miércoles, 7 de octubre de 2015

TOKIO BLUES (miércoles 14, 20h)





No tengo interés en escribir novelas largas con estilo realista, pero decidí que, aunque sólo fuera una vez, iba a escribir una novela realista. Tokio blues fue un simple experimento. Personalmente, a mí me gusta esa novela, pero no he vuelto a leerla desde hace casi 20 años. De momento, no tengo ninguna intención de volver a escribir algo parecido. No tengo interés en el pasado. Ya no puedo sentir interés en el llamado estilo realista porque, si escribo una novela así, acabo aburriéndome.


Tokio blues: una historia de amor triangular que se convierte en el relato de una educación sentimental pero también de las pérdidas que implica toda maduración. Toru Watanabe, un ejecutivo de 37 años, escucha casualmente mientras aterriza en un aeropuerto europeo una vieja canción de los Beatles, y la música le hace retroceder a su juventud, al turbulento Tokio de finales de los sesenta. 

Toru recuerda, con una mezcla de melancolía y desasosiego, a la inestable y misteriosa Naoko, la novia de su mejor -y único- amigo de la adolescencia, Kizuki. El suicidio de éste les distancia durante un año hasta que se reencuentran en la universidad. Inician allí una relación íntima; sin embargo, la frágil salud mental de Naoko se resiente y la internan en un centro de reposo. Al poco, Toru se enamora de Midori, una joven activa y resuelta. Indeciso, sumido en dudas y temores, experimenta el deslumbramiento y el desengaño allá donde todo parece cobrar sentido: el sexo, el amor y la muerte. La situación, para él, para los tres, se ha vuelto insostenible; ninguno parece capaz de alcanzar el delicado equilibrio entre las esperanzas juveniles y la necesidad de encontrar un lugar en el mundo. 











Con un fino sentido del humor, Murakami escribió la novela que supuso su reconocimiento definitivo en Japón, donde se convirtió en un best seller. 

La versión cinematográfica, dirigida por Tran Anh Hung,  fue estrenada en Japón el 11 de diciembre de 2010.

Banda sonora de Tokio blues 


Naoko sacó la mano izquierda del bolsillo y agarró la mía.

    —Pero a ti no te pasará nada. Tú no tienes por qué preocuparte. Aunque anduvieras por aquí de noche con los ojos cerrados, tú jamás te caerías dentro. Seguro. Y a mí, mientras esté contigo, tampoco me pasará nada.

    —¿Jamás?

    —Jamás.







HARUKI MURAKAMI




Hacía sol y estaba viendo un partido de béisbol una tarde de abril. De repente, fue como si me hubiera caído un rayo y supe con toda claridad que sería escritor.

Haruki Murakami (Kioto, 12 de enero de 1949), escritor y traductor japonés. A pesar de nacer en Kioto, vivió la mayor parte de su juventud en Kōbe. Su padre era hijo de un sacerdote budista. Su madre, hija de un comerciante de Osaka. Ambos enseñaban literatura japonesa.

Estudió literatura y teatro griegos en la Universidad de Waseda (Soudai), en donde conoció a su esposa, Yoko. Su primer trabajo fue en una tienda de discos (tal como uno de sus personajes principales, Toru Watanabe de Tokio blues). Antes de terminar sus estudios, Murakami abrió el bar de jazz "Peter cat" ('El gato Pedro') en Tokio, que funcionó entre 1974 y 1982.


En 1986, con el enorme éxito de su novela Tokio blues, abandonó Japón para vivir en Europa y América, pero regresó a Japón en 1995 tras el terremoto de Kobe, donde pasó su infancia, y el ataque de gas sarín que la secta Aum Shinrikyo ('La Verdad Suprema') perpetró en el metro de Tokio. Más tarde Murakami escribiría sobre ambos sucesos.















La ficción de Murakami, que a menudo es tachada de literatura pop por las autoridades literarias japonesas, es humorística y surreal, y al mismo tiempo refleja la soledad y el ansia de amor en un modo que conmueve a lectores tanto orientales como occidentales. Dibuja un mundo de oscilaciones permanentes, entre lo real y lo onírico, entre el gozo y la obscuridad, que ha seducido a Occidente. Cabe destacar la influencia de los autores que ha traducido, como Raymond Carver, F. Scott Fitzgerald o John Irving, a los que considera sus maestros.




