martes, 17 de mayo de 2016

Una soledad demasiado ruidosa (miércoles 18, 20h)



Hanta lleva más de 35 años trabajando en un sótano triturando papel. Lo repite casi como un mantra en cada capítulo de este libro. Destruye libros y fabrica balas que además de eso, del papel, incorporan reproducciones de cuadros, litografías, ratones que pululan por allí y hasta su sangre y su propia vida. En ocasiones, entre todos esos materiales hay hallazgos milagrosos, libros que rescata como tesoros y guarda. 

¿Para qué? 

“Mi misa, mi ritual consiste no solo en leer estos libros, sino en meter alguno en cada paquete que preparo, y es que tengo la necesidad de embellecer cada paquete, de darle mi firma. Éste es mi calvario”. 

No solo eso. Al destartalado sótano de Hanta han llegado “kilos de reproducciones de Rembrandt y Hals, de Monet y Manet, de Klimt y Cézanne” que no hacen sino embellecer más aún las singulares balas de papel de Hanta. Gracias a ellas, a los escritores, filósofos y pintores con quienes convive y a los que exprime, Hanta es un hombre feliz y un hombre sabio y “culto a pesar de mi mismo”, como también repite unas cuantas veces. Y no mucho más porque sí, también hay una historia de amor fresco e imposible con una gitana, y otra historia recurrente y fascinante de amor y caca –no es metáfora– con otra mujer que conoce desde la infancia.


Fragmento de la adaptación al cine de Trenes rigurosamente vigilados

También es un amor imposible. El verdadero amor del protagonista y del autor –que trabajó realmente en una prensa de papel– es por los libros, por autores como Kant que le anima y reconforta en su tarea: “Así trabajaba, adornando las pequeñas tumbas de los ratoncitos, y de vez en cuando me iba a leer un fragmento de la Teoría general del cielo, cada vez tomaba una frase y la saboreaba como si fuese un caramelo de menta. Me inundaba la grandeza desmesurada y la infinita pluralidad, me invadía la belleza, la bellaza caía sobre mí como un riego (…)”. 

A esos especiales amigos que nunca fallan recurre Hanta cuando hay que combatir, de modo que un día cuando le traen en un camión del matadero un hediondo cargamento de papel manchado de sangre cuenta: “para vengarme introduje en la primera bala, bien abierto Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam, en la segunda Don Carlos, de Schiller y en la tercera, para que la palabra se hiciera carne sangrienta Ecce Homo de Nietzsche”. 

En ocasiones, tras unas cuantas cervezas, esos amigos se presentan sin avisar: “veo a Schelling y a Hegel nacidos el mismo día y el mismo año; un día vino cabalgando hasta mi cama Erasmo de Rotterdam en persona para preguntarme cómo se llegaba al mar. Por eso no pude extrañarme en absoluto que esa tarde viniesen a visitarme a mi sótano dos hombres a los que quiero mucho (…): Jesús y Lao-Tse estaban de pie junto a mi prensa (…): Jesús era un campeón de tenis que acababa de ganar Wimbledon, Lao-Tse, miserable, era como un comerciante que a pesar de sus riquezas parecía desposeído de todo”. 



Como en los chistes, Una soledad demasiado ruidosa encierra una noticia buena y una mala. La mala es que cuando le has tomado cariño al protagonista y a su manera de trabajar y de vivir aquello se acaba. ¿Qué estúpida manera de trabajar es esa? Si existen gigantescas prensas industriales que hacen en una semana el trabajo que Hanta realiza en un año… Cuando el protagonista visita en secreto una de ellas, queda golpeado por las charlas de operarios miméticos que beben leche en vez de cerveza y hablan del veraneo: 

“Sus planes de vacaciones en Grecia me dejaron absolutamente abatido: yo nunca he visto la antigua Grecia a no ser en los libros de Herder y Hegel o de Nietzsche con su visión dionisíaca del mundo (…). Cada día durante estos 35 años he experimentado el complejo de Sísifo que tan bien describió Sartre y aún mejor Camus; cuantos más paquetes se llevan más papel llega y así siempre, hasta el infinito (…): Esos jovencitos pasarán el verano en la Hélade sin saber nada de Aristóteles ni de Goethe, ni de la inmortalidad de la Grecia antigua, frescos como una rosa”. 

