores fue influenciada por la literatura contemporánea norteamericana. Él mismo ha traducido a Tobias Wolff, Francis Scott Fitzgerald, John Irving o Raymond Carver, a los que considera indudables maestros.

Murakami nació en Kioto pero se crio en Kobe. Sus padres eran profesores de literatura japonesa y de ahí vino su interés por ella. Influenciado por la cultura occidental tanto en la literatura como en la música, son esas inclinaciones las que lo diferencian de otros autores japoneses.

Estudió Literatura y Griego en la Universidad de Waseda (Sodai), donde conoció a su esposa Yoko. Su primer negocio fue un bar de jazz llamado "Peter Cat", una muestra de su gran amor por la música, uno de los grandes y necesarios referentes a lo largo de toda su obra.

Tokio Blues fue la primera de sus obras que despuntó y su fama le convirtió en una verdadera estrella en Japón. Después de pasar una larga temporada en Estados Unidos en la que escribió Al sur de la frontera, al oeste del sol (1992) y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), Murakami decidió volver a Japón tras el famoso terremoto de Kobe y el atentado terrorista con gas sarín al metro de Tokio, sucesos sobre los que escribiría posteriormente.

Desde su vuelta a Japón, publicó Sputnik mi amor (1999) y Kafka en la orilla (2002), que le valieron el definitivo espaldarazo internacional y el seguimiento fiel de una verdadera legión de lectores. Estos libros fueron seguidos por After Dark (2004), 1Q84 (2009) y Los años de peregrinación del chico sin color (2013). Murakami ha sido postulado al Premio Nobel de Literatura gracias a obras como 1Q84, trilogía que rompió todos los récords de venta en Japón. 

Sus obras tienen un marcado toque surreal y de fatalismo; en ellas refleja la soledad y el ansia de encontrar y poseer el amor, crea mundos donde mezcla lo real y lo onírico, la felicidad con la oscuridad, consiguiendo atraer la curiosidad e inquietud de los lectores. Su carrera literaria no consta solo de novelas, también de recopilación de relatos, ensayos y cuentos ilustrados.

Reconocido en todo el mundo, ha sido galardonado con premios como el Noma (1982), el Tanizaki  (1985), el Yomiuri (1996), el Franz Kafka (2006) o el Jerusalem Prize (2007). En España, ha recibido la Orden de las Artes y las Letras del Gobierno Español y el Premi Internacional Catalunya 2011.

 


miércoles, 7 de octubre de 2015

TOKIO BLUES (miércoles 14, 20h)





No tengo interés en escribir novelas largas con estilo realista, pero decidí que, aunque sólo fuera una vez, iba a escribir una novela realista. Tokio blues fue un simple experimento. Personalmente, a mí me gusta esa novela, pero no he vuelto a leerla desde hace casi 20 años. De momento, no tengo ninguna intención de volver a escribir algo parecido. No tengo interés en el pasado. Ya no puedo sentir interés en el llamado estilo realista porque, si escribo una novela así, acabo aburriéndome.


Tokio blues: una historia de amor triangular que se convierte en el relato de una educación sentimental pero también de las pérdidas que implica toda maduración. Toru Watanabe, un ejecutivo de 37 años, escucha casualmente mientras aterriza en un aeropuerto europeo una vieja canción de los Beatles, y la música le hace retroceder a su juventud, al turbulento Tokio de finales de los sesenta. 

Toru recuerda, con una mezcla de melancolía y desasosiego, a la inestable y misteriosa Naoko, la novia de su mejor -y único- amigo de la adolescencia, Kizuki. El suicidio de éste les distancia durante un año hasta que se reencuentran en la universidad. Inician allí una relación íntima; sin embargo, la frágil salud mental de Naoko se resiente y la internan en un centro de reposo. Al poco, Toru se enamora de Midori, una joven activa y resuelta. Indeciso, sumido en dudas y temores, experimenta el deslumbramiento y el desengaño allá donde todo parece cobrar sentido: el sexo, el amor y la muerte. La situación, para él, para los tres, se ha vuelto insostenible; ninguno parece capaz de alcanzar el delicado equilibrio entre las esperanzas juveniles y la necesidad de encontrar un lugar en el mundo. 











Con un fino sentido del humor, Murakami escribió la novela que supuso su reconocimiento definitivo en Japón, donde se convirtió en un best seller. 

La versión cinematográfica, dirigida por Tran Anh Hung,  fue estrenada en Japón el 11 de diciembre de 2010.

Banda sonora de Tokio blues 


Naoko sacó la mano izquierda del bolsillo y agarró la mía.

    —Pero a ti no te pasará nada. Tú no tienes por qué preocuparte. Aunque anduvieras por aquí de noche con los ojos cerrados, tú jamás te caerías dentro. Seguro. Y a mí, mientras esté contigo, tampoco me pasará nada.

    —¿Jamás?

    —Jamás.







HARUKI MURAKAMI




Hacía sol y estaba viendo un partido de béisbol una tarde de abril. De repente, fue como si me hubiera caído un rayo y supe con toda claridad que sería escritor.

Haruki Murakami (Kioto, 12 de enero de 1949), escritor y traductor japonés. A pesar de nacer en Kioto, vivió la mayor parte de su juventud en Kōbe. Su padre era hijo de un sacerdote budista. Su madre, hija de un comerciante de Osaka. Ambos enseñaban literatura japonesa.

Estudió literatura y teatro griegos en la Universidad de Waseda (Soudai), en donde conoció a su esposa, Yoko. Su primer trabajo fue en una tienda de discos (tal como uno de sus personajes principales, Toru Watanabe de Tokio blues). Antes de terminar sus estudios, Murakami abrió el bar de jazz "Peter cat" ('El gato Pedro') en Tokio, que funcionó entre 1974 y 1982.


En 1986, con el enorme éxito de su novela Tokio blues, abandonó Japón para vivir en Europa y América, pero regresó a Japón en 1995 tras el terremoto de Kobe, donde pasó su infancia, y el ataque de gas sarín que la secta Aum Shinrikyo ('La Verdad Suprema') perpetró en el metro de Tokio. Más tarde Murakami escribiría sobre ambos sucesos.















La ficción de Murakami, que a menudo es tachada de literatura pop por las autoridades literarias japonesas, es humorística y surreal, y al mismo tiempo refleja la soledad y el ansia de amor en un modo que conmueve a lectores tanto orientales como occidentales. Dibuja un mundo de oscilaciones permanentes, entre lo real y lo onírico, entre el gozo y la obscuridad, que ha seducido a Occidente. Cabe destacar la influencia de los autores que ha traducido, como Raymond Carver, F. Scott Fitzgerald o John Irving, a los que considera sus maestros.




Ha recibido numerosos premios, entre ellos el Noma, el Tanizaki, el Yomiuri, el Frank O’Connor, el Franz Kafka o el Jerusalem Prize, así como el Arcebispo Juan de San Clemente, concedido por estudiantes gallegos. Ha sido distinguido con la Orden de las Artes y las Letras por el Gobierno español, y ha recibido recientemente el XXIII Premi Internacional de Catalunya 2011, que otorga la Generalitat de Catalunya.

  







Entrevista a H. Murakami (subtítulos en castellano)