Ha recibido numerosos premios, entre ellos el Noma, el Tanizaki, el Yomiuri, el Frank O’Connor, el Franz Kafka o el Jerusalem Prize, así como el Arcebispo Juan de San Clemente, concedido por estudiantes gallegos. Ha sido distinguido con la Orden de las Artes y las Letras por el Gobierno español, y ha recibido recientemente el XXIII Premi Internacional de Catalunya 2011, que otorga la Generalitat de Catalunya.

  







Entrevista a H. Murakami (subtítulos en castellano)

domingo, 13 de septiembre de 2015

TODO LO QUE ERA SÓLIDO (miércoles 16, 20 h)


Iniciamos el curso 2015-2016 con el último ensayo de Antonio Muñoz Molina -Premio Príncipe de Asturias 2013-, un autor que hasta ahora no habíamos tratado en nuestro club de lectura. 

Hemos seleccionado cuatro  reseñas publicadas en medios digitales, y una rueda de prensa que ofreció el autor donde se comentan, entre otros, aspectos de "Todo lo que era sólido".








ANTONIO MUÑOZ MOLINA



Autorretrato

Nací en Úbeda, provincia de Jaén, el 10 de enero de 1956. Mi padre se confundió de fecha al ir a inscribirme en el registro unos días más tarde, de modo que a efectos legales soy dos días más joven. En esa época las mujeres aún daban a luz en casa, ayudadas por una comadrona. Yo nací en la buhardilla que mis padres alquilaron al casarse. La llamaban “el cuarto de la viga”. Los dos eran muy jóvenes: mi padre tenía 27 años, mi madre 25. Yo también tenía 27 años cuando nació mi hijo mayor.


Mi padre trabajaba en una huerta y vendía hortaliza en el mercado de abastos. Lo que mi madre hacía se llamaba, en el lenguaje oficial de entonces, “sus labores”. Los dos eran niños cuando empezó la guerra civil y los dos tuvieron que dejar la escuela para ayudar en casa. Mi padre, trabajando en la huerta de la que su padre estaba ausente, alistado en el ejército republicano. Mi madre ayudando a criar a sus hermanos pequeños. A los dos les costaba escribir cuando fueron mayores. Leían con mucha atención, murmurando las palabras. En los primeros años de la democracia recobrada los dos asistieron a escuelas para adultos.

Durante los primeros tiempos de mi vida fui un privilegiado: hijo único, nieto y sobrino casi único. Cuando mi hermana nació yo ya tenía casi seis años. Mis padres, mis abuelos, mis tíos, llegaban a casa trayéndome tebeos y a veces caramelos y pequeños cartuchos de cacahuetes o castañas asadas, el papel de estraza todavía caliente cuando lo tocaba. Aprendí a leer, escribir y hacer cuentas en una escuela de las que llamaban “de perra gorda”. Nos sentábamos en pequeñas sillas de anea que habíamos traído de nuestras casas y escribíamos en pizarra individuales con marcos de madera, con pizarrines de tiza blanca que se partían si uno apretaba demasiado.

Mi primera escuela formal fue la de los Jesuitas, en la que entré con seis años. Llevábamos mandiles azules y las aulas parecían enormes. Tuve dos maestros en aquellos años, don Florentín y don Luis Molina. Luis Molina, que ahora es amigo mío, sembró en mí el deseo consciente de seguir estudiando, y convenció a mi padre de que lo permitiera. En esa época, y en las familias trabajadoras, lo normal era que los niños dejaran la escuela hacia los doce años para ponerse a trabajar.