Su existencia es el fin de la de Hanta, y la luminosa prensa, el de su sótano. Pero la historia de amor con los libros no acaba porque no tiene fin: ni la prensa más poderosa ni las hogueras pueden con ellos . Esa es la buena noticia: “todos los inquisidores del mundo queman libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido su ritmo silenciosos persiste incluso cuando lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo”. 

Al parecer, el autor de este libro Bohumil Hrabal dijo que solo había vivido para escribir este libro. Que el lector recoja el testigo y viva para leerlo. Y contarlo. 

Fuente: http://filosofiahoy.es/index.php/mod.pags/mem.detalle/relcategoria.4222/idpag.6054/v_mem.listado/chk.e00bcdbd97be7b3ef05969b0ae0fc7b4.html


BOHUMIL HRABAL


«Camino hacia delante, pero con el dedo señalo mi máscara que me he puesto como un actor que decide hacer el payaso...»

Roland Barthes


(Brno, 1914-Praga, 1997) Escritor checo cuya obra se caracteriza por su visión satírica de la realidad y el relieve que confiere a sus aspectos absurdos. Considerado uno de los más grandes autores del siglo XX en su lengua por su facilidad narrativa y el uso alternativo del humor y la tragedia en un mismo plano, adquirió popularidad con sus novelas Curso de danza para adultos y alumnos adelantados (1964), Trenes rigurosamente vigilados (1965) y Yo que serví al rey de Inglaterra (1971). Su adhesión al Manifiesto de las dos mil palabras (1968) provocó la prohibición temporal de sus publicaciones en el país. La novela autobiográfica Bodas en casa (1990) confirmó el lugar de privilegio que ocupa entre los escritores centroeuropeos.

Bohumil Hrabal cursó en Praga estudios de derecho, que hubo de interrumpir a causa de la ocupación nazi. Trabajó como empleado ferroviario durante la guerra y en diversos oficios a su término: tramoyista, cartero, metalúrgico. A partir de 1962 se dedicó por entero a la literatura. Después de la invasión soviética de 1968 no pudo continuar publicando legalmente sus novelas, parte de las cuales aparecieron en samizdat (publicaciones al margen de la ley) o en el extranjero.


Ya a finales de la década de 1940 había comenzado a escribir poesía, así como relatos cortos, aunque éstos no verían la luz, transformados, hasta decenios más tarde. Sus primeras obras en verso muestran todavía las influencias del "poetismo", pero será la tradición surrealista (checa y francesa) la que marcará con mayor claridad su producción narrativa posterior, con el gusto por la yuxtaposición de elementos discordantes, la pasión por el "collage" y la construcción de las metáforas.

En 1956 publicó Conversaciones con la gente, pero fue Una perla en el fondo la que alcanzó un gran éxito, seguida de Los palabristas (1964) y el extenso "monólogo-collage" Curso de danza para adultos y alumnos adelantados (1964). Tales obras son una confusa reunión de pequeñas historias y anécdotas de irrefrenable comicidad, sostenidas por un lenguaje rico y compacto que alcanza el nivel de joya de la lengua hablada. Desde el principio destacó por la originalidad de sus textos, situados entre la literatura oral y la vanguardista, con manifiestos antecedentes en la tradición picaresca de J. Hasek, un gran despliegue de humor y asociaciones surrealistas; el resultado fue una producción radicalmente subversiva.

De estructura más clásica es Trenes rigurosamente vigilados (1965), acerca de cómo el intento de superar sus problemas sexuales conduce al joven Milos al heroísmo en la resistencia antinazi; llevada al cine por Jiøí Menzel, el filme obtuvo un Oscar en 1966. Con esta obra se enfrentó a la forma cerrada y más amplia de la novela, mientras que en Anuncio una casa donde ya no quiero vivir (1965), Hrabal toma una vez más del "collage" el principio de la contraposición de planos narrativos diversos y regresa al período oscuro del estalinismo, iluminándolo con relámpagos de metáforas surrealistas, con gran melancolía política pero al mismo tiempo con enorme confianza en el hombre, auténtico protagonista de toda su obra.

Tras la invasión soviética de 1968, que le supuso más de siete años de silencio editorial forzado, dos libros retirados de la venta y una publicación incompleta y cronológicamente desfasada de sus obras, Hrabal elaboró formas narrativas de inspiración más amplia, como la trilogía ambientada en Nymburk que tiene como protagonistas a los padres del escritor (sobre todo a la madre) y al propio Hrabal, y que integran las novelas La tonsura (1976), La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo (1978) y Los millones de Arlequín (1981). El tema que pasa a ocupar el primer plano es la actitud del hombre frente a la muerte y a la historia.