Me gustaban mucho los tebeos, los libros, las películas, los seriales de la radio y los programas de discos dedicados. Cerca de nuestra casa había un cine de verano, al que iba con mi madre, mis abuelos y mis tíos casi todas las noches. Todas las películas me gustaban, salvo las “de llorar”, que eran melodramas mexicanos en blanco y negro. En la radio no me cansaba de oir los folletines de Guillermo Sautier Casaseca y las canciones populares que reinaron en ella hasta la irrupción de la música pop anglosajona y sus derivados: Lola Flores, Juanito Valderrama, Antonio Molina, Joselito, Marisol. En la radio la gente reconocía exactamente su propio mundo sentimental. Cuando se acercaba la Navidad, mi abuela Leonor, mi madre y mi tía Juani, su hermana más joven, pasaban la mañana cantando villancicos mientras hacían la cama y arreglaban la casa. Las canciones de la radio y los villancicos de las mujeres de mi familia fueron las emociones musicales más intensas de mi infancia.


Joaquín Sabina, al frente de los Merry Youngs de Úbeda

Hice el bachillerato elemental –entre los once y los catorce años- en el colegio Salesiano de Úbeda, donde descubrí que a uno lo podían tratar de manera distinta según la posición social que tuviera su familia. Por fortuna el bachillerato superior lo hice en un instituto de Enseñanza Media: el San Juan de la Cruz. La enseñanza tan sólida que recibí allí y el trato a la vez respetuoso y firme de los profesores creo que son la columna vertebral de mi educación y hasta de mi ciudadanía. Si no aprendí más fue por desidia, o por confusa rebeldía adolescente. La formación intelectual que no podía darme mis padres la recibí de mis maestros en la escuela y mis profesores en el Instituto: por eso tal vez soy un defensor tan apasionado de la instrucción pública como fundamento de la justicia social.

A los trece años, en el verano de 1969, el de la llegada del Apolo XI a la Luna, me llegó el gran sobresalto de la música pop cantada en inglés: The Ballad of John and Yoko, Come Together, The Age of Aquarius. Mi amigo Antonio Madrid me descubrió Get Back y Bridge over Troubled Waters. De un viaje a Madrid mi padre me había traído, no sé por qué motivo, un diccionario de inglés. Entonces los únicos idiomas que se estudiaban oficialmente eran el francés y el latín: el inglés tenía una sugestión muy fuerte de libertad, y hasta de aventura sexual. El inglés era la lengua de las extranjeras rubias que llegaban a las playas, algunas de las cuales pasaban fugazmente por nuestra ciudad interior, con minifaldas o pantalones cortos, con gafas de sol, con cámaras al hombro.

Hacia los once o los doce años empecé a leer a Julio Verne y a Mark Twain, a Stevenson, a Agatha Christie, a Dumas. Quizás la novela que he leído más veces en mi vida es La isla misteriosa, de Verne. El primer personaje que me produjo una fascinación consciente como pura invención literaria fue el capitán Nemo. Julio Verne fue el primer escritor: el que me hizo comprender que las novelas las escribía alguien, que no eran una parte espontánea del mundo. Por imitación de Verne concebí la posibilidad fantástica de hacerme yo también escritor. Después vinieron, desordenadamente, Cervantes, Bécquer, García Lorca. A los 16 años escribí una obra de teatro entre existencial y de protesta, a la manera de la época, que se titulaba “La Academia”. La montaron unos amigos míos en la escuela de Magisterio de los jesuitas, y fue prohibida no recuerdo por quién el día antes del estreno. Eso me dio la satisfacción precoz de verme a mí mismo como un autor represaliado por la dictadura.

Unos días antes de cumplir 18 años se me hizo realidad por fin el sueño de llegar a Madrid para estudiar Periodismo y convertirme en autor de obras de teatro de agitación política. El sueño no duró casi nada. Madrid era una ciudad demasiado grande y demasiado hostil para mi apocamiento pueblerino, la grandiosamente bautizada como Facultad de Ciencias de la Información resultó un fraude, mi beca apenas daba para comer. Participé por primera vez en mi vida en una manifestación de protesta por el fusilamiento de Salvador Puig Antich y al cabo de veinte minutos ya estaba preso y esposado. A finales de curso volví a Úbeda, y el otoño estaba comenzando Geografía e Historia en la universidad de Granada. Casi todos mis amigos y mis conocidos militaban clandestinamente en el Partido Comunista. Yo estuve a punto de afiliarme también, pero la detención en Madrid había acentuado mi tendencia natural al miedo.

LLEgué a Granada en septiembre de 1974 y entre unas cosas y otras me quedé allí casi 20 años, con la excepción del tiempo que pasé en el ejército. En Granada estudié sin mucho ahinco y elegí especializarme en Historia del Arte y allí escribí mis primeros relatos, mis primeros artículos y mis primeras novelas. En Granada nacieron dos de mis hijos y se publicó mi primer libro. Trabajé allí siete años, en una oficina del Ayuntamiento, organizando conciertos y actividades culturales muy variadas. Conocí a grandes músicos de jazz: Dizzy Gillespie, Sonny Stitt, Paquito d’Rivera, Tete Montoliú, Phil Woods, Woody Shaw. También a un grandísimo pintor, José Guerrero. Empecé a publicar artículos en el Diario de Granada y tuve por primera vez la experiencia de escribir algo que deja de ser nuestro al hacerse público, y la del eco que nos devuelve el lector. El periódico me enseñó a escribir con regularidad y disciplina, con límites fijos. En 1985 terminé mi primera novela, “Beatus Ille”.

En 1982 me había casado en Úbeda con Marilena Vico. Hijos y libros se suceden y alternan en los años siguientes: Antonio, 1983; El Robinson Urbano, 1984; Beatus Ille y Arturo, 1986; El invierno en Lisboa, 1987; Beltenebros y Elena, 1989. Mi primer matrimonio duró hasta 1991. En el otoño de ese año me dieron el premio Planeta por El jinete polaco. En enero de 1992 empecé a vivir en Madrid con Elvira Lindo y con Miguel, que tenía 6 años. Ahora me asombra el vértigo de que me sucedieran tantas cosas en tan poco tiempo. En 1993 viví por primera vez una temporada en los Estados Unidos, dando clases en la universidad de Virginia. En diciembre de 1994 Elvira y yo nos casamos en el Escorial.

Desde que publiqué mi primer artículo en Diario de Granada, en 1982, casi nunca he dejado de escribir en los periódicos. El articulismo puede ser una forma soberana de literatura y un medio digno de ganarse ingresos regulares, en un oficio tan lleno de incertidumbres. El primer periódico nacional con el que tuve un compromiso regular de colaboración fue ABC , donde los escritores han sido siempre muy bien tratados. Desde 1990, y con breves intervalos, he colaborado en El País, casi siempre escribiendo crónicas semanales. Como mis aficiones son bastante diversas, también escribo una columna en la revista mensual de divulgación científica Muy Interesante, y otra en Scherzo, sobre música.




En 1990 viajé por primera vez a Nueva York. Fui volviendo en años sucesivos, cada vez más frecuencia, siempre en compañía de Elvira, que disfrutó desde el principio de la ciudad tanto como yo. En 2001 y 2002 di clases de literatura en la City University. En 2004 me nombraron director del Instituto Cervantes de Nueva York, en el que me comprometí a quedarme dos años. En el otoño de 2006, yendo y viniendo en tren por la orilla del Hudson, porque mi amigo el novelista Norman Manea me había invitado a dar unas clases en su universidad, Bard College, empecé a imaginar la última novela que he escrito, la más larga de todas, La noche de los tiempos. Como Elvira y yo fuimos padres muy jóvenes, hemos descubierto con sorpresa y con gratitud que nuestros hijos se han hecho adultos cuando nosotros aún estamos en plenas condiciones de disfrutar con entusiasmo y serenidad de la vida. Vivimos largas temporadas en Madrid, largas temporadas en Nueva York. Llevamos con nosotros la oficina y el archivo cada uno en nuestro portátil, y en las dos ciudades trabajamos en estudios contiguos. En Madrid yo tiendo más a quedarme en casa. En Nueva York me tienta con más fuerza la atracción de la calle.

La literatura es mi afición y mi trabajo, pero no creo que sea lo más importante de la vida, ni mucho menos que se baste para darle sentido. Más que la literatura me importa el bienestar de las personas que quiero: mi mujer, nuestros hijos, nuestra doble y complicada familia. Mi padre, Francisco Muñoz Valenzuela, murió en marzo de 2004 y todavía me acuerdo mucho de él, y pienso en cómo sería si hubiera seguido viviendo, internándose en la vejez que le daba tanto miedo.