Un día, precisamente un domingo a mediodía, su madre, una chica joven que entonces vivía su primer amor, tras una larga lucha interior, anunció a sus padres que estaba embarazada. Su padre, con mucha rabia, la arrastró de la mano al patio y la apuntó con el fusil rugiendo: «¡Arrodíllate, te voy a matar de un tiro!». Por suerte, en ese momento salió al patio su mujer, que conocía perfectamente los estallidos de cólera de su marido, y dijo: «¡Venga, ya es hora de comer y la sopa se enfría!».

Ese episodio, en el que Hrabal insistía, y por lo tanto intentaremos creerle, acompañará a Bohumil toda la vida; tanto cuando era niño como cuando era mayor, nunca dejó de ser asustadizo. «Mi mundo se reduce a la vida en un vientre extramatrimonial y a una sensación de miedo permanente, que solo he intentado superar escribiendo», confesó ya en su madurez.

Monika Zgustova 
Los frutos amargos del jardín de las delicias. Vida y obra de Bohumil Hrabal


Le siguieron las tres novelas que representan la cumbre de su producción. Nezný barbar (Bárbara ternura, 1973), publicado sólo en el extranjero, relata las aventuras picarescas e inverosímiles del dibujante V. Boudník y sus amigos E. Bondy y Bohumil Hrabal en la Praga de los años cincuenta y sesenta. En Yo que he servido al rey de Inglaterra (1982), describe la ascensión y caída de un joven aprendiz de camarero en contacto con la historia. Y Una soledad demasiado ruidosa (1976), publicada también sólo fuera de Checoslovaquia, es el amargo monólogo de un trabajador de un almacén de reciclaje de papel frente a un mundo que cambia de manera inexplicable, violenta y poética; esta "renuntiatio mundi" de un no-intelectual "instruido en contra de su voluntad" ante la progresiva desaparición de su propio mundo cultural es sin duda una de las obras maestras del autor.

La producción de Bohumil Hrabal, dispersa y fragmentada, aunque traducida a numerosas lenguas del mundo, es enorme en extensión, de modo que aún prosigue el trabajo de edición de sus obras completas. De entre sus restantes títulos sobresale la trilogía de recuerdos Bodas en casa (1986-1987), que consta de una primera parte de título homónimo y una segunda y tercera tituladas Vita nuova y Solares. La obra recoge la trayectoria personal e intelectual del autor, narrada por su esposa Eliska y por otras personas que tuvieron algún papel en su vida, así como por el propio Hrabal. En la primera parte la narradora, joven aún, llega sola y sin recursos a la Praga de la inmediata posguerra. Ha perdido a su familia, deportada. Allí conoce a Bohumil Hrabal, que acabará convirtiéndose en su marido; es un abogado que jamás ejerció como tal y que se dedica a escribir unos textos impublicables en aquella época. Hrabal aún tiene tiempo de mostrar a Eliska la Praga viva y tradicional que está a punto de desaparecer, arrollada por el terror, la burocracia y el aburrido uniformismo estalinista.



Tras esta introducción, lírica y nostálgica, Vita nuova recoge una serie de episodios inconexos, reunidos en una especie de collage narrativo. El tiempo avanza y retrocede: recuerdos de infancia, deshielo tras la muerte de Stalin, tertulias y conversaciones con los amigos y descripciones detalladas de ambientes y personas, incluido el propio autor. Pese a la relativa apertura política, Hrabal no ha conseguido ser aceptado como escritor; ha desempeñado diversos empleos y Eliska trabaja como camarera. Por fin, consigue publicar un libro, pero en cuanto aparece es objeto de prohibición y su autor incluido en la lista negra.