Creo que el escritor continúa el oficio inmemorial de los narradores de cuentos, que daban forma mediante relatos orales a la experiencia compartida del mundo. Contar y escuchar historias no es un capricho, ni una sofisticación intelectual: es un rasgo universal de la condición humana, que está en todas las sociedades y arranca en la primera edad de la vida. Quizás por eso no me atrae mucho la literatura que se vuelca sobre sí misma, que tiene al escritor y a la escritura como focos principales de atención. Cervantes y Galdós, Virginia Woolf y James Joyce, Borges y Onetti, Proust y Flaubert, entre tantos otros, me han enseñado lo mismo, de muy diversas maneras: a buscar la forma más eficaz de contar la realidad visible del mundo y la invisible de la conciencia humana. Pero también aprendo mucho de la música y de la pintura, y del cine, aunque lo frecuento menos que cuando era más joven.









Políticamente, soy un socialdemócrata: defiendo la instrucción pública y la sanidad pública, el respeto escrupuloso de la legalidad democrática, la igualdad de hombres y mujeres, el derecho de cada uno a elegir su forma de vivir y si es preciso de morir dentro de la conciencia de nuestra responsabilidad como ciudadanos. Derechos sin responsabilidades son privilegios; un derecho individual beneficia a la comunidad; un privilegio siempre se ejerce a costa de alguien. Ser progresista no es defender a rajatabla al grupo al que uno pertenece sino vindicar como propias las causas singulares de quienes en principio no son como nosotros. Un progresista, aunque sea hombre, es feminista; aunque sea heterosexual, defiende con vigor el respeto a la condición y la igualdad jurídica de los homosexuales; un progresista se rebela contra el sufrimiento innecesario de los animales y contra el despilfarro de los bienes ambientales que son de todos, también de las generaciones futuras.


Fuente: www.antoniomuñozmolina.es

 

miércoles, 3 de junio de 2015

SUITE FRANCESA (miércoles 18, 20 h)


                
(...) Suite francesa viene, pues, nimbada de impronta trágica y así es probable que su sensacional recuperación, al cabo de tantos años, parezca más categórica, por su sugerencia sentimental, que la calidad de la propia novela. Sin embargo, la magnitud de las partes concluidas que nos han llegado, arrancadas de un vasto proyecto en la línea de Guerra y paz, y el aliento panorámico, que rebasa la narración, poseen tan admirable intensidad que, aunque es forzoso deplorar su mutilación de lo que hubiera sido la creación ideada por Irène Némirovsky, el texto se nos aparece, no obstante, con perfección suficiente y a esa culminación debemos atenernos.


La novela se escribió al pie de los acontecimientos, mientras se producían, y anticipan algunos aspectos del horror desatado por la guerra, como la brutalidad de los jóvenes franceses con sus maestros, que no serían de público conocimiento hasta muy avanzado el siglo. Dividida en dos partes, aunque Irène Némirovsky concibió cinco para un volumen de más de mil páginas, la primera narra, a través de un mosaico de personajes de distinta clase social, la derrota de Francia ante Alemania y el caótico éxodo de los parisienses por las carreteras, bajo las bombas, en busca de una zona de refugio; la segunda se centra en la permanencia de las tropas alemanas en Bussy, un pequeño pueblo que se convierte en microcosmos de la crispada convivencia entre alemanes y franceses. 



La autora evita, en todo momento, caer en la crónica, y dota a su narración de un ritmo cinematográfico que salta de un personaje a otro, enfocándoles en una red de fatalidad tejida por la convulsión de la época que les ha tocado vivir. No le interesa reflejar los grandes hechos históricos. Escribe en sus notas que "sólo hay que rozarlos, mientras se profundiza en la vida cotidiana y afectiva y, sobre todo, en la comedia que eso ofrece".



Comedia, en efecto, en el sentido de Dante y Balzac. Némirovsky registra con portentosa serenidad, sin consentirse ninguna flaqueza sentimental, la perturbación de hombres y mujeres zarandeados por la guerra: la angustia que se vuelve mezquindad, la exaltación inútil, la vileza de la fama, el atolondramiento, la hostilidad, el hambre, las cobardías; y al lado, en menor medida, la abnegación, los brotes de ternura, el amparo de la dignidad. Aristócratas, burgueses, apoderados de banco, coleccionistas de arte, prostitutas de lujo, obreros, escritores de éxito, campesinos, a todos alcanza la guerra, y la autora registra su comportamiento, que expone con una mirada ausente de juicio, pero también a modo de advertencia, confiando en que esa tormenta de acero sea un paréntesis, una atroz pesadilla menos duradera, por fortuna, que la vida de los hombres. 



Némirovsky compuso su novela para que pueda "interesar a la gente de 1952 o 2052". No se equivocó. Laboriosa y lúcida, fundó su esperanza en un tiempo de paz que ella no llegaría a conocer: "La suerte es que, por lo general, el tiempo que nos ha sido concedido es más largo que el concedido a la crisis".

FRANCISCO SOLANO, 5/11/2005






Suite française: Tempête en juin, de Emmanuel Moynot  (novela gráfica publicada en 2015)




                    

Tráiler de su adaptación cinematográfica, dirigida por Saul Dibb (2014)

domingo, 31 de mayo de 2015

IRÈNE NÉMIROVSKY


«¡Dios mío! ¿Qué me hace este país? Me rechaza y con ello -digámoslo fríamente- pierde
a mis ojos el honor y la vida. Y, ¿qué hacen los demás países? Los imperios caen. Nada importa. Observado desde un punto de vista místico o desde un punto de vista personal, todo es lo mismo. Mantengamos la cabeza fría. Hagamos de tripas corazón. Esperemos». 

Némirovsky dejó una de las primeras historias sobre la ocupación alemana de la historia. Una historia que no llegaría a terminar jamás; a pesar de haberse convertido al cristianismo, sus raíces judías la situaron en el punto de mira de los nazis. Fue una de sus hijas quien un día descubrió las palabras escritas por su madre que terminaron publicándose bajo el nombre de Suite francesa. Las leyes antisemitas impidieron que pudiera concluir su obra.

Irène Némirovsky nacía el 11 de febrero de 1903 en Kiev, Ucrania. Su padre era un banquero judío llamado Léon Némirovsky. Su madre, mujer hedonista y narcisista, estaba demasiado preocupada por su propia hermosura y por detener el paso del tiempo en su cuerpo. Irène reflejaría en alguno de sus relatos de manera indirecta el odio y rechazo que sintió siempre por aquella mujer que no dudaba en esconderla en los actos públicos o vestirla con atuendos de niña pequeña para que nadie pudiera deducir su propia edad. 

Irène creció en San Petersburgo y fue educada por una institutriz francesa de la que asumió su idioma como si fuera su lengua natal. Además del francés, Irène aprendió inglés, polaco, ruso, vasco, yiddish y finés, idioma con el que se toparía en la primera huida de su vida.

En 1918, la familia Némirovsky huyó de Rusia al estallar la revolución y se refugió durante un tiempo en Finlandia. En 1919 llegaban a Francia, país que se convertiría en su patria de adopción. Allí, Irène, que tenía entonces dieciséis años, pudo reemprender sus estudios, que terminó en la universidad de la Sorbona, licenci´ndose en Letras en 1926. 

Ese mismo año Irène contrajo matrimonio con el banquero Michel Epstein. De aquel matrimonio nacerían dos niñas, Denise y Elizabeth.

Su primera novela se publicó en 1929: David Golder. Temerosa de que su texto fuera rechazado, Irène lo envió de manera anónima a la editorial Grasset. Uno de los miembros de la editorial quedó tan impresionado por la calidad de la novela que se puso a buscar a su autor real, llegando a poner un anuncio en un periódico. Al descubrir que era una mujer quien había escrito una novela de tan alta calidad, la sorpresa fue doble. Empezaba entonces una carrera literaria exitosa para Irène. Sin embargo, no todo fue un camino de rosas. A pesar de llevar tiempo viviendo en Francia y de haberse convertido al catolicismo en 1939, le fue derogada la nacionalidad francesa por sus orígenes judíos.