La centralidad del pensamiento en Bohumil Hrabal

La última parte de la trilogía, Solares, también está estructurada en collages, y centra la narración en la década de 1960. Con casi cincuenta años, Hrabal consigue publicar un volumen de cuentos que tiene gran éxito. Comienzan los reconocimientos, los premios, las salidas al extranjero. Pero no faltan las amarguras: enfermedades, temor a la muerte, separación de amigos, la invasión de Checoslovaquia en 1968 y la nueva inclusión del autor en la lista negra de la disidencia, disipadas ya las efímeras esperanzas de la primavera de Praga. Pese a las coacciones, sigue escribiendo, y una prueba de su irreductible voluntad de perseverar es precisamente este libro, redactado en los últimos pero no menos duros años del régimen comunista, que el autor vivió en condiciones especialmente penosas. Quizá por eso, a modo de mecanismo compensador, confiere relieve en la obra a sus recuerdos más alegres.



lunes, 11 de abril de 2016

Veinticuatro horas en la vida de una mujer (miércoles 13, 20 h)





Veinticuatro horas en la vida de una mujer relata en pocas páginas el devenir sentimental y sexual de una mujer angustiada por la vida y por los acontecimientos que inevitablemente y como un torrente le tocaron vivir. Son páginas magistrales plenas de lirismo y pliegues pasionales en las que son habituales las reflexiones sobre la vida y la muerte, y sobre las pasiones humanas en la Europa de la preguerra. Y aún a riesgo de pensar que la historia que nos cuenta pudiera estar desfasada, lo cierto es que el relato no sólo ha sobrevivido a su tiempo sino que se lee con la entereza que produce la lectura de una pequeña obra maestra.

En un principio, la abuela se dedicó a contemplar a los jugadores (…) Le agradó particularmente un joven que en un extremo de la mesa jugaba por todo lo alto, hacía apuestas de miles de francos y, según se decía alrededor, llevaba ganados ya los cuarenta mil, que tenía ante él, en oro y billetes de banco. Estaba pálido, sus ojos brillaban y le temblaban las manos… 

El jugador, Fiodor Dostoievski 

Una anécdota desata toda una confesión por parte de una mujer de sesenta años, quien aprovecha la encendida defensa que su futuro oyente hace de una mujer "caída en desgracia" para hacerle partícipe de sus veinticuatro horas de pasión y tragedia, vividas veinte años atrás, y que, sin tener consecuencias sociales en su caso, sí marcaron su vida. El drama que nos plantea se nos hace muy lejano en una sociedad como la nuestra, más libre de prejuicios y sin las ataduras morales y de conveniencias y apariencias que la sociedad burguesa de hace un siglo, muy especialmente en todo lo relativo a la mujer.  

Reflejo de una moral hipócrita, la de  la sociedad de la protagonista, el drama se nos presenta como apasionante. Ella no tenía marido, no engañaba a nadie, pero no podía dejarse llevar por una cuestión de principios, siguiendo la rígida moral y los convencionalismos de la época, mucho más rígidos en cuanto al comportamiento femenino se refiere. 

Comprendemos de inmediato que él, el causante -involuntario- de todo, no vale su sacrificio, que no es partícipe de su drama, que su ludopatía le ha privado de su voluntad, que la historia no tendría futuro, que ese amor no le acarrearía sino sufrimiento por la censura social y por el remordimiento individual...  

En esta breve creación de Stefan Zweig asistimos a todo un ejercicio de introspección en el alma de una mujer que arrastra a solas un tormento, una angustia semejante a las que reflejan esas manos ansiosas, víctimas de la ludopatía, que tan bien sabe plasmar durante páginas la pluma maestra del austriaco.   













STEFAN ZWEIG













Vuelve el club Dante a reunirse en torno a un autor que ya tratamos a finales de 2014 (“La impaciencia del corazón”). Escritor y pacifista austriaco, Zweig nació el 28 de noviembre de 1881 en Viena, en el seno de una acomodada familia judía. A raíz del estallido de la I Guerra Mundial, Zweig se convirtió en un ardiente pacifista y se trasladó a Zürich, donde podía expresar libremente sus opiniones. También residió  durante un año en París. Después vive en Londres y viaja por España, Italia y Holanda. De vuelta conoce en Leipzig a Kippenberg, el director de la editorial Insel. Visita la India, Norteamérica y Panamá. En 1919 vuelve a Austria.

En su primera obra importante, el poema dramático Jeremías (1916), denunciaba apasionadamente lo que él consideraba  la locura suprema: la guerra.  

Entre las obras ensayísticas escritas en los años posteriores destacan: Tres maestros (1920) -estudios sobre Honoré de Balzac, Charles Dickens y Fedor Dostoievski-, y La curación por el espíritu (1931), donde da cuenta de las ideas de Franz Anton Mesmer, Sigmund Freud y Mary Baker Eddy.


Documental sobre la vida de Stefan Zweig (subtítulos en castellano)

El ascenso del nazismo y el antisemitismo en Alemania llevó a Zweig, que era judío, a huir a Gran Bretaña en 1934. Emigró a los Estados Unidos en 1940 y después a Brasil en 1941, donde se suicidaría un año después junto a su compañera, llevado por un sentimiento de soledad, pesimismo y fatiga espiritual.

Como escritor, Zweig se distinguió por su introspección psicológica. Los últimos escritos importantes de Zweig incluyen las biografías Erasmus de Rotterdam (1934) y María Estuardo (1935),  y su autobiografía El mundo de ayer (1941).



ALGUNAS DE SUS OBRAS MÁS RECONOCIDAS:

Teatro

Thersite, 1907
Les Guirlandes précoces, 1907
Jeremias, 1916
La casa al borde del mar, 1911

Poesía

Cuerdas de plata, 1901
Las primeras coronas, 1906

Ficción

Ardiente secreto
Caleidoscopio
La estrella bajo el bosque, 1903
Los prodigios de la vida, 1903
En la nieve, 1904
El amor de Erika Ewald, 1904
La Marcha, 1904
La Cruz
Leporella
Amok o el loco de Malasia, 1922
Los ojos del hermano eterno, 1922
La confusión de los sentimientos, 1926
Carta de una desconocida, 1927
Buchmendel, 1929
Veinticuatro horas de la vida de una mujer, 1929
La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón 1939
Novela de ajedrez, 1941

Biografías

Émile Verhaeren, 1910
Fouché, el genio tenebroso, 1929
La curación por el Espíritu, 1931
María Antonieta, 1932
María Estuardo, 1934
Erasmo de Rotterdam, 1934
Conquistador de los mares: la historia de Magallanes, 1938
Romain Rolland: el hombre y su obra, 1921
Paul Verlaine
Balzac: La novela de una vida, 1920
Castellio contra Calvino, Conciencia contra Violencia
Confusión: The Private Papers of Privy Councillor R. Von D
Momentos estelares de la humanidad (1927)
La lucha contra el demonio, Hölderlin, Kleist, Nietzsche
Montaigne, libro póstumo
Tres poetas de su vida: Casanova, Stendhal, Tolstoi

Autobiografía

El mundo de ayer, publicado tras su muerte

No ficción

Brasil: Un país de futuro
Momentos estelares de la humanidad

EL FOTÓGRAFO (miércoles 13, 20 h)






EL FOTÓGRAFO
 (LEFÈVRE, GUIBERT & LEMERCIER)

En muchas ocasiones no es fácil revisar obras que en su momento nos parecieron enormes, inmensas. El tiempo transcurrido supone (o debería suponer) una maduración en el lector y una evolución en el medio. Lo que antes vimos como una obra maestra puede no dialogar con nuestro yo actual igual que con nuestro yo pasado, y la estructura de la obra puede haberse desmoronado bajo el peso de nuevas creaciones que ponen de manifiesto todas las fallas de aquella. Y afortunadamente hay casos, como sucede con El fotógrafo, en que una gran obra crece con el tiempo y se asienta como un hito que destaca entre toda la producción que lo rodeó en su momento.

Ahora que Sins Entido reúne un solo tomo, impresionante, los tres álbumes independientes en los que se publicó entre 2003 y 2006 la obra de Didier Lefèvre, Emmanuel Guibert y Frédéric Lemercier (y que en España publicóGlénat), y me atrevo a decir que este integral era necesario porque que aporta un empaque físico que realza la unicidad de la obra, no solo en el sentido de que cuenta una única historia, sino en el sentido de que esa historia es única. El nuevo formato, que mantiene el tamaño original, acaba de completar la obra.

El fotógrafo es una historia autobiográfica, el relato del fotógrafo profesional Didier Lefèvre y su viaje de ida y vuelta entre Pakistán a Afaganistán acompañando a una delegación de Médicos Sin Fronteras. Como decía, todo este periplo es una aventura única, y su serialización en tres tomos solo se entiende en base a las imposiciones del mercado, máxime cuando el primer tomo termina abruptamente cuando aún nos encontramos a mitad del camino de ida. Independientemente, los tomos originales no cierran ningún frente. Como libro completo, todo cobra sentido.