Autorretrato de Felix Nussbaum (Osnabrück, 1904 - Auschwitz,1944)
La situación empeoró con la instauración del Gobierno pro nazi de Vichy, que en 1940 promulgó una serie de leyes antisemitas. Mientras su marido tuvo que abandonar su trabajo en el banco, ella sufría un veto definitivo a sus obras, que no pudieron seguirse publicando.

Viendo que la situación estaba lejos de mejorar, la pareja se unió a sus hijas en Issy-l'Évêque, donde se habían refugiado junto a su niñera. Allí permanecieron poco más de dos años, tiempo en el que Irène continuó escribiendo a pesar de saber que ya no podría publicar.

El sueño de la familia se truncó definitivamente el 13 de julio de 1942, cuando Irène fue detenida y trasladada al campo de Pithiviers. De nada le sirvió a ella ni a su marido haber renegado de su fe. Poco después fue deportada a Auschwitz, donde falleció de tifus el 17 de agosto de 1942. Pocos meses más tarde, su marido seguiría sus pasos y sería asesinado en la cámara de gas del mismo campo de exterminio.

Suite francesa.
Denise y Elizabeth permanecieron escondidas al amparo de su niñera, quien las ayudó a huir del país. En su difícil periplo, las pequeñas -que tenían entonces trece y siete años respectivamente- arrastraron consigo lo único que les quedaba de sus padres: un baúl repleto de recuerdos. Entre aquellos recuerdos encontraron años después escritos inéditos de su madre, que decidieron donar al Instituto de la Edición Contemporánea. Al repasar el contenido, Denise y Elizabeth descubrieron que las palabras de su madre eran el relato de la Francia ocupada, posiblemente la primera novela de ficción en la que se aludía a aquel tiempo. 

Los textos de Irène fueron finalmente publicados bajo el título Suite Francesa. Irène quería que su obra fuera como una suite, compuesta por cinco partes, de las que sólo pudo terminar dos. Suite Francesa, a pesar de estar inacabada, se ha publicado en varias ocasiones y supone un relato excepcional, no solo por su contenido, sino por la historia del mismo.

Tras la publicación en 2004 de Suite Francesa, se le concedió el Premio Renaudot, otorgado por primera vez a título póstumo. En 2015 se estrenó su adaptación cinematográfica, dirigida por Saul Dibb.


Obra publicada de Irène Nemirovsky

Los bienes de este mundo 2014 
El malentendido 2013 
Jezabel 2012  
El vino de la soledad 2011  
Nieve en otoño 2010  
El caso Kurílov 2010  
Un niño prodigio 2009 
El maestro de almas 2009  
El ardor de la sangre 2007  
Suite francesa 2004  
Los perros y los lobos 1940 (2011)  
El baile 1930  
David Golder 1929 (2006)  


miércoles, 13 de mayo de 2015

LA FIESTA DEL CHIVO (miércoles 13, 20h)


"Mario Vargas Llosa ha vuelto a la novela histórica, al análisis de las perversidades de las dictaduras (como ya hiciera en su magnífica Conversación en la Catedral) y en esta ocasión con el arte acumulado tras su ya extenso periplo novelesco. El resultado ha sido una novela espléndida, que habrá de situarse entre lo mejor que ha dado su innegable talento. 


En esta ocasión, pese a que el aparente protagonista es la figura del dictador dominicano general Leónidas Trujillo, el Generalísimo, el Jefe, el Chivo (como también se le calificó) y su entorno (su madre es la “excelsa matrona”) muestra una atención preferente hacia otro prohombre, que había permanecido junto al dictador más de treinta años, y que, tras su asesinato, con extrema habilidad, apoyándose en la Iglesia Católica y en los Estados Unidos, logró desmontar el sistema político familiar hasta conseguir el poder: Joaquín Balaguer. Tres vectores avanzan en el relato: el regreso de un personaje femenino, Urania, a su país tras su larga permanencia en los Estados Unidos, para visitar a su padre, prohombre que había caído en desgracia en los fines del trujillismo, físicamente inválido e incapaz de hablar, hacia el que manifiesta un odio que alcanzaremos a entender al final de la novela.