Hace poco hablábamos por aquí del último libro de Guy Delisle, uno de sus libros de viajes, y por supuesto salía también a colación el nombre de Joe Sacco. Siendo también un ejercicio periodístico y un libro de viajes, El fotógrafo no tiene absolutamente nada que ver con ninguno de ellos, ni en su forma ni en su fondo. Lefèvre, en la primera página, cuenta cómo se despide de sus allegados en París y toma un avión hacia Pakistán. Sabemos que es fotógrafo y que realiza el viaje por motivos profesionales, pero en ningún momento trata de explicar o justificar su viaje. Lo único que le interesa es contarlo. Tampoco hace falta que nos explique cómo era su vida antes del viaje, ni cómo fue después. De la lectura del libro se desprende que, como no podía ser menos, acaba siendo un viaje iniciático que trastocará su vida. Un viaje iniciático atípico en el modelo de ficción habitual, ya que el protagonista no es el héroe sino el escriba que recoge con el objetivo de su cámara el heroísmo y la ruindad cotidianos, sin gloria ni infamia, que le rodean. Aunque a la fuerza ha de consignar sus propias vivencias, lo hace de un modo distante, como si se viera a si mismo desde fuera. O desde detrás de una lente. Y de hecho, las muy abundantes fotografías que jalonan la obra son tanto la prueba de la veracidad de lo narrado como un mecanismo de desdramatización que nos recuerdan que esto no es una aventura de cómic, con sus giros, su intriga y sus emociones, sino una aventura a pesar de todo.




Gran parte del mérito de esta narración anti efectista también corresponde a Guibert, que ha sido quien ha adaptado a los requerimientos del cómic la historia del fotógrafo, igual que en La guerra de Alan adaptaba la historia de un soldado. Si el fotógrafo ya está haciendo su comentario sobre el mundo cuando dispara su cámara, El fotógrafo hace su comentario sobre Afganistán y sus gentes poniéndolos ante nuestros ojos en viñetas y fotografías, sin juzgarlos pero sin maquillarlos.

Como digo, Lefèvre y Guibert (y Lemercier, encargado del color y la maquetación) despliegan ante nosotros la verdad, una verdad en tiempo presente. Durante el viaje, Lefèvre padeció una hinchazón en las encías, pero se guarda de decir (lo sabemos por los textos del fundamental epílogo, donde se comenta la suerte de algunos de los protagonistas de la aventura) que acabó perdiendo 14 dientes. O que volvió a viajar otras 7 veces a Afganistán. O que de las 4.000 fotos realizadas durante este viaje solo se publicaron 6. Lefèvre murió en 2007, con tan solo 50 años, debido a una crisis cardíaca.











Hacia el final de su viaje iniciático, como no podía ser menos, Lefèvre llega a estar al borde de la muerte. La secuencia en la que se describe el hecho resume en 10 páginas el tono de toda la obra. Solo, de noche, en medio de la montaña y una intensa nevada, sin agua, el protagonista sufre un ataque de pánico y después se acurruca en unas mantas y se prepara para morir. Saca su cámara y dispara. “Que sepan dónde he muerto”. Saca su libreta y escribe unas últimas palabras dedicadas a su madre y a su novia, unas líneas tan asépticas que dan escalofríos. Durante toda la secuencia, las viñetas muestran sobre un fondo gris la silueta en negro del protagonista y su caballo. No hay primeros planos del rostro compungido de Lefèvre, no hay espectaculares dibujos que nos muestren su pequeñez frente al entorno natural. Solo siluetas acompañadas de textos descriptivos. Los autores tratan de minimizar la codificación de la realidad, y en este momento de auténtica intensidad, el que sería el momento cumbre en cualquier cómic de aventura, finalmente se despojan del dibujo y dedican cuatro páginas completas únicamente a fotografías, las fotografías que el fotógrafo toma desde lo que piensa que será su lecho de muerte. 









En la primera página de estas páginas hay dos fotografías de la silueta del caballo. En la segunda, una fotografía a página completa del mismo caballo. Y la tercera y la cuarta página, enfrentadas, están cubiertas por una única foto de un grisáceo paisaje montañoso, concluyendo el crescendo fotográfico con una imagen anodina. Porque así es la auténtica aventura, la que nos toca y nos cambia. Intensa en nuestro interior, pero casi siempre intrascendente para todo aquello y todos aquellos que nos rodean, invisible al ojo de la cámara.


Por supuesto, las presencia de muchas fotografías insertas en la obra, con forma y tamaño de viñetas normales, son una de las características que definen El fotógrafo. Acabar de entender cómo funciona dentro del cómic un código visual tan antagónico al dibujo como es la fotografía, es algo que se me escapa. No tengo la preparación necesaria para tratar este aspecto de forma analítica, pero lo que sí me parece claro es que El fotógrafo no está concebido como un experimento formal y no pretende abrir el cómic a la utilización de la fotografía. Y prueba de ello es el hecho de que, efectivamente, casi nueve años después de la publicación del primer tomo de El fotógrafo, aún no ha aparecido otro cómic relevante reutilizando este recurso. Porque la fotografía en El fotógrafo es parte indisoluble e ineludible de esta obra, una obra en la que el protagonista constantemente filtra la realidad a través de su cámara. Las fotografías están ahí porque eso y no otra cosa es lo que Lefèvre veía cuando miraba a su alrededor. Rayco Pulido usaba la fotografía en Sin título como un juego de espejos entre realidad y ficción. Cuando Art Spiegelman introduce algunas fotografías en Maus, está refrendando una realidad que él no conoció, y lo hace al final de la obra para no romper la ilusión construida a través de la iconicidad del dibujo. Lefèvre y Guibert pretenden casi lo contrario, da la sensación de que la historia comprendida en el libro, real, vivida en primera persona, es la que cuentan las fotografías, y que el dibujo, sintético y de base fotográfica, es el artificio necesario para darles continuidad narrativa.

No he hablado de aquello de el protagonista encuentra en su viaje. Del pueblo afgano, de su forma de vida, de la guerra afgano-soviética, de la labor humanitaria de Médicos Sin Fronteras, del compromiso y la entrega, del dolor, la mutilación y la muerte violenta aleatoria. Todo eso y más cabe en El fotógrafo, en sus dibujos y sus fotografías, y es lo que en última instancia da forma al viaje de Lefèvre y lo convierte en una experiencia vital de enorme valor humano que trasciende su propia persona.
Por todo esto, por mucho que yo cambie como lector y por mucho que nuevas obras se adentren en senderos inexplorados, no encontraré, no habrá otra historia como El fotógrafo. Por eso El fotógrafo es una obra maestra irrepetible.

El tío Berni
http://www.entrecomics.com/?p=71532



sábado, 12 de marzo de 2016

HACIA LA SOBRIEDAD FELIZ (miércoles 16, 20 h.)

Autor de varios libros, Pierre Rabhi desarrolla en Hacia la sobriedad feliz -traducido por la murciana Marisa Morata- sus ideas sobre la necesidad de un regreso a la sencillez en todos los ámbitos que permita volver a situar al hombre y a la naturaleza en el centro de los intereses humanos.

El libro propone en primer lugar una reflexión sobre lo que han supuesto la modernidad y el progreso. Más allá del discurso convencional de que el progreso ha liberado a la especie humana, Pierre Rabhi postula que la tecnología y el modo de vida que se ha fabricado en torno a esta han logrado, por el contrario, apartar al hombre de su verdadera naturaleza y hacerle infeliz.

Desde luego, la modernidad tuvo la ocasión de ser un hito positivo en la historia de la humanidad; pero lamentablemente desde la Revolución Industrial se puso al servicio del lucro, de las finanzas y de la avidez.

De este modo, el hombre entró en lo que el autor denomina “la era del trabajo como razón de ser”. El ser humano fue arrancado de los ritmos y ciclos que marca la naturaleza y que, como ser natural, son los suyos; mientras era obligado a afanarse en el ritmo vertiginoso que el productivismo capitalista impone para beneficio de una minoría. Le fueron robadas así su identidad, su persona, reduciéndolo a una moderna condición de esclavitud en la que el ser humano solo debe realizarse mediante el trabajo y el consumo.

Aunque Hacia la sobriedad feliz no obvia —y de hecho señala—, los daños que el capitalismo causa a la naturaleza, destruyendo aquello que, no lo olvidemos, es patrimonio de todas, la obra se centra especialmente en la falta de espiritualidad que caracteriza a lo sociedad moderna. El ser humano, nos recuerda Rabhi, necesita de la espiritualidad, pero el sistema ha pretendido sustituirla por la religión del dios arbitrario de las finanzas, al que todo debe ser sacrificado.