Es, en sus inicios, la anécdota más endeble, aunque ha de permitirle recuperar el mundo a los ojos adolescentes de los últimos años de la “Era Trujillo” y describir la intimidad del “monstruo”. El otro vector es el propio general hacia quien, en algunos instantes del relato, Vargas Llosa muestra un deje de admiración por la fortaleza de su carácter, por su rabiosa individualidad y carencia de escrúpulos, su extremada crueldad, sus dotes de observación y su natural concepción del poder omnímodo. Producía “esa parálisis, el adormecimiento de la voluntad, del raciocinio y del libre albedrío” sobre los dominicanos. 


El tercero lo ocupa el análisis del comportamiento de los conspiradores, pero cabe destacar el del general José René Román, cuyas vacilaciones han de llevar al pretendido golpe de estado al fracaso y a una atroz represión. Jefe máximo del Ejército, considerado por los conspiradores como un traidor, se muestra no sólo incapaz de cumplir con lo convenido, sino que actúa precisamente al revés. Acabará por ser él mismo la víctima peor tratada. La novela se sitúa en los años finales del régimen, ya aislado por la OEA, abandonado por los EE.UU., asfixiado económicamente.


Cabe decir que Vargas Llosa ha sabido combinar los elementos de modo que la acción se forma trepidante. Las páginas en las que se describe el comportamiento de cada uno de los conjurados, tras la tensa espera, el atentado y, en especial, las terribles torturas que se ejecutan bajo la dirección del hijo mayor -un perturbado mental- de Trujillo sobre los supervivientes, que, en algún caso duran hasta cuatro meses, son de las páginas más terribles que se han escrito sobre la crueldad y la degradación de la condición humana. No son recomendables para almas sensibles. 

Este último tercio de la novela, de intenso dramatismo, con rasgos de heroicidad de seres anónimos, que contrastan con la podredumbre moral que fue consolidando el sistema, deben situarse entre lo mejor del escritor hispano-peruano. Su capacidad para adentrarse en el interior del sistema y construir las voces de su esperpéntica realidad resulta sorprendente. Porque Vargas Llosa se ha documentado hasta la saciedad, ha buceado en la prensa, en la cultura popular, ha conversado con los supervivientes y ha procurado, además, transcribir los diálogos con los recursos léxicos locales de la época. Es ésta una novela de finalidad política que muestra, además, cómo un político inteligente y capaz de asumir un papel secundario, junto a Trujillo desde 1930, pese a su presidencia fantoche, pasa a convertirse finalmente en el hombre providencial para unos y otros. 

Trujillo es consciente de que Balaguer representa la zona positiva (si la hubiera habido) del régimen: “aquello que la política tiene de mejor”; a él, por el contrario, le reprocha, le ha correspondido la zona más oscura: la eliminación física de los posibles opositores, las crueldades irracionales, la organización de los cuerpos especiales, la defensa de las torturas generalizadas y desapariciones, que ejercerá un siniestro Abbes García. Las persecuciones alcanzan a familias enteras. 


Si Alejo Carpentier habló de “lo real maravilloso”, aplicado al Caribe; aquí se manifiesta también cuán extravagante y casi increíble puede parecer la realidad, como la perversa y brutal sexualidad del Jefe. Vargas Llosa ha sabido entrar en este cubil pestilente y descubrir entre los verdugos a un ser frío, maquiavélico, posiblemente conjurado también, Joaquín Balaguer, ejemplo del político paciente, amante solo del poder y del orden, amoral, quien cierra los ojos a la violencia del entorno y, gracias al control económico, camina hacia una seudodemocracia. No faltarán rasgos de generosidad, de amor, de historias humanas en este espléndido friso, donde el narrador utiliza el contrapunto, maneja el diálogo con maestría y describe el final de una “Era” en la República Dominicana: la decadencia de las familias y mansiones de los trujillistas, aunque los restos de sus corrupciones todavía, pese al tiempo transcurrido, no hayan desaparecido completamente. 

Joaquín Marco | El Cultural | 5 de marzo de 2000