Las ideas que recoge este libro, profundamente reflexivo, hablan de la recuperación de la escala humana que la modernidad ha arrasado; recuperar el arte de vivir frente a la economía, a la que Rabhi considera una ciencia cuya complejidad permite justificar el considerable espacio que se le otorga a lo superfluo.

Hay espacio también en el libro para valorar la presente crisis económica y los efectos de esta sobre la sociedad. Para Rabhi, y no es el primero en verlo, el sistema no se puede reparar por lo que resulta indispensable un cambio de paradigma. El nuevo modelo se asentaría sobre la sobriedad feliz:

Frente al «cada vez más» indefinido que arruina el planeta en beneficio de una minoría, la sobriedad es una elección consciente inspirada por la razón. Es un arte y una ética de vida, fuente de satisfacción y de bienestar profundo. Representa un posicionamiento político y un acto de resistencia en favor de la tierra, del reparto y de la igualdad.


      Pierre Rabhi y el Lama Denys
        (entrevista con subtítulos en castellano)


Sobre la posibilidad —e incluso la necesidad humana— de alcanzar esa satisfacción y ese bienestar profundo versa Hacia la sobriedad feliz. Pierre Rabhi basa sus reflexiones tanto en su propia experiencia vital como en las comprobaciones que su carrera profesional le han permitido hacer. 

Y el resultado es un texto lúcido que nos invita a elegir el camino de la sobriedad voluntaria y nos recuerda que «no hay que minimizar en ningún caso la importancia y el poder de las pequeñas resoluciones que, lejos de ser anodinas, contribuyen a constituir el mundo al que cada vez más personas aspiramos.» Así es como Pierre Rabhi lo ve.

Fuente: www.solodelibros.es 

PIERRE RABHI











Las mejores cualidades de la naturaleza, como la flor de los frutales, solo pueden preservarse con el trato  más delicado. Sin embargo, no nos tratamos a nosotros mismos ni a los demás con esa ternura (...) La incesante ansiedad y esfuerzo de algunos es una forma casi incurable de enfermedad. Exageramos la importancia del trabajo que hacemos y, sin embargo, ¡cuántas cosas dejamos por hacer!

Walden. Henry David Thoreau


Pierre Rabhi (Kenadsa, Argelia, 1938). Campesino, escritor y pensador francés de origen argelino, Rabhi es uno de los pioneros de la agricultura ecológica en Francia. Él defiende una sociedad más respetuosa con el hombre y la tierra, y aboga por que el desarrollo de las prácticas agrícolas sean accesibles para todos, especialmente para los más pobres.

Desde 1981 transmite su experiencia en África, Francia y Europa, buscando restaurar la autosuficiencia alimentaria de las personas. Reconocido experto internacional en seguridad de los alimentos, ha participado en numerosos proyectos y en la redacción de la Convención de las Naciones Unidas sobre la lucha contra la desertificación.

Pierre Rabhi clama por la  "insurrección de las conciencias" para unir a la humanidad y dejar de hacer de nuestro planeta un infierno de sufrimiento y destrucción. Ante el fracaso de la condición general de la humanidad y los continuos daños a la naturaleza, Rabhi nos invita a escapar del mito del crecimiento ilimitado y a tomar conciencia de la importancia vital de nuestra madre tierra para marcar el comienzo de una nueva ética que nos conduzca a una "sobriedad feliz".


Rabhi ha colaborado en el origen de numerosas estructuras nacidas de su propia iniciativa -Terre et Humanisme -libre de toda referencia ideológica, confesional, de toda autoridad espiritual o laica; y que concentra sus acciones humanistas en la práctica de alternativas que concilian la seguridad y la salubridad alimentarias y salvaguarda la autonomía y la supervivencia de las poblaciones-, el Movimiento Oasis, el centro agroecológico  Amanins,  y más recientemente Mouvement ColibrisHa impartido conferencias en numerosos lugares, y ha publicado más de veinte libros, entre otros: "Hacia la sobriedad feliz", "Pierre Rabhi, sembrador de esperanza - Entrevista con Olivier Le Naire", "Agroecología, una ética de la vida ", y "El poder de la moderación".